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Toulouse: del románico al espacio

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Toulouse, ciudad rosa y espacial

Una ciudad francesa que presume un poco de ser menos francesa podría parecer una contradicción, pero lo cierto es que lo primero que me dejan claro cuando llego a Toulouse es que están muy orgullosos de su vinculación con España -aproximadamente un 10% de los tolosanos son de origen español- y de ser una versión sureña y alegre de la Francia de toda la vida.

Y seguramente lo son, al menos eso me pareció al recorrer la bellísima orilla del Garona un día de otoño, a mitad de la semana, y encontrarme con lo que parecía ser media ciudad disfrutando de la llegada de la noche, del frescor del agua y del escenario absolutamente idílico -es imposible negarlo- con parte del conjunto monumental del centro histórico reflejándose en las oscuras aguas del río.

Las escaleras junto al agua se llenan de gente: parejas besándose, músicos tocando, grupos de amigos que beben y ríen… incluso algún solitario que mira al agua como si fuese a tirarse a ella. Los más atrevidos, o quizá los que han llegado primero, se sientan en plataformas flotantes en mitad del agua, desde donde charlan como si estuviesen en un banco del parque. En pocos sitios he visto un río tan metido en la vida de la ciudad.

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Jóvenes disfrutan en el Garona | C.Jordá

Ese paseo fluvial es quizá lo más agradable de una ciudad que entre sus muchos méritos tiene el de ser muy paseable, si me permiten la expresión: por su zona más medieval, por el centro alrededor de Capitolio, por los bordes del Canal du Midí…

Hermana de Santiago

Puestos a andar -y también para hacer honor al título de mi artículo, no se lo niego- podríamos empezar por la Basílica de San Sernín, un imponente templo románico, aunque quizá su exterior no haga presagiar lo que nos vamos a encontrar dentro, excepción hecha del precioso campanario.

Alta, elegante, con un cierto parecido a la catedral de Santiago de Compostela: de hecho, parece ser que está constatado que no pocos artesanos participaron en la construcción de ambas. Es una iglesia bella y muy interesante, pero no tiene la originalidad de otra iglesia de Toulouse que me dejó completamente sorprendido y fascinado: la del Convento de los Jacobinos.

Una única nave casi rectangular sostenida por siete gigantescas columnas y unas paredes en las que destacan unas vidrieras que bañan el gran espacio de una luz de colores, cálida, en la que incluso las masivas moles de los pilares parecen como flotar. El lugar es mágico, incluso sin tener en cuenta que es donde reposa para siempre Santo Tomás de Aquino, uno de esos sitios en los que podrías sentarte en una esquina y pasar horas disfrutando de la belleza y de la audacia de la arquitectura.

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Iglesia del Convento de los Jacobinos | C.Jordá

Son, junto con el Capitolio en la plaza central, los monumentos más llamativos de un centro histórico lleno de calles encantadoras, con tiendas pequeñas en las que el dependiente parece conocer a la mayor parte de sus clientes, calles con un agradable toque antiguo y provinciano, en el buen sentido.

Hasta el espacio

Sin embargo, Toulouse es cualquier cosa menos una ciudad provinciana en el mal sentido. Es universitaria y moderna y en no pocas ocasiones ha sido pionera. Por ejemplo, tiene una vieja relación con el mundo de la aviación: era la sede de la Compagnie Générale Aéropostale, una línea aérea que llevaba correo y pasajeros entre tres continentes y los tolosanos presumen de haber tenido entre sus pilotos a Antoine de Saint-Exupéry, el famoso autor de El Principito en cuya suite todavía es posible alojarse en un hotel del centro de la ciudad.

No sé si es por ese pasado aeronáutico o si se tomaron en su momento decisiones por otras razones que se me escapan, pero resulta que Toulouse se ha acabado convirtiendo en algo así como la capital europea del aire -allí está la sede central de Airbus- y en cierto modo del espacio: hay instalaciones de la Centro Nacional de Estudios Espaciales francés y, sobre todo, está la Ciudad del Espacio de la ESA.

Está en las afueras, pero no a más de un cuarto de hora del centro en taxi, y es una visita más que recomendable para ir con niños y, sobre todo, para sentirse un poco como un niño: hay grandes cohetes espaciales, tesoros como rocas lunares o incluso marcianas y un montón de cosas que hacer o probar relacionadas con la exploración espacial.

Cuando entramos nos llama la atención la inmensa maqueta del cohete Ariane 5 a tamaño real -unos 60 metros de altura- que domina un jardín en el que nos encontramos otros aparatos espaciales, aunque ninguno tan impresionante como el cohete, especialmente cuando lo contemplamos desde su base.

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Reproducción a tamaño real del Ariane 5 | C.Jordá

Pero lo que más me gustó a mí del jardín fue la estación espacial rusa Mir que está expuesta. Obviamente, no es la que estuvo en el espacio durante más de una década y que se desintegró al volver a la atmósfera, pero tampoco es una maqueta: es la copia idéntica que estaba en La Tierra para entrenar a los astronautas y ayudar en la resolución de hipotéticos problemas. No sólo se puede ver: es posible entrar y hacerse una idea de cómo era la vida en ese espacio tan estrecho en el que algún cosmonauta ruso llegó a pasar más de un año.

Además, durante todo este año 2018 seguirá abierta una exposición realmente interesante sobre cómo es la vida diaria en la Estación Espacial Internacional. En ella podemos ver mucho del equipamiento que está allí arriba en el espacio y son los propios astronautas los que nos explican en vídeos bastante simpáticos como se hacen tareas que diarias -o incluso cómo cubren sus necesidades básicas- que se convierten en todo un reto en ausencia de gravedad.

De la basílica románica y las calles marcadamente medievales a la Estación Espacial Internacional, no me dirán que lo de Toulouse no es todo un viaje… en el tiempo.

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