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Un paseo por Sefarad: los recuerdos y las calles de la Cáceres judía

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La vieja judería de Cáceres

La recuperación de la herencia judía española anterior a 1492 es un tema complejo, al fin y al cabo han pasado ya más de cinco siglos y excepto rarísimas -y bellísimas- excepciones como las sinagogas de Toledo no hay mucho que haya superado esos cinco siglos de abandono.

Pero por otro lado, recuperar lo que se pueda y recordar y explicar son, creo, obligaciones morales que debemos imponernos. En primer lugar para con aquellos compatriotas a los que echamos de un país que era tan suyo como nuestro -aunque tampoco la expulsión pueda evaluarse sin más desde las categorías morales y políticas actuales, obviamente-; y también para con nosotros mismos: los españoles de hoy en día que debemos aprender del que ha sido, más allá de ese contexto histórico tan diferente del que les hablaba, uno de los grandes errores de nuestra historia, por el que las generaciones actuales no tienen que sentirse culpables, pero que sí deben conocer.

Les cuento todo esto porque les voy a hablar del legado sefardí en Cáceres, que fue parte de un viaje que hice hace algún tiempo a las juderías extremeñas en el que pasé también por Hervás y Plasencia.

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Barrio de San Antonio | C.Jordá

Un viaje en busca de aquella Sefarad que no es fácil encontrar, pero que el observador avezado sí podrá entrever tras las cortinas de tantos siglos, aunque en Cáceres concretamente casi me atrevería a decir que más que ver el viajero podrá sentir: las sinagogas no están, monumentos no quedan y quizá nunca hubo, pero sí hay algo en el aire, en los estrechos callejones y en las plazuelas que nos lleva a aquella España que algunos llamaban Sefarad.

Como en otras ciudades -por ejemplo en la cercana Plasencia- en Cáceres hubo dos juderías, la Vieja y la Nueva, siendo la primera de ellas en la que el recuerdo aparece más vivo, más cercano, más accesible. La razón es que en la segunda la comunidad sólo pasó unas décadas: fueron expulsados de sus anteriores casas en 1478 y de su país sólo catorce años más tarde.

El 'judío' Barrio de San Antonio

En las décadas antes de ser trasladada fuera de la protección de las murallas judería original fue creciendo según los judíos eran expulsados de otras ciudades, estaba en lo que hoy en día es el Barrio de San Antonio, la parte más alejada y baja de la ciudad vieja, pegada a las murallas y, pese a estar tan cerca de las demás calles y plazas, el observador puede ver que está lejos: se llega a ella por callejones estrechos y en cuesta, las casas son pequeñas y blancas, no como los palacios de piedra, no hay monumentos, ni iglesias más allá de la ermita de San Antonio, que precisamente ocupa el solar de lo que era la Sinagoga.

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Una Estrella de David dibujada en el pavimento | C.Jordá

Hoy los símbolos de la Red de Juderías, las placas con los nombres de las calles en las esquinas e incluso algunas Estrellas de David dibujadas con adoquines blancos en el empedrado nos recuerdan qué era esa zona y quién vivía allí cuando paseamos por las calles en permanente pendiente.

Es difícil saber qué queda a nuestro alrededor de aquella judería, pero es fácil imaginarse a los cacereños sefardíes que vivían, rezaban, comerciaban y amaban en aquellas calles, como si fuesen suyas, porque de hecho lo eran aunque les fuesen arrebatadas..

Han pasado cinco siglos, pero aún hay pequeños testimonios con un tremendo poder evocador: una piedra en el dintel de una vieja casa en la que con cierta tosquedad se labró, quién sabe cuando, lo que probablemente era el hueco para una mezuzá, la pequeña cajita en la que las familias judías aún hoy colocan unos versículos de la Torá a la entrada de sus casas.

En la muralla y fuera de la muralla

La judería de Cáceres tenía su propia puerta en la muralla, la Puerta del Río, también modesta como todo en el barrio. Tras ella un calle empinada cae hasta un arroyo y luego vuelve a empinarse en otra ladera hoy cubierta de casas y en la que es posible que en algún punto se esconda una necrópolis que tal vez los arqueólogos no tengan la suerte de encontrar nunca.

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Olivar de la Judería | C.Jordá

No lejos de allí y pegadito a la muralla está otro de los lugares evocadores de esta Cáceres sefardí: el Oliivar de la Judería. Se trata de un pequeño jardín lógicamente lleno de olivos situado al pie de la cara externa del muro, que es en este zona especialmente alto y recio.

Se dice que allí estaba la casa, con su jardín, de un acaudalado sefardí y aunque no sé si es cierto sí es plausible: a buen seguro la judería se extendía también fuera del recinto amurallado y, dadas las limitaciones de espacio en el interior, es probable que algunas de las casas más grandes estuviesen del otro lado.

En cualquier caso, es uno de los lugares más tranquilos y acogedores de la ciudad vieja y sí nos evoca esa Cáceres sefardita aunque no estemos seguros de su origen. Tampoco lo estamos -y tampoco nos importa- en otro de los lugares de imprescindible visita: la casa Museo Árabe que está en uno de los rincones de la judería. Es un pequeño museo particular en una vieja casa levantada sobre los restos de unos baños que se dicen árabes, pero que según no pocos expertos podría ser un mikvé, un baño ritual judío.

Como en otros lugares de la Cáceres Sefardita, en ese baño quizá judío quizá árabe no tenemos una certeza casi imposibles tras la bruma y el olvido que deja el paso de cientos de años, pero sí tenemos la emoción de saber que de una forma u otra nos estamos aproximando a lo que pasaba allí, de saber que estamos cerca de esa España a la que algunos llamaban Sefarad y que debemos resistirnos a olvidar.

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