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Hoy me he permitido uno de esos lujos que me doy de vez en cuando en Blog Appétit, que es escribir por santa inspiración sobre lo que me apetece comunicar en ese momento. Y en esta ocasión el tema no está relacionado con la gastronomía, así que quien busque receta, en la columna de la derecha podrá encontrar unas cuantas de gran calidad :) .

Como muchos sabéis, llevo una temporada danzando de un sitio para otro, y lo principal y más bonito de este modo de vida, es que te haces coleccionista de experiencias. Así que voy a hablaros de nacionalismo, pero desde mi experiencia personal. No voy a dar una lección histórica, ni tampoco quiero que este post sea una excusa para hacer un nuevo debate o ataque a X o a Y. Cuento mi experiencia. Punto. Y como experiencia que es, es completamente subjetiva. Habrá gente de acuerdo y gente que no. Yo solo cuento lo que he vivido, no voy a entrar en orígenes históricos ni excusas varias que “justifican” actitudes indeseables o gestos de mala educación de parte de unos y de otros.

En mi tierra, la Comunidad Valenciana, no hay un sentimiento general de nacionalismo ni muchísimo menos. Sí que es cierto que hay amor por las raíces, de defensa de la lengua, de las tradiciones… pero no hay  un deseo separatista, quitando algunas excepciones, claro está.

Yo soy alicantina de padres andaluces. En mi pueblo natal (al que vaya por delante que quiero con locura) a pesar de que 1/3 de su población esté compuesta por habitantes venidos de Andalucía y Castilla La Mancha, otro tercio de inmigración sudamericana, y tan solo un tercio de valencianos “puros”, existe un “valencianismo” un tanto ridículo. El valenciano de pura cepa se dirige a ti en valenciano. Hasta aquí todo normal.  Lo que para mí representa una falta importante de educación, es que si tú eres castellanohablante, no cambien de lengua por aquello que se conoce como “educación”. Obviamente esto queda un poco más feo cuando lo llevamos al territorio comercial o de restauración. Y más de una vez he presenciado cómo le hablan en valenciano a una persona de otro país. Claro está, aquí se puede alegar como defensa aquello de: “estoy en mi tierra, hablo mi lengua, y tú si quieres adaptarte, la aprendes…” Vale, lo acepto. Pero es que parece que solo “se permite” hablar valenciano al valenciano de raíces. Y digo esto porque si por ejemplo eres nacido en la comunidad, pero tu familia no es valenciana, e intentas hablar valenciano, o lo hablas desde pequeñito (cosa poco habitual porque un niño habla lo que escucha en casa) o se ríen de ti. Nos obligan a estudiar valenciano tanto en el colegio, como en el instituto. De hecho en selectividad valenciano era la asignatura más dura, ya que se conformaba de una parte de historia, otra de gramática y otra de comentario de texto. Yo di valenciano técnico y lengua catalana en la universidad (y estudié Publicidad y RR.PP., ojo…) y el día que dije: “voy a hablar valenciano, para ampliar mi CV” (ya que es obligatorio para muchos puestos de trabajo), fui la mofa de mi círculo valencianista. Así que lo dejé estar.

Otro anécdota “divertida” son las personas venidas de otros lugares que se pierden por nuestras carreteras porque muchos carteles indicativos están solo en valenciano. Por no hablar de las fiestas del pueblo, territorio acotado por los “súper valencianos” del pueblo. Las pocas veces que participé en ellas me cansé de comentarios y preguntas ridículas como: “¿tú qué eres, castellana o valenciana?” . Y otra curiosidad graciosa es la gente que conoces de toda la vida, “castellana” como tú con padres andaluces o manchegos, que de repente un día deciden luchar por la lengua, hablar un valenciano tan cerrado que parece de película de ciencia ficción y despreciar a los castellanos en defensa de Els Païssos Catalans. Como si por la noche les hubisesen inyectado nacionalismo en vena.

Posteriormente pasé diez años de mi vida en Madrid, y allí he conocido lo que es una ciudad abierta, amable,  donde todo el mundo está encantado de conocer a gente distinta. Me fui a la capital bien joven con una imagen bastante negativa de todo lo que concernía a la ciudad y los “señoritos” de capital. ¡Cuántos me avisaron de las “maldades” de los madrileños e intentaron disuadirme de mi desplazamiento! Cuánta tontería y cuánta incultura tenemos basada en ridículos esterotipos. Hay quien afirma que el origen de que Madrid sea una ciudad tan abierta es porque está poblada por gente de todas partes. De hecho es casi misión imposible encontrar auténticos “gatos” (dícese de aquel cuyas últimas tres generaciones son procedentes de Madrid).

