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Por la montaña de Gran Canaria

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La montaña de Gran Canaria

Admítalo, querido lector: cuando usted piensa en Canarias visualiza playas con un sol radiante y una temperatura óptima, nunca frío pero tampoco calor, el paraíso junto al mar. Pero no se sienta mal porque a mí me pasa lo mismo o, mejor dicho, me pasaba: hasta que visité Gran Canaria hace unos meses.

Bueno, en realidad yo también pensaba en Timanfaya al recordar las Islas Afortunadas, pero excepto esa pequeña frivolidad también tenía una idea injustamente reducida de siete islas que son mucho más que arena y olas, a pesar de que eso no sería poco.

Por ejemplo, Gran Canaria es también una bonita capital, es las Dunas de Maspalomas –ellas sí arena y olas- y es un interior montañoso y árido y volcánico y hermoso, muy interesante y digno de conocerse y, sobre todo, de recorrerse.

Es un interior lleno de barrancos tan profundos que casi les podríamos llamar cañones, de espacios solitarios en los que el viajero llega a tener la impresión de que es imposible encontrarse con otro humano, en los que la única señal de civilización es el estrecho camino por el que se anda.

A pie o en 4x4

Como les contaba, conocí parte de este interior de Gran Canaria en mi viaje a la isla hace unos meses, fue en una excursión de lo más interesante y que incluyó tanto una parte en todoterreno como otra a pie, cada una de ellas con su propio encanto.

La primera en un duro Land Rover: primero en carretera, después en sencillas pistas de tierra, luego en pistas más complicadas y para terminar en un camino dificilísimo que, según nos dijo nuestro guía, las últimas lluvias habían puesto casi imposible. Una dificultad, no obstante, que hizo el viaje aún más divertido sobre todo en los momentos en los que el conductor nos advertía de que corríamos un no sé si cierto o figurado peligro.

Lo mejor, de todas formas, era el paisaje antiguo e impresionante que nos rodeaba. Como todo el archipiélago, Gran Canaria es de origen volcánico, pero la zona que atravesamos es una de las más antiguas de las islas, y hay algo de esa antigüedad en las montañas que franquean el camino elevándose hasta picos que llegan a cotas elevadas y cayendo después en profundos barrancos cuyo final parece aún más lejos.

El final de esta primera parte del viaje, después de mucho traqueteo y de centenares de baches, era la Presa de Chira, que forma un lago bastante grande –grandísimo para las medidas canarias- que recoge el agua que cae sobre las más altas cumbres de la isla, que vemos al fondo, más allá de la gran superficie azul.

Desde allí seguimos, pero ahora a pie, descendiendo poco a poco a través de valles y cortados, pasando junto a rocas viejas y aterradoras que sólo parecían menos terribles bajo la suave luz del sol canario.

El paisaje tiene en esta zona un toque marciano y desolado, pero terriblemente magnético: es imposible apartar la mirada de las piedras rojas que parecen crecer por todas y cada pocos metros hay que detenerse para poder admirar la belleza desértica que nos rodea.

La soledad

Otro de los atractivos de esta zona es la sensación de inmensa soledad: se puede andar durante horas y quizá sólo te encuentres a otro grupo de senderistas, no hay núcleos de población a la vista, ni carreteras, todo lo más alguna casa de campo a la que nos preguntamos cómo llegan los dueños.

Tras un buen trecho la primera señal de civilización es otra presa, la de Soria, cuyo lago contemplamos desde la altura y que imaginamos artificial antes de ver la gran pared que lo ha creado: tiene uno la impresión allí sería tan inconcebible un lago natural como en Marte.

La presa de Soria es el destino final de nuestro paseo, y desde luego, no podía haber un mejor final, incluso con un punto paradójico: después de un recorrido en el que no parecía haber ni rastro de humanos una obra humana impactante, con una pared de 120 metros de altura que es una obra de la más fina ingeniería.

Superada la presa y terminado el camino el Restaurante Fernando es el lugar idóneo para refrescarse y reponer fuerzas: deliciosos zumos, cerveza helada y una cocina tradicional, sencilla y sabrosísima son la recompensa perfecta al caminante. Desde allí una carretera tan hermosa como curvada nos llevará a través del valle de nuevo a la costa, al mar y a la arena, tan cerca de la montaña en Gran Canaria que se diría que todo es uno.

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