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Plasencia: de lo mejor de Extremadura, que es como decir de lo mejor de España

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Un paseo por Plasencia

Pocas ciudades españolas -o de cualquier otro lugar- pueden presumir de tener dos catedrales, incluso aunque ninguna de las dos esté acabada; y además unas murallas; y además un acueducto; y además un casco antiguo precioso… Bien, pues Plasencia puede, aunque a mí se me queda la sensación de que no lo acaba de hacer: todos tendríamos que saber lo mucho y bueno que se puede encontrar allí, pero lo cierto es que, o al menos esa es mi percepción, no se sabe mucho.

Visité Plasencia el pasado verano durante mi viaje por las juderías de Extremadura. Aunque ya había pasado por allí una vez en una de esas ocasiones en las que la prisa y la excesiva compañía no te dejan conocer un sitio. Pero cuando por fin pude dedicarle sólo una parte del tiempo que merece la verdad es que me lleve una sorpresa: ¡la de cosas que se pueden ver y disfrutar en Plasencia!

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Plaza de San Nicolás | C.Jordá

Una herencia judía

Como les decía, visité Plasencia buscando la herencia hebrea de una ciudad que es uno de los 19 miembros de la Red de Juderías de España. Una herencia que no es fácil encontrar, pero que se trata de recuperar pese al muro que suponen cinco siglos de destierro y olvido.

Sobre la judería vieja se levanta ahora un enorme Parador que en tiempos fue el Convento de Santo Domingo; de la judería nueva sólo quedan las calles y unas emocionantes placas que nos recuerdan los lugares exactos en los que tenían sus casas familias judías concretas -con nombres y apellidos diríamos hoy-. Es sólo, o nada más y nada menos, que un homenaje que sobrevuela cinco siglos de olvido.

Más allá de la muralla y algo menos cuidado de lo que debería, encontramos uno de los pocos cementerios sefardíes de España. Ni siquiera el estado de semiabandono logra eliminar lo emocionante de ese lugar modesto y extramuros al que algunos placentinos del siglo XV llevaban a sus muertos en el último viaje.

Y otra cristiana

La herencia cristiana de Plasencia es, obviamente, mucho más visible, empezando por sus dos catedrales o, quizá sea más exacto decirlo así, su catedral demediada en dos estilos y dos épocas: por un lado la vieja, de un románico rotundo que en algunos puntos ya es casi gótico. Y por el otro la nueva, de un plateresco riquísimo, espectacular y tan ambicioso que viéndola no nos sorprende mucho que nunca llegase a terminarse, pues parece un esfuerzo muy por encima de las posibilidades de Plasencia, incluso de la Plasencia mucho más poderosa de aquella época.

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Catedral Nueva | C.Jordá

Tanto si la contemplamos desde fuera como visitando su interior -una visita en la que se prohíben las fotografías pese a pagar entrada, mal el Cabildo en esto- nos sorprende por su altura, magnificada aún más por su forma chata e incompleta. Además, allá arriba la bóveda de nervios dorados resulta francamente espectacular, bellísima, como los retablos, el coro y otros detalles de un templo fascinante.

Las dos catedrales no son los únicos edificios religiosos interesantes de Plasencia, la iglesia de San Vicente Ferrer no sólo es hermosa, sino que se ha convertido en un pequeño museo de pasos de Semana Santa; y el antiguo Convento de las Claras es hoy un centro cultural en el que encontrarán una de las oficinas de turismo más espectaculares de España.

Plazas, murallas y acueductos

Pero además de edificios religiosos y de los muchos palacios -algunos exquisitamente reconvertidos en hotel como el Carvajal Girón-, Plasencia tiene un casco viejo lleno de encantadoras calles, tortuosas y empinadas arriba y abajo por tramos -lo que da ocasión para curiosas perspectivas fotográficas-, repletas de tiendas y de gente y de vida incluso en la canícula veraniega.

Más o menos en el centro de este casco viejo está la Plaza Mayor, muy bonita a pesar de lo irregular de su forma y de las diferencias entre los edificios con los que ha sido construida. Como buena plaza mayor española los soportales nos protegen del frío y la lluvia en invierno y del soy abrasador en verano; y como buena plaza mayor española la preside el Ayuntamiento, que en Plasencia es un precioso edificio renacentista a pesar de ser de la segunda mitad del siglo XX, ya que se basó en el que proyectase Juan de Álava cuando construía la fachada de la Catedral Nueva.

Al final del casco viejo encontraremos otro de los lugares que es visita obligada en de la ciudad: el Centro de la Fortaleza y Ciudad Medieval, en una de las torres de la muralla, que nos ofrece una información interesante sobre la historia de Plasencia y, sobre todo, la posibilidad de subir a los muros almenados y recorrer una buena parte del gran recinto amurallado, con unas vistas sobre la ciudad y las propias fortificaciones que vale mucho la pena.

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La muralla de Plasencia | C.Jordá

Un poco más allá está el Acueducto de Plasencia al que también denominan Arcos de San Antón. No es romano, que es lo que pensamos de todos los acueductos, pero sí prácticamente medieval, pues se construyó en el siglo XVI y nos compensa de su ‘modernidad’ con un estado de conservación envidiable.

Una ciudad en la que comer

Pero quizá lo que más me sorprendió de Plasencia fue lo bien que se come en esta pequeña ciudad. Una estancia de sólo un par de días nos puede dar para conocer restaurantes estupendos como Casa Juan, donde incluso se esfuerzan en recuperar la gastronomía de los placentinos de hace cinco siglos, así que no dejen de encargar su menú sefardí unos días antes si van a pasar por allí, porque es delicioso y es toda una experiencia gastronómica.

Y también nos dará para conocer barras más modernas, rápidas e informales como Tentempié, en las que la tapa es tratada no como un mero acompañamiento sino como una delicia lujosa, con todo el sabor y el saber de Plasencia concentrados en una pequeña porción de risotto o en una exquisita samoosa de ternera y curry.

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