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Sevilla no tiene pérdida

Al entrañable Paul Atónito -doctorado en viveza y despabilador de ingenuos- le huele a chamusquina que quienes ayer mismo ninguneaban al Atleti, hoy por hoy se hagan lenguas celebrando sus méritos. Le escaman tantas mieles después de tantas hieles; tal rataplán mediático donde habita el silencio. Y se malicia, por lo visto, o por lo entrevisto al menos, que tras el inhabitual derroche de lisonjas e incienso, brujulea una especie de agent provocateur que aspira a sacar de punto al Cholo y a su gente.

De ahí que el amigo Atónito, inmune a los delirios del opio zalamero, ponga las cosas en su sitio y los pies en suelo. En breve se habrá cumplido un lustro desde que Simeone aterrizó en el Calderón y estableció una hoja de ruta para la travesía del desierto. Se trataba, ya saben, de poner en común la industria y el ingenio conjurando el futuro en las encrucijadas del presente. El "partido a partido" puede ser, en efecto, una sublimación del escapismo y, cargando la suerte, incluso un amuleto. Pero también, como es el caso, un ejercicio de humildad, una suerte de ascesis que conmina a sus fieles a creer sin creérselo.

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Gentleman Gárate

Don Antonio Fortuny discrepa con razón, con tino y con criterio, del popurrí conceptual con el que un servidor de ustedes aliñó el intercambio de pullas y lindezas entre un Ribéry menguante y un Griezmann creciente. Abocetada bajo el síndrome de dos semanas largas de ayuno patriótico y abstinencia liguera, la entrada, el post, el hilo, la gacetilla… lo que fuera, quiso posar de aguda y no pasó de chocarrera. De ahí que el señor Fortuny -mon semblable, mon frère- le diese alas al blog y vuelo a una polémica que aquí vimos venir y los demás ni olieron.

Se trataba, recuerden, de distraer la tufarada de los egos revueltos tras el telón de humo, azufre y beriberi que ha dejado caer sobre un paisaje en ruinas, monsieur François Hollande, un presidente en quiebra. Los astros balompédicos, proclama en su sentencia, son niños malcriados, parvulitos perversos, piltrafas inmorales como un tal Benzema, pongamos por ejemplo (por mal ejemplo, o sea).

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De Ribéry a Griezmann con Hollande de por medio

François Hollande -un hombre que es capaz de meterse en un charco en mitad del desierto- ha puesto al fútbol galo como chupa de dómine y a los integrantes del equipo ¿nacional? como no digan dueñas. Monsieur le President sostiene, entre otras lindezas, que basta con asomarse a la expresión mostrenca que lucen -o deslucen- los divos balompédicos para saber a ciencia cierta que la sabiduría no es su fuerte. “Son niños caprichosos zarandeados por el vértigo de la fama sin límites y del dinero a espuertas que no se paran a deslindar el mal del bien ni lo delictuoso de lo honesto”.

O sea, Benzema, sentenciará alguno de ustedes. Y Benzema, en efecto, es el ejemplo -“el mal ejemplo”- del que echa mano Hollande para ilustrar porqué es preciso que la Federación francesa se especialice en “muscular cerebros”. Intempestiva antes que intensa, la entrada a ras de lengua peca de ese reduccionismo -tan de izquierdas- que hace pechar a todo un colectivo con las taras de alguien en concreto. ¿Cabe pensar acaso que, con Karim de nueve, los bleus son un remake del clan de los marselleses? ¿Hemos de suponer que el hecho de tener la evidencia de que Franck Ribéry es una absoluta acémila convierte a los demás en un hato de memos?

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La verdad que Deschamps esconde sobre Griezmann y Gameiro

Bruno Roger-Petit (que es, como ustedes saben, un luminoso intérprete del fútbol europeo) ha puesto a Didier Deschamps dónde le corresponde a raíz de sus méritos y le ha afeado su afición a atribuirse los ajenos. Ese “J´accuse” venial que el indomable BRP acaba de hacer público en Le Figaro.fr remite a la vibrante goleada que Francia le endosó a Bulgaria el viernes y glosa, sobre todo, el brillantísimo debut de Griezmann & Gameiro, Sociedad Balompédica, interpretando el  clásico “Profetas en su tierra”.

El asunto es que Griezmann marcó un gol amén de la diferencia; que Gameiro depositó en dos ocasiones su tarjeta en las redes; que Deschamps, exultante, se encampanó en los medios y que Roger-Petit, acto seguido, le cantó las cuarenta.  “La verdad que Deschamps esconde a propósito de Griezmann y Gameiro”, es un redoble de conciencia, un alegato incandescente que, por razones obvias, atañe, incluso apela, a la nación atlética.

