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A Milán sin escalas

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Cuarenta y dos años después de aquel quince de mayo en el que San Isidro Labrador se equivocó de campo, el nuevo cara a cara del Atleti y el Bayern está siendo atizado por tecla, micro y cámara como un enfrentamiento en el que se yuxtaponen el reto del presente y el roto del pasado. Rebobinemos, si les place. El sabio de Hortaleza golpea el balón con mimo a dos metros del área y la parábola es tan dulce, tan venturosa, tan exacta como la que delimita el vientre de una mujer embarazada. Acto seguido, Schwarzenbeck, apodado "el cartucho", un pedazo de carne, chuta a tontas y a locas, al voleón, a lo que salga y rubrica con sangre (con nuestra sangre, claro) esa boutade que Lineker se sacó del hartazgo: El fútbol es un juego de once contra once en el que, a la postre, siempre gana Alemania.

Stop. Ahí queda eso y ahí debe quedarse. Bastante tienen ya el Cholo y la compaña con buscarle las vueltas al panzer de Guardiola luego de haberse vaciado con los jaques del Barça. Cargarles, además, con el lastre emotivo de una revancha a cuenta del debe melancólico de añejos descalabros, es empeñarse en colocar albarda sobre albarda. Quien quiera hacer historia -decía el gran Renan- ha de olvidar la historia. Y un Atleti que quiere hacer historia no puede distraerse con historietas ancestrales. El azar ha insistido en que los rojiblancos se consagren despachando, una a una, a las peores alimañas. "Per aspera ad astra", sentencia el latinajo, por lo más duro a lo más alto.

De ahí que el cruce de semis con el gigante bávaro concite la tensión y el morbo de una final anticipada. Superar a este Bayern no es un sueño imposible (ni siquiera improbable) y ni remite, ni redime, a la siniestra pesadilla del 74. La ruta hacia Milán pasa por Múnich y los transbordos en Bruselas no conducen a nada.

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