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San Cristóbal de la Laguna: la ciudad española que dio forma a América

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San Cristóbal de la Laguna: la ciudad española que dio forma a América
Así son La Laguna y el bosque de Anaga

Visité San Cristóbal de la Laguna con un grupo internacional de periodistas, había colegas de Gran Bretaña, Holanda, Francia e incluso de Estados Unidos. Cuando bajamos del pequeño autobús que nos había llevado desde Santa Cruz de Tenerife, el colega americano miró a su alrededor y dijo: "Y ahora podríamos estar en cualquier ciudad de Centroamérica".

No le pregunté en qué medida su afirmación se basaba no sólo en la experiencia personal -era un viajero consumado y, tal y como me contó, conocía varios países de esa región- o también en el conocimiento de la historia, ya que no sólo hay, efectivamente, un tremendo parecido entre la que fuera primera capital de Tenerife y las ciudades coloniales americanas, sino que también hay una explicación para ello que no es, en absoluto, la casualidad.

Les contaré brevemente la historia: terminada la conquista de Tenerife en 1496 se decide construir una capital y se hace siguiendo los criterios racionales del Renacimiento que acaba de llegar a España: calles anchas y rectas, casas con no demasiada altura para que pasen el aire y la luz, edificios administrativos concentrados en un extremo de la villa… Con la ciudad en la ruta de los posteriores viajes a América y el continente con unas necesidades urbanísticas muy similares a las de Canarias -ciudades de nueva planta, sin murallas, creadas desde cero- el modelo tuvo un éxito rotundo: La Habana, Lima, Cartagena de Indias o San Juan de Puerto Rico, por poner sólo unos ejemplos- fueron creadas a imagen y semejanza de San Cristóbal de la Laguna.

Así que al inspirado comentario de mi colega estadounidense podríamos en realidad darle la vuelta y, al llegar a muchas ciudades americanas, decir: "Y ahora podríamos estar en San Cristóbal de la Laguna".

Encanto colonial

Lo cierto es que La Laguna, que es como la llaman todos los tinerfeños en un lógico interés por abreviar, tiene ese inconfundible aire colonial que identificamos con las primeras ciudades españolas fundadas en América, un encanto y una belleza que han logrado mantenerse llamativamente inmaculados: raro es el rincón de la ciudad en el que no perviven.

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Una calle de La Laguna | C,Jordá

Recorrí sus calles en uno de esos días en el que el sol y las nubes van alternándose para darle un color diferente al mismo sitio con sólo unos minutos de diferencia. Llegamos a una hora relativamente temprana en una mañana de sábado, si no recuerdo mal, y aunque al principio las calles estaban aún desperezándose y casi vacías, pronto se llenaron de laguneros que salían a pasear, comprar o tomarse algo en las terrazas en las que se disfrutaba del maravilloso fresco de la ciudad, cuya temperatura suele ser unos grados más baja que en Tenerife y que tampoco es tan húmeda como la capital.

Me encantaron las fachadas coloridas y la larguísima perspectivas que se abrían en sus calles tan rectas, pero también algunos detalles como las ventanas de guillotina, muy inglesas y, por lo visto, influencia de comerciantes portugueses llegados siglos atrás a la ciudad.

También hay algunos edificios notables, sobre todo el Palacio Episcopal que tiene una bellísima fachada de negra piedra volcánica, señorial y casi diría que majestuosa. En el interior el edificio guarda un patio más modesto pero realmente lleno de encanto, tan canario que podría ser colonial o tan colonial que se diría que es canario. Aún más llamativos son los del que fuera Instituto de Canarias, un antiguo convento que después de la desamortización vio pasar por sus aulas al mismísimo Galdós. Con elegantes columnas y un techo de refinada madera rojiza, estos viejos claustros son, sin duda, una de las joyas de la ciudad.

Una peculiar catedral

Como corresponde con su importancia histórica, La Laguna tiene también catedral, que es un templo curioso en el que varios estilos se mezclan. A mí me gustó especialmente la fachada neoclásica que conjuga elegantemente la piedra volcánica y el lienzo blanco encalado, de nuevo con un gusto muy colonial, pero quizá lo más llamativo es su cúpula, fruto de una restauración de hace menos de una década y, al parecer, pionera en el uso de materiales de última generación.

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La Catedral de La Laguna | C.Jordá

No obstante, es probable que a muchos les gusten más iglesias modestas pero muy atractivas, como la del Convento de Santa Catalina de Sienta -un bellísimo edificio, por cierto-, o la del Santuario del Santísimo Cristo de La Laguna.

Cerca del Santuario, al otro lado de la espaciosa Plaza del Cristo, el Mercado de La Laguna es otra parada obligatoria. Se pueden comprar papas, salazones, mojos y muchas cosas más, y sobre todo disfrutar de uno de esos mercados llenos de actividad en los que la gente de verdad compra comida de verdad y no hay sólo turistas y modernos a la caza de rarezas veganas.

En el mercado, sobre todo, se puede palpar la tranquila vitalidad de una ciudad que es Patrimonio de la Humanidad, pero que parece no querer enterarse de ello y luce su gracia y su belleza con una modestia que sólo la hace aún más encantadora.

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Un puesto de especias en el Mercado de La Laguna | C,Jordá

Y de colofón: un bosque mágico

Muy cerca del casco urbano de La Laguna la carretera vira hacía arriba y empieza a encaramarse a las estribaciones del Teide que se prolongan, como un gigantesco brazo que se estirase, por esta zona de la isla. Estamos en el Parque Rural de Anaga.

La subida es empinada, se llega a alturas por encima de 1.000 metros y los desniveles son aterradores; aquí y allá miradores nos asoman a grandes precipicios desde los que se ve buena parte de Tenerife, con algunas de las mejores vistas de la isla, siempre con el Teide al fondo.

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Vistas de Tenerife desde el Parque Rural de Anaga | C.Jordá

En lo alto se puede acceder a un impresionante bosque de laurisilva en el que uno puede adentrarse gracias a una serie de pequeños senderos sobre los que la vegetación va cerrándose como un túnel. La humedad es casi absoluta y de las ramas altas caen gotas de agua que alimentan un mundo de musgos y líquenes, que se agarran a la madera cubriendo todo de unos verde extraordinarios, saturados, omnipresentes… Uno tiene la sensación de estar en un bosque mágico y de que, de alguna forma y pese al trasiego de turistas y senderistas, allí se puede encontrar algo así como un espíritu ancestral de la isla, que no está sólo en la crudeza volcánica y salvaje del Teide, sino que también te atrapa rodeado de esa bella y verde explosión de vida.

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