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Gentleman Gárate

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Don Antonio Fortuny discrepa con razón, con tino y con criterio, del popurrí conceptual con el que un servidor de ustedes aliñó el intercambio de pullas y lindezas entre un Ribéry menguante y un Griezmann creciente. Abocetada bajo el síndrome de dos semanas largas de ayuno patriótico y abstinencia liguera, la entrada, el post, el hilo, la gacetilla… lo que fuera, quiso posar de aguda y no pasó de chocarrera. De ahí que el señor Fortuny -mon semblable, mon frère- le diese alas al blog y vuelo a una polémica que aquí vimos venir y los demás ni olieron.

Se trataba, recuerden, de distraer la tufarada de los egos revueltos tras el telón de humo, azufre y beriberi que ha dejado caer sobre un paisaje en ruinas, monsieur François Hollande, un presidente en quiebra. Los astros balompédicos, proclama en su sentencia, son niños malcriados, parvulitos perversos, piltrafas inmorales como un tal Benzema, pongamos por ejemplo (por mal ejemplo, o sea).

Llegados a ese extremo, un servidor de ustedes encontraba excesivo el tacle a ras de lengua y don Antonio, sin embargo, suscribía el J´accuse de la cruz a la fecha. Y acertaba de lleno puesto que en la opulenta corte donde el deporte rey distribuye a su antojo la fama y el dinero no cabe un bufón más ni hay sitio pa tanto lerdo. ¿Qué hacer, como se preguntaba Lenin, cuando la estupidez arrecia?

La respuesta, my friend, nos la ha soplado una leyenda. Al invocar a Gárate, don Antonio Fortuny ha tocado en la fibra a infinidad de colchoneros que hicimos de ese nombre (de ese hombre) un infalible abracadabra, un luminoso santo y seña. Don José Eulogio Gárate, pichichi e ingeniero, colgó los borceguíes en el 76 con la rodilla devastada por una lesión siniestra y continúa siendo un fijo en el imaginario colectivo después de cuatro décadas y de un turbión de nueves.

Poseía el instinto del delantero centro, la determinación a ultranza del delantero centro, el don de manejarse en el espacio-tiempo con la soltura del delantero centro. Es decir, que tenía lo que hay que tener amén de tener algo que casi nadie tiene. La inteligencia, el señorío, la honestidad, la entrega; el respeto al rival, a la afición, al reglamento... virtudes trasegadas por la guadaña narcisista de los jaques del césped, su musculada idiocia y su fachenda analfabeta.

¿Saben aquel que diu que el futbol es un sport de gentlemen que practican golfantes de la peor ralea? La celebérrima boutade -a fuer de clasista, inglesa- fue refutada por José Eulogio Gárate (don José Eulogio Gárate, sir José Eulogio Gárate regateando al Brexit) antes de que la purria se blindase en los medios. Soñábamos un día con ser Gentleman Gárate, soñemos hoy que el sueño continúa tras haber alumbrado un nuevo sueño.

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