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Monasterio de Piedra: otra de las muchas maravillas que esconde España

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La magia del Monasterio de Piedra

Por razones tan banales que no vienen ahora al caso, el Monasterio de Piedra es uno de esos lugares a los que he querido ir desde muy niño pero al que, por estas cosas que tiene la vida, aún no había tenido oportunidad conocer.

Lo cierto es que es el típico sitio de España que siempre te queda un poco a trasmano, uno de esos lugares maravillosos, sorprendentes y algo lejanos -en realidad está a sólo unos 220 kilómetros de Madrid, pero no está cerca prácticamente de nada- tan abundantes en nuestro país.

Pero por fin lo conocí y, al contrario de lo que suele pasar tantas veces cuando algo se hace esperar durante mucho tiempo, me gustó mucho. Y eso aún a pesar de que lo visité en lo que seguro que no era el mejor momento: en el inicio del invierto, justo cuando ya se había ido el otoño y aún no habían llegado las lluvias.

El monasterio

Aunque probablemente de lo que todos hemos oído hablar es del parque junto a él, el Monasterio de Piedra era exactamente lo que su nombre indica: una comunidad conventual que se fundó a finales del siglo XII y creció y se amplió hasta bien entrado el XVIII.

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Sala capitular | C.Jordá

Hoy en día lo que fue el monasterio es una curiosa e interesante mezcla de zonas perfectamente conservadas o restauradas con otras que muestran a las claras lo que le han supuesto los rigores del tiempo: la bellísima sala capitular de estilo gótico, por ejemplo, está junto al claustro a medio restaurar y la iglesia que es una hermosísima ruina sin techo.

Y es que el Monasterio de Piedra sufrió de lo lindo en la Guerra de la Independencia y tampoco le fue muy bien durante el Trieno Liberal y, más tarde, tras la Desamortización de Mendizábal.

Afortunadamente poco después y ya en manos privadas empezó a ser reformado con un fin que debió parecerles una locura a no pocos a mediados del siglo XIX: convertirse en un lugar para el turismo, algo que sigue siendo hoy con un interesante hotel que aprovecha en parte el antiguo edificio.

El parque

Dentro de este programa para crear un lugar para solaz y disfrute de los viajeros se transformó lo que entonces había sido la huerta del convento en el parque que hoy en día aún podemos visitar.

Lo cierto es que la materia prima no podía ser mejor: el río Piedra recorre el paraje junto al monasterio dejando un montón de preciosas cascadas -alguna realmente espectacular- en un espacio bello y amable atravesado por sendas que corren entre bosquecillos, grutas, pequeños y no tan pequeños estanques y caídas de agua de mil formas diferentes.

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La cascada Caprichosa | C.Jordá

Quizá por las grutas, quizá por el ambiente general, el lugar tiene una atmósfera que no dejaba de recordarme a las imágenes que he visto de los Parque de los Monstruos de Bomarzo, aunque fuese sin estatuas aportando ese toque grotesco, sí con un punto romántico y hasta diría que irracional, en ese paisaje tan hermoso que por momentos resulta difícil distinguir lo natural de lo artificial.

El recorrido por dentro del parque está señalizado para que no nos perdamos ninguno de los rincones importantes y, aunque hay unas cuantas escaleras, es apto para todos los públicos y prácticamente todos los estados de forma, como les decía estamos ante una naturaleza muy civilizada.

Nuestros pasos tienden a ralentizarse entre los estanques de aguas calmas que reflejan los árboles que les rodean, y tampoco agitan más en la cercanía de las cascadas, algunas más violentas, otras pequeñas y con el agua más deslizándose que cayendo, pero todas hipnóticas, dignas de ser contempladas durante horas.

Quizá la más espectacular sea la mayor, la Cola de Caballo, y sobre todo la gruta a la que se puede descender para ver la gran caída de agua justo desde atrás. Quizá les parezca una bobada, pero además de la belleza y la magia del lugar a mí me encantó la sensación de estar como dentro de la cueva de Batman, lo siento mucho pero con estos referentes culturales -entre otros- hemos de arar.

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La Cola de Caballo | C.Jordá

Aunque no sea tan llamativo visualmente, el parque tiene otro lugar que es curioso conocer, que resulta interesante y que tiene también su pequeña cuota de protagonismo histórico: una serie de estanques en los que uno de los visionarios creadores del lugar, Juan Federico Muntadas, creó la primera piscifactoría en España, en la que aún hoy siguen nadando despreocupadas las truchas, ajenas al trajín de turistas que se acercan a verlas y al gran interés que despiertan en los niños.

Como ven, el Monasterio de Piedra es una curiosa mezcla de belleza natural y artificial y de peculiares hitos históricos -a esa piscifactoría pionera hay que sumar que la cocina del monasterio fue el primer sitio de Europa en el que se cocinó chocolate-. Décadas después conocerlo ha satisfecho un capricho infantil y, sobre todo, me ha recordado una vez más la inmensa cantidad de joyas que tenemos en España, con tanto que ver y tanto que contarnos, y a las que puede que no hagamos todo el caso que merecen.

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