Y de Madrid pego un salto a Cataluña. Justo fui a parar por estas tierras en pleno auge de la independencia, el referéndum, la Diada y su santa madre. Antes de nada, dejo claro que en Cataluña he conocido gente extraordinaria, con una calidad humana increíble (independientemente de sus ideas), con convicciones políticas más o menos moderadas, pero con un nacionalismo no discriminatorio. Pero claro, luego están los que arman más jaleo y parecen la voz cantante de la región. Pero os aseguro que no son tantos, de hecho yo creo que son una pequeña parte, pero los medios nos pintan la realidad catalana muy diferente (sobre todo los medios nacionalistas).

Yo pensaba que me mirarían mal o me torcerían el morro cuando vieran que no hablo catalán. Llegué allí a finales de agosto y me topé con una ciudad vacía a consecuencia de las vacaciones, con banderas catalanas en escaparates y en todo tipo de empresas (buffet de abogados inclusive) y los únicos seres vivos que encontré estaban al frente de un puesto cutre con todo tipo de tonterías independentistas (y digo tonterías porque había hasta tabaco…). Pero me equivoqué, y el trato a los “castellanos” es de lo más normal y en la atención al público tienen una educación exquisita (algo que deberían aprender muchos valencianos). Se dirigen a ti en catalán, pero en cuanto oyen una palabra en castellano, cambian de idioma ¡¡¡gracias por su comprensión señor comerciante!!!  Al par de meses de estar allí enfermé. Mi tarjeta sanitaria es de Madrid, así que  ir al centro médico no me parecía buena idea… Quedaban 3 semanas para la Diada y temía que me escupieran, pegaran una patada en el culo o quemaran mi tarjeta. Y también me equivoqué. Me atendieron con la “tranquilidad” habitual que predomina en las urgencias de cualquier centro médico español, pero con gran educación. Valga la excepción de la farmacéutica de turno, que afirmó no entender mi tarjeta sanitaria madrileña… Le dije que tenía una temporal de la Comunidad Valenciana, a lo que me contestó con risa irónica: “mejor déjame esa, que seguro que la entiendo”.

Otro aspecto positivo que me llamó la atención como valenciana que soy, es que promueven muchísimo la lengua catalana con un montón de cursos gratuitos.  Muchos catalanes son de padres castellanos como bien sabéis, pero hablan catalán en otros contextos y no pasa nada.  En Cataluña valoran mucho el esfuerzo por aprender su lengua, y esto me parece muy sano y admirable.

Piruletas de chocolate con mensaje político

Por otro lado, también existe la pequeña posibilidad de que te topes con “borregos adoctrinados”. Insisto en que no son muchos, pero arman tanto escándalo que creemos que todos los catalanes son así. A esta panda de zombies les han inculcado (no sé bien si en la escuela, la sociedad…) que hay que ser independentista, que son superiores. No tienen ni la más mínima idea de las razones históricas, sociales, culturales o repercusiones económicas que conllevaría la independencia. Pero hay que independizarse porque ellos lo valen. Así que si eres catalán “debes” apoyar la auto-determinación, porque sino te hacen la cruz… Topé con una “personaja” que me decía que ella no podría vivir fuera de Cataluña porque somos de otra especie, que yo como valenciana sí podía vivir en cualquier zona del territorio nacional porque soy española como “ellos”. Otra de las grandes perlas que me regaló un día fue: “todos los catalanes somos buenas personas. Las malas personas sois los españolitos que no nos dejáis vivir en libertad”.  Olé.

También podemos encontrar el polo opuesto: españoles españolísimos que detestan Cataluña y viven en ella, que devuelven las cartas al cartero como vengan escritas en catalán. Y es que desde mi punto de vista, los extremos nunca fueron buenos, ni de un lado ni del otro…

