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Museos de Mercedes-Benz y Porsche en Stuttgart: donde el automóvil es una obra de arte

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Los Museos de Mercedes-Benz y Porsche en Stuttgart

Stuttgart es una ciudad del sur de Alemania, relativamente cercana a la Selva Negra, con una parte histórica bastante bonita y rodeada de viñedos. Un destino interesante si uno quiere salirse de otros lugares quizá más trillados de aquel país.

Pero además de eso, que ya les digo que no es poco, Stuttgart guarda un par de secretos que creo que hacen de ella un destino de primer nivel, una visita imprescindible para muchos y muy interesante para casi todos, incluso los que a primera vista pueden pensar que la cosa no va con ellos, que unos museos de marcas de automóviles no les van a aportar nada.

Lo cierto es que tanto el Museo Porsche como, sobre todo, el Museo Mercedes-Benz son una oportunidad excepcional de sumergirse no sólo en la que ha sido probablemente la industria más importante del siglo XX, sino también en el mundo de la innovación técnica, de la investigación, del diseño y, en resumen, en el mundo de la cultura, aunque en una observación apresurada pueda parecernos que no se trata de eso.

Del caballo al Mercedes

"Creo en el caballo. El automóvil no es más que un fenómeno pasajero". Esta frase pronunciada por el káiser Guillermo II en 1890 es lo primero que ve el visitante del Museo Mercedes-Benz, además del espectacular edificio, especialmente en su interior. Y la ve precisamente al pie de un caballo disecado. Es una especie de broma con cierto grado de maldad, pues todo lo que vamos a ver es la más contundente refutación que imaginarse pueda de esa frase. La verdad, no sé yo si el káiser se merecía tal rapapolvo.

Tras la bromita malévola del caballo nos adentramos en la historia de Mercedes, que es prácticamente lo mismo que decir la historia del automóvil. Valgan como prueba de ello los dos objetos que vemos en el centro de la sala en la que se inicia el recorrido: aparentemente nada más que dos carruajes un poco raros, pero nada menos que dos ejemplares de los prototipos que, cada uno por su lado, Daimlier y Benz crearon en 1886, es decir, los dos primeros automóviles de la historia.

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Los dos primeros coches de la historia | C.Jordá

Recalco una cosa para que quede clara: no son reproducciones o reconstrucciones, son dos ejemplares auténticos –como lo serán en el resto del museo- de los mismos vehículos en los que el ser humano experimentó por primera vez la libertad de poder desplazarse por sí mismo y la maravilla de no depender de otra cosa que su ingenio para moverse por el mundo.

Daimlier y Benz unieron sus compañías en los años 20 y poco después empezaron a comercializarse bajo la marca Mercedes, que por cierto sí es lo que parece: un nombre de mujer español que le gustaba a uno de los lanzadores de la firma. Esa unión de los dos pioneros dio lugar a una marca que casi 100 años después sigue siendo uno de los referentes de la industria, y que durante todo ese tiempo ha logrado crear la que quizá sea la mayor cantidad de modelos míticos que ningún otro fabricante haya puesto en el mercado.

Los impresionantes coches de morro alargado y grandes faros redondos de antes de la II Guerra Mundial, el ‘Alas de gaviota’, el ‘Pagoda’, los bólidos de Fórmula 1… incluso para alguien como yo que dista mucho de ser un experto la lista de modelos absolutamente reconocibles –y deseables- es más que larga.

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El famosísimo 'Alas de gaviota' | C.Jordá

El gran acierto del Museo, no obstante, no es tanto ofrecer todas estas maravillas como hacerlo dentro de una cuidadísima explicación del contexto histórico: mientras vamos admirando los distintos modelos vamos aprendiendo la historia no sólo de la industria del automóvil, sino de la propia Europa.

A eso súmenle la propia espectacularidad del edificio y la presencia de un montón de vehículos que tienen interés histórico por sí mismo: coches que han pertenecido a emperadores, reyes y presidentes, el Mercedes que tuvo Lady Di al lado de uno de los primeros Papamóvil… El conjunto resulta tan excepcional que es una visita que me atrevo a recomendar a cualquiera, no sólo a los apasionados del automóvil y mucho menos a los que sólo sean fans de la marca: no hace falta más que sentir interés por la historia y cierta sensibilidad a la belleza que puede tener una máquina -¡y las hay bellísimas!- para disfrutar del Museo Mercedes-Benz.

Contemplar un Porsche… ¡y ver cómo lo hacen!

El Museo Porsche no es probablemente tan interesante para el profano, pero también tiene cosas que lo hacen una visita casi obligada, no en vano dos de los coches más míticos de todos los tiempos llevan la firma de la compañía: el 911 de la propia marca y el Escarabajo que el fundador de la empresa, Ferdinand Porsche, diseñó para Volkswagen antes de la II Guerra Mundial.

El edificio que alberga el Museo es también bastante espectacular: obra del estudio de arquitectura vienés Delugan Meissl es una gran estructura de metal y cristal que parece flotar a escasa distancia del suelo. En el interior hay un recorrido detallado por la historia de la marca, por sus éxitos deportivos y por sus modelos más famosos que todos conocemos y algunos que no son tan conocidos pero que también son bellísimos.

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Exterior del Museo Porsche | LD

En Porsche tuve la oportunidad de visitar también la fábrica que está justo enfrente del Museo –la de Mercedes es asimismo visitable, pero yo no pude hacerlo por la apretada agenda del viaje- y eso sí que es, de nuevo, un espectáculo interesantísimo más allá de que a uno le gusten los coches de Porsche o no.

Durante la visita -en la que por desgracia no se permiten hacer fotografías- se puede ver la planta en la que se montan los motores por un lado y por otro la cadena -¡repartida en diferentes pisos!- en la que se ensamblan todos los componentes del vehículo, que entran siendo una carrocería vacía y salen siendo uno de esos deseables deportivos mientras nosotros seguimos el proceso casi paso a paso.

Es un espectáculo hipnótico y fascinante y, sobre todo, uno de esos sitios en los que comprobar de primera mano lo lejos que el ingenio humano nos ha hecho llegar en algo tan aparentemente banal –sólo aparentemente- como fabricar una máquina capaz de llevarnos de acá para allá de forma sencilla y barata. Es decir, una máquina que ha cambiado el mundo, nada más y nada menos.

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