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Teide: el punto más alto de España… y uno de sus paisajes más bellos

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El Padre Teide

Muy pocos paisajes de España me han impresionado tanto como el del Parque Nacional del Teide. O quizá debería ser más concreto y decir que, en realidad, el Teide es una sucesión de paisajes más que un único entorno, y que me encantó ese viaje entre lo que pueden llegar a parecer diferentes planetas que es el ascenso a la altísima montaña. Y eso que, lo anuncio al principio para no generar falsas expectativas, la verdad es que no llegué a cima, lo que al fin y al cabo será una inmejorable excusa -y no es la única- para volver.

Desde Santa Cruz de Tenerife la subida tiene algo que yo he visto en muy pocos sitios y que me pareció impresionante: un poco más allá de La Laguna la carretera alcanza la cresta de una montaña que es en realidad la estribación más al norte del propio Teide y, durante unos cuantos kilómetros, avanza prácticamente por la espina dorsal de esta sierra, de forma que hay lugares en los que el paisaje se extiende infinito ante nuestros pies y ojos tanto a la derecha de la marcha como a la izquierda.

Estamos aún atravesando el bellísimo bosque de pinos, canarios por supuesto, por el que probablemente tengan también la suerte de adentrarse en el mar de nubes que tantos días rodea al volcán. Una niebla espesa y húmeda que da al entorno una luz espectral y selvática, más difícil de capturar en una fotografía, pero no por ello menos bella.

Por encima del mar de nubes

Lo mejor del espectáculo, no obstante, empieza una vez superado el mar de nubes, en los miradores desde los que la montaña se eleva en toda su majestuosidad cónica, perfecta e imponente, sobre el manto blanco. La escena es impresionante y tiene algo de hipnótica: uno no puede dejar de mirar y fotografiar la enorme mole del volcán, pero hay que ponerse en marcha, porque el camino sigue y no deja de cambiar y hacerse más y más bello.

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El Teide, sobre el mar de nubes | C.Jordá

La vegetación empieza a escasear y la carretera se va convirtiendo en parte del paisaje: el negro del asfalto parece tan natural como las rocas volcánicas de un marrón o un rojo intenso que nos rodean, y las curvas y las rectas en lugar de una agresión humana al entorno se funden con él y lo hacen aún más bello. Algunas curvas sobre el mar de nubes me hace estar seguro de que estoy, también, ante una de las pistas más bellas que he visto nunca.

Nuevas paradas nos van dando nuevas perspectivas del cono del pico del Teide y, aunque la luz casi del mediodía es demasiado vertical, la belleza descarnada del paisaje volcánico te impresiona igualmente. Es más, quizá la palabra no es impresiona, probablemente deba decir que te sobrecoge.

De las minas a los roques

Una nueva parada nos ofrece otro giro inesperado de la naturaleza: en una zona llamada Minas de San José el capricho volcánico ha acumulado varias maravillas de las que disfrutar: las formaciones rocosas en las que aún podemos adivinar la lava todavía ardiendo pero que ya avanzaba más lentamente porque había empezado a enfriarse; la inmensa caldera que fue del volcán, casi infinita, con formaciones rocosas que llenan lo que no deja de ser un vacío casi infinito; y por último, pero no menos importante, un alucinante lago de gravilla entre blanca y dorada que parece recién llegado desde Marte.

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El paisaje marciano de las Minas de San José | C.Jordá

La zona estaba bastante llena de turistas, pero no lo suficiente como para no poder disfrutarla con una cierta soledad, que es lo que necesita un paisaje abrumador si quieres enfrentarte a él con ciertas garantías de que no vas a pasar por allí como una maleta o, peor aún, como una simple maquinita de hacer selfis.

Todo es tan bello, tan imponente, tan extraño que uno lamenta no poder quedarse allí durante horas o incluso durante días, simplemente contemplando el efecto de la luz de la tarde en las rocas a un lado, o descubriendo qué aspecto mágico tiene el valle a mis pies en un día nublado o bajo la lluvia.

Pero todo tiene que quedarse en mi imaginación o en la promesa de otra visita en el futuro, porque el camino sigue, en esta ocasión a la que ya sería nuestra última parada: los Roques de García. Se trata de unas formaciones rocosas que la actividad volcánica elevó en la llanura que rodea a la parte más alta del Teide, el último y perfecto pico.

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Los Roques de García | C.Jordá

En los Roques aún hay más turistas, muchos de ellos intentan encontrar el punto de vista exacto del dibujo que tenía el último billete de mil pesetas, pero lo cierto es que, más allá del toque nostálgico - que tampoco hay que desdeñar- su aspecto fiero y desafiante los hace impresionantes.

En ellos, y en el valle de lava negra absolutamente mordoriano que se despliega a sus pies, se siente o al menos se intuye la agresividad de la naturaleza que nos rodea, tan capaz de crear esas formas tras siglos de lentos procesos de erosión como de acabar con todos nosotros de un plumazo volcánico. Quizá esa violencia latente que sabemos que no se ha ido del todo es un atractivo más del paisaje; quizá, aunque sea de forma inconsciente, la excitación de ese improbable riesgo ayude a que esa desolación que nos rodea nos parezca aún más magnífica.

Alejándome ya de los Roques observo la llanura previa al Teide y ese terreno al que se le ha dado el bellísimo nombre de "malpaís" donde unas plantas casi secas que se agarran al suelo como un enfermo se aferra a la vida y las rocas volcánicas prácticamente impiden el paso. Malo, sin duda, para todo lo que no sea contemplarlo, pero ay, qué bello cuando podemos permitirnos el lujo de simplemente mirarlo con el Padre Teide al fondo.

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