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Mérida o como el presente sabe dejarnos el pasado al alcance de la mano

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Mérida aún es augusta

Desde cierto punto de vista, la capital extremeña es una ciudad un tanto extraña: pequeña, pero sede de las instituciones de una comunidad autónoma; modesta, pero con algunos monumentos acojonantes, con perdón de la palabra; y sobre todo cargada de historia y en algunos lugares, no pocos, de belleza.

Por supuesto, lo fundamental de Mérida es su pasado romano, no es lo único, desde luego, pero es tan imponente que no podemos dejar de empezar por ahí. La parte más importante se reúne en la zona alrededor del Teatro, pero a mí me gustan mucho monumentos como el Templo de Diana, que se te aparece como de sopetón en mitad del recorrido de una calle estrecha.

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Templo de Diana | C.Jordá

Algo parecido ocurre con la estilizadísima figura del Arco de Trajano, que tiene un poco de gigantesca maqueta explicativa sobre cómo construían los romanos sus arcos, y en su desnudez nos sorprende que se mantenga en pie cuando, de hecho, es más fácil que lo haga ahora que sólo tiene que soportar su propio peso.

Igual de fascinantes me resultan las ruinas del Acueducto de los Milagros, que parecen obra del mismo arquitecto loco y romántico, con sus arcos elevándose gráciles e inútiles, pues ya no sostienen una canalización por la que pueda circular el agua. Aun así, sigue siendo impresionante, levantándose sobre la vaguada que lo hacía necesario, como queriendo ser un decorado más que una infraestructura, dando una cierta apariencia de eternidad pese a las más que visibles heridas que el tiempo ha dejado en él.

El Teatro

La estrella de todo este patrimonio es, no obstante, el maravilloso Teatro Romano, del que creo que se puede decir sin exagerar que es uno de los más hermosos del mundo. Pasó cientos de años prácticamente enterrado y no fue hasta la primera mitad del siglo XX cuando se completó su restauración levantando su bellísima escena para que la veamos hoy en día casi como se debía ver hace 1.900 años, cuando Trajano era el hombre más poderoso del mundo.

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Teatro Romano | C.Jordá

El Teatro nos permite una experiencia que no es habitual en los monumentos del mundo y menos aún en los que tienen 2.000 años: pasearnos por su interior, recorrerlo, sentarnos en sus gradas y sentirnos dentro de la historia, ser rodeados por ella. No es, obviamente, el único lugar en el que podemos disfrutar de esa sensación, pero sí apostaría a que es uno de los más hermosos.

Al lado mismo está el Anfiteatro, quizá más impresionante en su época pero ahora una sombra de lo que fue tras haberse visto afectado por el mal que acabó con tantos monumentos romanos: fue usado de cantera para construcciones cercanas.

Otro monumento espléndido y en un sorprendente buen estado es el Puente Romano, dicen que el más largo de la antigüedad y aún impresionante casi veinte siglos después. Todavía se puede pasear sobre él y, de hecho, desde allí se contempla la mejor perspectiva de otro monumento que no es romano, pero del que también hay que hablar: la Alcazaba musulmana, el recinto amurallado al borde del río que es otra de las imágenes icónicas de la ciudad. No duden en visitarla y, sobre todo, en pasear por el puente y junto al río al caer el sol, cuando la luz cálida tiñe de dorado los altos muros de piedra y el espectáculo se vuelve único al reflejarse en las aguas del Guadiana.

Hay tantas cosas que no podemos citarlas todas aquí, pero no quiere dejar de citar algunas en los alrededores de la ciudad que merecen una visita: la Basílica de Casa Herrera, por ejemplo, o los embalses de Proserpina y Cornalvo

Y hay también una ciudad pequeña, agradable, con mucho de pueblo en el mejor sentido, que pasear en calles estrechas de casas encaladas, especialmente alrededor de la preciosa Plaza de España en la que está el Ayuntamiento, en un casco viejo pequeño pero con no poco encanto.

El Museo

Si bien no hay monumento ni edificio que pueda superar al Teatro, les tengo que confesar que tengo una especial predilección por el Museo Nacional de Arte Romano que diseño para Mérida Rafael Moneo.

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Museo Nacional de Arte Romano | C.Jordá

Es un edificio que logra ser más grandioso que grande pero, sobre todo, que logra ser indudablemente moderno -tiene ya 30 años y me sigue pareciendo de la mejor arquitectura moderna de España- pero al mismo tiempo inconfundiblemente romano.

Moneo logró este aparente imposible usando dos elementos que no pueden ser más romanos: el arco de medio punto y el ladrillo. Con ellos y prácticamente nada más que una concepción genial del espacio diseña un edificio sencillo, bellísimo, al que dota de una luz natural cambiante pero siempre presente y con la que disfrutamos de las obras guardadas en el interior con una calidez que, por un momento, podemos olvidar que estamos en un museo.

Sus sótanos son, además, la metáfora perfecta de lo que es Mérida: bajo la gran estructura actual encontramos… la ciudad romana, con sus calles y sus viviendas, recordándonos que lo de ahora sólo es la prolongación -o la sustitución si lo prefieren- de lo que había hace 2000 años.

Así es Mérida, romana, pero moderna también, y no sólo por el Museo: ahí está el espléndido edificio de las nuevas consejerías de Navarro Baldeweg o el Puente Lusitania… Y lo mejor: con el pasado y el presente conviviendo con toda naturalidad. Merece la pena.

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