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¡Benítez, quédate!

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Ese ostentóreo "¡Benítez, quédate!" con que se despachó la grada de un Calderón efervescente ha dado más que hablar en los medios merengues (es decir, en los medios: en este caso ni tan siquiera hay excepciones que confirmen la regla) que las virtudes de un equipo que ha vuelto por sus fueros y que combina como nunca mientras pelea como siempre. La pájara del Madrid ha coincidido con el despliegue de un Atleti de altos vuelos, con un Atleti que, de cumplir lo que promete, puede hacer que Neptuno acumule horas extra. Es comprensible, pues, que una afición que ha padecido el eterno desprecio del eterno rival (el del "se busca rival digno para derbi decente") eche sal en la herida destapando el salero.

Luego de apuntillar al Galatasaray con la misma soltura que exhibió frente al Betis, los nuestros han resuelto el trámite europeo y no pierden de vista al Barça en la pugna liguera. Pero lo sustancial, en cualquier caso, es que los titubeos iniciales han dado paso a la firmeza. Simeone, a la postre, ha dado con la tecla y el Atleti, hoy por hoy, es una verdadera orquesta. Un equipo coral, armonioso, solvente, que no pierde el compás, que no canta a destiempo, que toca de memoria y que -nobody is perfect- únicamente desafina cuando se trata de ver puerta.

Tiempo habrá de que Torres adorne con un cien su condición de inmenso nueve. Tiempo habrá de que Griezmann conquiste el Balón de Oro, de que Carrasco se consagre, de que Jackson se asiente. La batuta del Cholo obliga a los solistas a revelarse a través de lo homogéneo, a interpretar con rigor la partitura en vez de a posar de genios. De ahí que el ostentóreo "¡Benítez, quédate!" con el que el Calderón puso a los blancos al pie de sus tinieblas no fuese, a fin de cuentas, sino un grito de aliento al míster estrellado por no imponerse a las estrellas.
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