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El arquero y las flechas

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El gran Juan Manuel Rodríguez (un colega, un amigo, un compañero, un periodista vertiginoso hasta las cachas y excesivo hasta el tuétano: excesivo en sus filias, excesivo en sus fobias y excesivo, incluso, en sus despliegues de talento) ha despachado un rataplán de Keylor Navas como figura indiscutible del derbi dominguero. Donde hay patrón, ya saben, no manda marinero y uno no es quién para enmendarle la planilla a un vate indiscutible de las glorias merengues. O sea, que si él dice que el nuevo Santo (y seña) del madridismo sin fronteras no es otro que su felino guardameta parece obvio que en el Vicente Calderón el que perdió con el empate fue el Atleti.

Por mucho que los blancos acaparasen el balón durante un emborrascado primer tiempo en el que los colchoneros sólo tuvieron de su parte a un ínclito Sergio Ramos y a un sublime Correa, el segundo episodio pondría sobre el césped a un equipo crecido a través del esfuerzo y, enfrente, a uno menguante encomendado a su portero. El tan cacareado duelo de pizarras que, según los expertos, iba a determinar el juego terminó siendo, a la postre, una confrontación de urgencias. La que tenía el Cholo de darle a la parroquia motivos fehacientes para continuar creyendo y la que impulsó a Benítez a apuntalar el uno a cero para cazar así dos pájaros de un tiro y encaramarse al liderato desde el pedestal del derbi.

A la postre, la pifia de Arbeloa (que maneja los pies tan mal como la lengua), el arranque de Jackson y el remache de Vietto remansaron las aguas de un Manzanares que, a esas horas, bajaban encrespadas por el desasosiego. El Atleti, aunque tarde, se reencontró a sí mismo al franquear los límites del penúltimo aliento y el Madrid, por lo visto, ha encontrado un arquero y ha perdido sus flechas. Empate y se acabó. Enhorabuena a ambos y de aquí al Bernabéu.

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