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Memorial y Museo del 11-S: así recuerda Nueva York su trauma y a sus héroes

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El Memorial y Museo del 11S, justo en el lugar en el que ocurrió todo, son un ejemplo de cómo recordar unos hechos tan duros y a sus víctimas.
El estremecedor Museo y Memorial del 11S en Nueva York

En pleno sur de Manhattan, allí donde la isla más famosa del mundo se empieza a estrechar entre gigantescos edificios de oficinas, dos grandes solares vacíos abren sendos espacios de extraña claridad, diáfanos como pocos en Nueva York. Dos huecos en los que, en lugar de una masa de acero y cristal emergiendo virulentamente hacia el cielo, vemos como el suelo se hunde, creando un vacío insólito.

Son los emplazamientos exactos que ocupaban las Torres Gemelas derribadas en los atentados del 11 de septiembre de 2001, convertidos ahora en el memorial que la ciudad les ha dedicado: dos cuadrados perfectos de piedra negra en los que se precipita el agua como en una finísima catarata, formando estanques desde los que vuelve a caer en un agujero aún más negro, se diría que sin fondo.

Es la más bella metáfora que he visto nunca sobre la ausencia, sobre el vacío que dejan los que se van, sobre los adioses que no se pudieron pronunciar en su momento.

Rosas blancas cada día

En los bordes de estos cuadrados, sobre unas también oscuras placas de bronce están los nombres de todos y cada uno de los que fueron brutalmente asesinados aquel día, recortados en sencillas letras de unos centímetros de altura.

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Flores blancas para el recuerdo, | C.Jordá

Cada mañana los operarios del monumento colocan una rosa blanca en los nombres de aquellos que habrían cumplido años ese día. Veinticuatro horas después las recogen, pues han sido respetadas como símbolos sagrados por los neoyorquinos y los miles de turistas, y colocan otras nuevas en los nombres que corresponden.

"Ningún día os borrará de la memoria"

Es un lugar emocionante, sin duda alguna, y quizá aún nos lo parezca más a los que llegamos de Madrid, a los que somos conscientes de estar ante el alegato, en piedra, agua y bronce, de una ciudad que se niega a olvidar, de una ciudad que recuerda a los suyos y proclama a voz en grito, aunque sea en silencio, el enorme vacío que dejaron.

Esa voluntad se explicita en el interior del Museo, cuya entrada está entre las dos partes del memorial y que se extiende bajo la plaza, alrededor de los restos y los cimientos de las dos torres. Allí, una inmensa pared está cubierta por cuadrados de azul celeste, el azul limpio del cielo de Manhattan aquella mañana, hasta que fue manchado por el humo.

Son exactamente 2.983 cartulinas –de nuevo una por cada una de las víctimas no sólo en las Torres Gemelas sino en todos los atentados de aquel día–, que rodean una frase de La Eneida de Virgilio: "Ningún día os borrará de la memoria del tiempo".

A ese recuerdo se dedica con empeño el Museo, que se sumerge en las entrañas de Manhattan hasta llegar a los cimientos de las Torres, y nos muestra objetos en los que el crimen horrendo dejó una huella brutal: un camión de bomberos destrozado por los escombros, vigas de acero a las que el calor y la presión hicieron tomar formas inverosímiles, la última columna retirada de la Zona 0, convertida ya entonces en un altar de la memoria…

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La última columna retirada de la Zona 0 | C.Jordá

Hechos y recuerdos

Desde allí se entra en una zona, la más propiamente museística, en la que se amontona una cantidad increíble de información sobre los atentados. De los más diversos tipos: imágenes, por supuesto, pero también gráficos, vídeos, sonidos –por ejemplo los estremecedores mensajes que algunas víctimas dejaron en los contestadores de sus seres queridos–, objetos de algunos supervivientes…

El recorrido es exhaustivo y se adentra tanto en la pura y simple exposición de los hechos como en la memoria, en lo que todos recordamos de aquel día –incluso los que lo vivimos a miles de kilómetros de distancia–, y en lo que vivieron los que pudieron contarlo.

Ambas son necesarias, creo, y hay que decir que esta parte más factual se aborda con valentía: nada se obvia ni se deja fuera, ni siquiera asuntos complicados para EEUU como la forma en la que la ayuda americana a los muyahidines afganos fue el caldo de cultivo para que Bin Laden y los suyos se convirtiesen años más tarde en Al Qaeda.

Impacto emocional

Sin embargo, lo que destaca del Museo es el impacto emocional: incluso a los que llegamos de tan lejos la exposición de los hechos, los testimonios y las imágenes nos resultan impactantes, no quiero pensar lo que puede ser para alguien de Nueva York que viviese aquel día, que viese las torres caer.

No debe sorprender, por tanto que en cada sala del museo haya un dispensador de pañuelos de papel, que al principio puede parecer una excentricidad, pero al que finalmente uno acaba recurriendo antes o después.

La última parte del museo está dedicada al recuerdo de cada una de las víctimas de los atentados. Podemos ver retratos de todos ellos en un gran mural, que reúne los 2.983 rostros sonrientes de los que ya no están. Más emocionante aún es una sala oscura, justo debajo de donde estaba la Torre Sur, en la que nombre por nombre se recorre el terrible listado: uno tras otro vemos los rostros, descubrimos algo de su biografía y escuchamos a alguien cercano –mujeres, hijos, hermanos, padres…– que nos habla de cómo era esa persona, nos describe en una pocas palabras su pérdida… y la nuestra.

Todo me gustó: la emoción, la minuciosidad en la reproducción de los hechos, pero más que nada la voluntad de rendir un homenaje y de recordar. Nueva York, y con ella Estados Unidos, les ha dicho a sus víctimas que "ningún día os borrará de la memoria del tiempo". Admirable, sobre todo cuando uno llega de otra ciudad, Madrid, que por desgracia lo que ha demostrado tras el 11-M es su voluntad de olvidar. Y si dudan de lo que digo comparen este memorial y este museo con la cosa esa junto a la Estación de Atocha.

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