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Entre Eneas el Táctico y Simeone el Estratega

La conjunción astral de un Madrid desnortado, un Barça descompuesto y un Atleti imponente ha hecho posible que, en doce horas apenas, éste último pasase a ser primero. Corregidos los titubeos iniciales, el equipo se expresa con un desparpajo inédito que extasía a los propios y abruma a los ajenos. Ni que decir tiene que el equipo -ese lugar común que multiplica a todos y a nadie hace de menos, esa autopista de ida y vuelta entre el banco y el césped- sigue siendo la cifra del misterio y la reverendísima madre del cordero.

Es innegable que las promesas se han cumplido y los barruntos, ahora mismo, son certezas. Pero también es cierto que la explosividad de Griezmann necesita de Gabi y su solvencia. Que la disciplinada madurez del Niño Torres avala las rabietas de Gameiro. Que el magisterio de Godín, doctor en poliorcética, explica y determina el crecimiento exponencial de Lucas, el discípulo, y Savic, el hereu. La poliorcética (excusen el palabro y den cuartel al palabrero) es la ciencia -o el arte- de defender ciudades que sustanció Eneas el Táctico allá por el siglo IV antes de nuestra era. Sostiene el tratadista que afrontar un asedio compromete al conjunto de la polis, sin excepciones ni escaqueos, pero exige a los ricos más que al resto. Quienes llevan la fama y cardan una lana de agárrate y no te menees han de partirse el alma, estimular con el ejemplo y colocar el debe antes que los haberes. Basta y sobra con eso para otorgarle al uruguayo las palmas académicas y para aventurar incluso, con harto fundamento, que el alma, el pneuma, de Eneas, transmigró al Nuevo Mundo desde la Antigua Grecia y que la reencarnación del Táctico es Simeone el Estratega. Bromas al margen, un servidor de ustedes considera que el Cholo sigue creyendo a pie juntillas que el nervio de un equipo, su soporte vital, su auténtico ADN se encuentra en la defensa y de ahí no se mueve.

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A la tercera también fue la vencida, disculpen las molestias

Don Antonio Fortuny y don Florencio Pacheco han puesto, una vez más, las cosas en su sitio y a Simeone y sus muchachos en el sitial que se merecen. Señalan ambos que los tasados parabienes que ha cosechado en estos páramos la exhibición del miércoles, bordean el delito de lesa patria balompédica si se confrontan con el eco que la victoria colchonera tuvo y sigue teniendo allende los Pirineos. El virtuoso alarde de músculo y talento, la entente cordialísima del sosiego y el vértigo, la inspiración sin gollerías y la transpiración sin tregua… lo que exigen, o sea, las tablas de la ley, las condiciones sine qua non del Atleti de siempre se conjuraron como nunca con el descaro y la souplesse hasta que el todopoderoso Bayern se abismó en la impotencia.

La noche -¡jó, qué noche!- que puso al Calderón al límite del éxtasis, el cíclope tudesco seguía siendo aquél que la falange colchonera descerrajó a las puertas de Milán hace ya ni se sabe porque más vale no saberlo. Fue cuando Rummenigge (víctima de un ataque de flatulencia mórbida al perpetrar un atracón de chucrut y soberbia) atufaba a la prensa pedorreando a discreción y regoldando a pierna suelta. Un día achacaba la derrota a la desaforada violencia de los salteadores madrileños y al siguiente era el árbitro el que cargaba con el muerto. Ahora, sin embargo, se ha envainado la lengua y el asquito de entonces se ha convertido en miedo.

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Laberinto de pasiones

Simeone avisó de que el partido contra el Depor, lejos de ser un trámite con el que entretener la sobremesa, era uno de esos duelos enrevesados e indigestos que se resuelven (y no siempre) a fuerza de chispa y brega, pero la inquisición mediática decretó, a la carrera, que a otro perro de prensa con el roído hueso. La supuesta humildad del mister argentino (sentenciaría online el tribunal de la Suprema) embarrancaba, una vez más, en la falsa modestia. Por mucho que el equipo de Gaizka Garitano llegase al Calderón espoleado por la urgencia, obligado a ir al límite y a traspasarlo a veces, resultaba impensable que los deportivistas sacasen algo en limpio del fortín colchonero. Tan amarrado estaba el uno en las quinielas de la previa, tan contundente era el dictamen de los augures balompédicos, que, acercando el oído al parche de los versos, se escuchaba, muy queda, la voz de Rosalía pintando la morriña con colores de guerra: "Castellanos de Castilla/ tratade ben ós galegos; /cando van, van como rosas; cando vén, vén como negros".

