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Toledo no se acaba nunca

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Toledo es imperial

Tenía la tentación de titular este artículo algo así como ¿y qué les voy a contar de Toledo? Porque desde cierto punto de vista me parece que la ciudad imperial es un destino del que ya poco o nada se puede descubrir. Pero lo cierto es que después de haberla visitado con un poco más de detenimiento tengo la impresión de que de Toledo aún podemos contar mucho porque, en realidad, solemos visitarla con prisa, superficialmente, sin apenas profundizar en la inmensidad que es esa ciudad pequeñita y tan cercana que parece que no le hacemos caso pero que, si queremos, no se acaba nunca.

Puede que la ciudad no se acabe pero sí hay un sitio perfecto en el que empezar: la carretera al otro lado del Tajo y hacia el Parador que nos ofrece la bellísima vista de la ciudad desde lo alto, con la curva del río en primer plano y Toledo coronada por las grandes moles de Catedral y Alcázar.

Allí, probablemente entre turistas japoneses pero sin dejar de sentirnos un poco El Greco, que pintaba desde de un punto de vista similar la que era su ciudad, pese a haber nacido tan lejos.

De Zocodóver a la Catedral

Es casi imposible llegar a Toledo y no pasar por Zocodóver, la plaza que es el punto más vital de la ciudad, la puerta de entrada a todas las maravillas. Desde ella uno se mete de lleno en el laberinto de callejas del centro, pero incluso mis pasos vacilantes de fotógrafo que busca y mira acá y allá me llevan sin mucha demora a la Catedral, así que no hay que temer perderse, algo que en Toledo es una suerte.

El gran templo gótico no tiene, desde fuera, la magnificencia de otras como la de Burgos o la de León, pero es más que nada el efecto engañoso del edificio encajado entre las calles, sin prácticamente espacio a su alrededor: de lejos sólo vemos el desafiante campanario con esa parte superior tan extraña.

Por dentro la perspectiva cambia: las columnas se elevan, la gran nave central se muestra impresionante y otros detalles nos llenarán de estupor y de maravilla: el Altar Mayor y, sobre todo, el impresionante Transparente, ese añadido barroco que es capaz de hacerte olvidar que estás en una gran catedral gótica… y que no te importe olvidarlo.

El de la Catedral es también, probablemente, el mejor museo de la ciudad, no sólo en la bellísima sacristía con ese Expolio de El Greco que justificaría por sí mismo el viaje, pero que además está acompañado de una colección de joyas que sería la envidia de cualquier pinacoteca europea.

Siguiendo por las calles ajetreadas de esa zona más turística podemos llegar al Museo del Greco, renovado hace unos años y que dejó entonces de ser la casa que nunca fue. Una forma interesante de acercarse a la pintura y la vida del genio, un museo que sigue siendo un tanto extraño pero que es más que interesante.

Poco más allá, el gótico exuberante de San Juan de los Reyes, impactante en la iglesia y totalmente fascinante en el bellísimo claustro, sin duda uno de los más hermosos de España.

Callejeando el viejo Toledo tranquilo

Siempre hay turistas en este Toledo del que les hablo, japoneses, americanos y de otros mil lados, pero también es fácil encontrar calles en las que pasear en solitario, sobre todo si uno evita el fin de semana.

Me gusta especialmente esa ciudad más tranquila que verdaderamente parece de otro tiempo. Un Toledo calmado y como antiguo que me sigue incluso al interior de algunas joyas como Santa María la Blanca, la antigua sinagoga, modesta en sus dimensiones pero extraordinariamente bella, una auténtica maravilla de la que disfruto un buen rato, poco acompañado o incluso a solas entre que unos turistas salen y otros entran.

Quizá la otra sinagoga de la antigua judería –la del Tránsito- es más grande, pero a pesar de que también es bellísima yo prefiero esa cierta intimidad de los arcos blancos de Santa María, ese toque más orientalizante de su mudéjar, hecho según dice la probable tradición por artesanos musulmanes.

Mudéjar es también el campanario de Santo Tomé, otro de mis imprescindibles de Toledo, no tanto por la iglesia en sí –muy reformada y sin demasiada gracia- sino por tener la oportunidad de contemplar uno de los cuadros más bellos del mundo: El entierro del Conde de Orgaz, justo encima de donde reposa el conde del improbable y milagroso sepelio que describe El Greco –siempre El Greco- en el lienzo.

Han cambiado no hace demasiado el espacio en el que se guarda el cuadro, retirando de allí unos bancos de iglesia en los que uno se podía sentar para ver la pintura. Supongo que la principal razón debe haber sido que si encima te sentabas podías pasar horas viendo los rostros, los ropajes y las armaduras de los protagonistas del entierro, abrumado por el esplendor de la corte celestial en la parte superior del cuadro. ¿Cómo es posible pintar algo tan bello y tan complejo, tan rico y con tanto significado? Quizá, sólo quizá, no era posible en otro lugar que no fuese aquel Toledo, este Toledo, una maravilla que tenemos aquí al lado, del que tanto nos hablan y del que no sé si sabemos disfrutar del todo.

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