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La capa de Merlín

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Basta con asomarse a la Pasarela FIFA (a ese patético guateque en que los divos balompédicos celebran, más que al fútbol, a sus respectivos peluqueros) para certificar que la capa de Merlín es, hoy por hoy, la camiseta del Atleti. La legendaria capa de Merlín, mago de cabecera del esforzado Rey Arturo y sus gentiles caballeros, tenía la virtud de convertir en invisible al que se embozara en ella. La camiseta del Atleti, que también es leyenda, produce el mismo efecto en el mundillo cegatón que nos pintan los medios y quienes se la enfundan es como si no existieran.

Dejando a un lado el hecho de que el Balón de Oro sea una interminable partida de pimpón entre Messi y Cristiano, entre Ronaldo y Leo, la gala de este año ha rayado a la altura de ediciones pretéritas. Ha sido tan kitsch como acostumbra, tan cursi como suele y tan olvidadiza, tan miope y tan mezquina como siempre. Si la Liga española ('La Liga', a palo seco) es, de lejos, la cumbre de las competiciones europeas, si es el jardín de las delicias futboleras, el Edén del talento, si es así (y no hay motivos para dudar de que lo sea) resulta incompresible que un equipo que ha tuteado a los gigantes y suplido con genio lo que le regatean los dineros, no tenga en su plantilla a nadie que merezca figurar en el hall of fame del continente.

Godín, sin ir más lejos. ¿Cuántos centrales hay con la capacidad del uruguayo? ¿Cuántos son, a la vez, un muro y un torrente? Pero la Pasarela FIFA, el desfile de egos, es una feria de chalanes, un rastro maloliente en el que ganarse un puesto no depende del mérito sino del presupuesto. Lo dicho, háganse cuenta de que la capa de Merlín ha traspasado sus hechizos a la zamarra colchonera y el ninguneo, siendo infame, quizá les suene a cuento.  

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