Mas, ¡oh casualidad!, el Cholo dio en el clavo, anticipó lo venidero y la advertencia que hizo el sábado sobre la peligrosidad del Depor se sustanció el domingo en tres cuartos de horas de cerrojazo y aspereza. Fue un primer tiempo bronco, atropellado, tenso. Repleto de incidentes y, ahí nos duele, de accidentes. Augusto se partió por la rodilla y volverá -paciencia y suerte- cuando el Vicente Calderón esté en un tris de echar el cierre. Acto seguido, la camilla evacuó a Giménez y el paseo de marras se convirtió en una carrera contra la adversidad y contra el tiempo. El Depor resistió dándolo todo (dando cera a mansalva, pongamos por ejemplo) y sólo se vino abajo después de que Fayçal culminara sus ansias de coleccionar tarjetas y se autoexpulsara a pulso y sin redención de pena.

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¿Es el fútbol un juego de once contra menos?

Después de haber pasado del cero a cero al infinito en los compases iniciales del maratón liguero, el Atleti llega al Camp Nou con suficientes argumentos como para llevarse el gato al agua, embotar el magín del Trío Calaveras y no dar más bolilla a la tropa merengue. El cuajo que demostró ante el PSV, el vendaval de inspiración con que echó a pique al Celta y la implacable sencillez, casi ofensiva a veces, con que dejó al Sporting a culo pajarero permiten abordar con optimismo el duelo en la alta sierra de las cuentas pendientes.

El Cholo se ha cobrado, en cuatro años y medio, la imperdonable deuda que el vecino de enfrente había acumulado a lo largo de décadas. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que el Bernabéu buscaba rival digno para derbi decente? Dejando a un lado, ay, dos finales de Champions ¿quién encabeza el ranking de las peleas cuerpo a cuerpo? Muy otro -y muy adverso- es el balance de las disputas contra el Barça, especialmente en su terreno. Cabría pensar que Diego Pablo Simeone, diplomado de ardides, maestro de estrategas, ha dado con la tecla que descabala al Real Madrid y asusta al miedo escénico mientras que al Barcelona, que al cabo es més que un club, no alcanza a descifrarlo ni a encontrarle las vueltas.

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El Atleti se estrena con victoria, empuña la batuta y toquetea el cuero

Esos tres puntos que el Atleti se ha traído de Eindhoven tras doblegar al PSV en la caldera del infierno, son un salvoconducto para lograr salir con vida del grupo de la muerte. El tanto de Saúl -una volea ingrávida que se sacó de la chistera- y la estirada con que Oblak desactivó un penal quimérico, le otorgan el derecho de tutear al Bayern -que también hizo pleno- y de fantasear, incluso, con que el Vicente Calderón se despida a lo grande del panzer de Baviera.

Pero esa esa es otra historia -habría dicho Kipling- que habrá de resolverse a su debido tiempo. Lo cabal, ahora mismo, es festejar que Simeone sigue siendo el que era: un estratega inapelable y, cuando lo imprevisto aprieta, un táctico capaz de descifrar el vértigo. El Cholo no ignoraba que en el Philip Stadion el PSV puede darle matarile a cualquiera. Que De Jong y Narsingh (el trueno y la centella) cuando no son cáncer son un dolor de muelas. Y que el hipo-huracanado aullido de un graderío en pie de guerra, envalentona a los locales y acoquina a los referees que empiezan pitando a bulto y acaban silbando a ciegas.

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Ojito con el ciego

La victoria ante el Celta ha curado de espantos al sector agonístico de la grey colchonera; ha rescatado al Cholo de las fauces insomnes de los perros de prensa; ha trocado en sonrisas lo que ayer eran muecas y la luz, Fiat lux, ha dispersado las tinieblas del Génesis liguero. Tras haber hecho tablas contra el Alavés y el Lega (tropiezos muy veniales, visto lo visto luego) Simeone y los suyos, Simeone y los nuestros, se enfrentaban en Vigo a los viejos fantasmas y a las novísimas urgencias de un club que debe -y puede- batirse en cualquier frente.

Se diría (se dijo) que una derrota en Balaídos arrumbaba al equipo en la cuneta. Se diría (se ha dicho) que el 0-4 a los celestes certifica el milagro de la resurrección atlética. Lo cierto, sin embargo, es que los dos misacantanos recién llegados del infierno tramaron en el césped una guerrilla de trincheras y pusieron al día la receta de siempre -sangre, sudor y lágrimas- con un chorreón de suerte. Pero no es menos cierto que el Atleti, aunque no viera puerta, mandó de pe a pa, desde el arranque hasta el descuento y consiguió que sus rivales, para asomarse a Oblak, tuvieran que agenciarse un catalejo. Estando así las cosas, las casandras de turno y los especialistas en tembleques transformaron el bache en un despeñadero: el míster es un bluf, Gameiro es un paquete, Torres jamás ha sido y Griezmann, el crack risueño, aspira a salir por piernas en cuanto el unto saudí le quite los grilletes.

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