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Yuso y Suso, los monasterios donde nació el español

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San Millán, la cuna del español

En La Rioja hay una curiosa mezcla de viejo y nuevo, tradición y vanguardia, que se ha convertido en uno de los mayores atractivos de esa comunidad autónoma y sus vitivinícolas alrededores. Bodegas ultramodernas frente a viejas iglesias de piedra antigua, en ocasiones, como en Elciego –que ya sé que es Álava pero también es Rioja en muchos sentidos- como mirándose a la cara, diríase que ambas un poco sorprendidas.

Como una vid, y perdónenme la metáfora facilona, La Rioja hunde sus raíces en el tiempo, en siglos atrás, raíces que también son en no pocos casos, las de España, como por ejemplo en los monasterios de San Millán de la Cogolla, considerados cuna del español y que, paradojas de la vida, también lo son del vascuence.

De Yuso y de Suso

Hay dos monasterios, el de Suso y el de Yuso. El primero es el más antiguo, se funda allá por el siglo V; y el segundo es el más importante, el más grande y el que más historia, e historias, tiene.

Pero la historia más famosa tiene lugar todavía en el monasterio de Suso, allá por el año 1.000, cuando un monje cuyo nombre no ha llegado a nuestros días fue escribiendo en los márgenes de un códice en latín unas anotaciones, glosas, para entender mejor lo que contaba el libro.

Estas notas, a las que hoy en día llamamos Glosas Emilianenses, estaban en su mayor parte escritas en la lengua romance que luego sería el español y tendría cientos de millones de hablantes. Pero la cosa no acaba ahí: también hay unas pocas glosas en vascuence que, dato muy interesante, está demostrado que las escribió un monje que también escribió otras en la español.

En ambas lenguas, y ya es casualidad, se trata de los primeros testimonios escritos que se conocen, un hecho imagino que casual pero al que no es difícil verle un llamativo simbolismo.

Visitando los monasterios

Se pueden visitar tanto el monasterio de Yuso como el de Suso, separados por unos pocos kilómetros. El Códice 60 no es parte de la visita –de hecho se guarda en la Academia de la Historia de Madrid- pero hay muchas cosas qué ver, además del grandioso conjunto monacal, que no es el original sino el que se edificó más tarde, en su mayor parte en el S XVII.

La visita nos lleva por distintos espacios y estancias: el claustro, la iglesia, la espectacular sacristía, el refrectorio, el llamado "Salón de la Lengua". En mi visita no pasamos –o si pasamos yo no lo recuerdo, lo que veo poco probable- por la biblioteca, pero sí por una sala en la que se guarda otra joya bibliográfica: la colección de cantorales del monasterio.

Los cantorales, cuya misión obviamente era servir de partitura al coro monacal, son mucho menos antiguos que los códices con la las Glosas, pero eso no quita que no sean bellos –y enormes- volúmenes hechos a mano con hermosas ilustraciones. Un elegante montaje audiovisual nos permite verlos al tamaño de una pared, una auténtica gozada, de verdad.

Suso es arriba

Más arriba en la montaña está el monasterio original, el de Suso –que en castellano antiguo quería decir arriba- mucho más pequeño, bastante más modesto y en parte excavado en la roca.

Un autobús que sale cada pocos minutos cubre la distancia entre uno y otro, facilitando una visita para la que si no habría que usar el coche o recorrer a pie un tramo de carretera un tanto peligroso.

El monasterio es muy bonito y el enclave en el que está ubicado es espectacular. Desde su entrada vemos a su hermano o sucesor en Yuso y todo el valle de San Millán, ese rincón especialmente hermoso y un punto más salvaje de La Rioja. En su interior, el cenotafio de San Millán y, sobre todo, un ambiente muy especial con esa parte del templo excavada en la roca que nos remite a una religiosidad muy diferente a la de Yuso y, por supuesto, a mil millas de cómo se vive la religión hoy en día, incluso en las órdenes monásticas.

Eso sí, como Patrimonio Nacional tiene algunas normas especialmente estúpidas, no se pueden hacer fotos dentro del Monasterio de Suso, ni siquiera desde el mirador hacia el exterior. A veces, parece que estemos deseando alejar al turista sin ningún motivo, la verdad.

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