Y aquí servidora estuvo en la Diada acompañando al equipo de esta casa en la grabación. Me encanta vivir en la “ignorancia”. Y allá que decidí ir a Barcelona a reencontrarme con mi querido Daniel Palacios, antiguo compañero de LD. Y digo lo de vivir en la ignorancia porque no tenía la menor idea de la llamada pública a vestir de rojo y amarillo. Cogí el tren dirección Barcelona, y además de tener serias dificultades para respirar ya que no cabía ni un alfiler, tuve realmente miedo porque era el único elemento ajeno a los colores de la bandera catalana. Todo el mundo llevaba su camiseta, cara pintada, banderas, mochilas… todo “tuneado” para mostrar al resto de la humanidad su deseo de auto-determinación. El convoy de los llamados “catalanes” cada vez estaba más lleno, hacía un calor terrible y mi tensión extremadamente baja me amenazó con una lipotimia. Se hacían las paradas establecidas pero no cabía nadie más. Vi a mujeres lanzar niños dentro del tren, personas que no cabían pero decidieron luchar contra la física, teniendo como consecuencia serias lesiones en brazos y piernas provocadas por la puerta del convoy. Había una madre con su hijo pequeño que estaba al borde del desmayo porque al pobrecito no le llegaba oxígeno debido a la cantidad de gente y a su corta estatura… La mujer gritaba a su marido que estaba en la otra punta del vagón con otro retoño, que el niño se estaba mareando, que qué hacía. “¡Cielo santo señora!”, pensaba yo en mi cerebro castellanohablante, “¡baje a su hijo del maldito tren que la sangre no le circula y está más blanco que la pared! ¡llévelo a un parque a jugar, que ya tendrá tiempo de crecer y decidir por sí mismo si desea la independencia catalana!”.

Lo que yo vi en la Diada: gente de paseo que a la hora convenida para la foto de la famosa V posó, y 2 minutos más tarde no había ni rastro de la gran V catalana. Solo grupos de personas disfrutando del bonito día en Barcelona. Daniel Palacios y yo estábamos en un ático para tomar la panorámica. Bajamos a la calle, buscando gente emocionada, buscando ese espíritu de lucha. Nada… La gente posó para la foto y acto seguido volvió a su casa o dio un paseo por las calles cortadas al tráfico. Os podéis imaginar mi cara de estupefacción cuando vi las imágenes y titulares de los medios al día siguiente. Yo lo único que puedo destacar es la presencia por un lado de gente adoctrinada, y por otro, de gente que creo sinceramente que no sabían muy bien por qué estaban allí. Pero hacía buen día, todo el mundo iba, y es “cool” ser nacionalista. Conozco personas del extranjero que llevando en Cataluña unos meses fueron a reivindicar la independencia… ¿estamos locos?

Bandera de Bretaña

Y en mi última etapa, me traslado a la preciosa Bretaña francesa, zona completamente desconocida para mí. Lo único de lo que me habían avisado es del mal tiempo y del fuerte acento. Pues bien, cierto es que el acento bretón es duro y que aquí los días grises son la nota dominante, pero es una tierra que te conquista nada más llegar. Me sorprende lo diferentes que somos españoles y franceses a pesar de ser vecinos, pero eso os lo contaré en otro post… hoy hablamos de nacionalismos, ¡y ojito con los bretones!

Promueven su bandera en multitud de artículos y souvenirs, su lengua (aunque su uso es bastante minoritario), sus tradiciones y todo lo procedente de la tierra: su leche, sus fresas, su mantequilla, su sidra, sus caramelo salado, sus dulces… siendo bastante habitual el indicativo “de Bretaña” en artículos del supermercado.

Latas decoradas con muñequita vestida con el traje típico bretón con simpáticos mensajes

 Los coches van marcados con la insignia bretona y no se concibe Francia fuera de Bretaña. Adoran el mar, existiendo gran afición por los deportes acuáticos, la industria náutica y todo lo que sea “marinero” (de ahí que puedas encontrar infinidad de tiendas de moda con todo tipo de prendas a rayas).

Mi conclusión: el nacionalismo no tiene por qué tener una connotación negativa. Y el ejemplo perfecto para mí es Bretaña. Seguramente habrá mil aspectos que yo desconozco, pero el enfoque desde el que yo hablo es el de una persona ajena a la tierra en cuestión, a cómo se siente y cómo se le trata.  Puede existir un amor infinito a la tierra, a las raíces, a tus costumbres, a tu lengua y tus productos sin necesariamente despreciar al resto o estar indignado con el resto de la humanidad. Insisto en que los casos negativos que he conocido en España son una pequeñísima minoría, así que nadie me tache de anti catalana o alguna tontería similar. Pero sí que es cierto que esta minoría tiene gestos y actitudes de mal gusto que me parecen muy negativos para su propia región.

Porque gente tonta hay en todas partes… y gente buena, también.



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