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Londres desde lo más alto: la increíble experiencia de The Shard

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El rascacielos más alto de Europa occidental es uno de los últimos y mejorres reclamos de Londres.
Londres desde las alturas: The Shard

Pocas ciudades del mundo tienen la capacidad de unir lo nuevo y lo viejo con la habilidad de Londres –quizá sólo Nueva York, pero allí "lo viejo" es bastante menos viejo–, una urbe que se reinventa a sí misma constantemente y que en ese proceso transmite una vitalidad inaudita y, por supuesto, apasionante.

Incluso en estos tiempos de tribulación en los que el Reino Unido parece haber perdido el temple que lo ha hecho una de las naciones más importantes de la historia, Londres sigue ahí, a toda máquina, expandiéndose, creciendo, cambiando, renovándose… y por supuesto sin dejar de ser la vieja Londres de siempre.

Dentro de este proceso constante uno de los hitos que más ha alterado el paisaje visual de la ciudad en la última década ha sido The Shard, el rascacielos inaugurado cerca de la orilla del Támesis en 2012. Es obra de Renzo Piano y arquitectónicamente es una de esas cosas que me deja indeciso: no hay mucho en él que pueda señalar y decir "me gusta por esto", pero reconozco que me parece fascinante.

Está situado en la margen sur del río, no muy lejos del muy turístico Puente de la Torre -aunque el más cercano es el Puente de Londres- y junto al Borough Market, que es otra para obligatoria para el viajero que visite la ciudad. Pero más allá de su ubicación, se puede ver desde buena parte de Londres y, muy especialmente, desde casi cualquier punto del Támesis: con sus más de 300 metros de altura y su forma estilizadamente piramidal se ha convertido, como decía, en una presencia de peso visual y simbólicamente.

Como es obvio, cuando te acercas a The Shard esa presencia se hace casi agobiante y en una noche con nubes bajas y con las luces de azotea tiñéndolas de vivos colores, la escena tiene un toque mordoriano –vaya, que parece que ahí podría estar el-ojo-que-todo-lo-ve– que no lo hace menos atractivo sino más, añadiendo a la espectacularidad un punto inquietante e incluso desasosegante.

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The Shard, desde sus cercanías | C.Jordá

Arriba, muy arriba

Lo mejor de The Shard, no obstante, es disfrutarlo desde dentro, o quizá debería decir desde arriba. La entrada es cara, hay que admitirlo –aunque las 24 libras que cuesta si las compras con antelación tampoco son tanto si lo comparamos con sitios similares en otras partes del mundo–, y en los primeros días del año la cola para subir te pedía echar allí una buena horita, pero hay que reconocer que todo quedaba compensado una vez en la cima.

Los miradores de The Shard están en los dos últimos pisos del edificio, justo debajo de las estructuras que dibujan ese irregular pico de la aguja tan característico. Hay un sofisticado bar y, por supuesto, 360 grados de vistas sobre Londres en todas las direcciones.

Les diré que una cosa no me gusta: que no haya una zona abierta en la que poder hacer fotografías sin un grueso cristal por delante -supongo que eso es un lujo que ya ofrecen muy pocos de los nuevos rascacielos- pero también es cierto que, al menos durante la noche y dado que el interior está en una cuidadosa penumbra, la incomodidad de los cristales era razonablemente salvable.

Londres en todo su esplendor

Y una vez superados los incómodos reflejos... ¡qué vistas, que maravillosas vistas! Diría que la altura de The Shard es la perfecta para disfrutar de un panorama inigualable, no sólo por lo obvio: la interminable perspectiva sobre la gigantesca ciudad que es Londres, sino también porque siendo el edificio más alto de la ciudad no destaca tanto como para empequeñecer demasiado a los demás.

Así, por ejemplo, por su cara norte ofrece una visión de la City absolutamente espectacular, con la enorme aglomeración de acero y cristal del distrito financiero brillando muy cerca, se diría que incluso plantando cara a The Shard.

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La City de Londres, vista desde The Shard | C.Jordá

No menos excepcional es la vista hacia el este, partiendo de un Puente de la Torre que parece de juguete desde lo alto pero que no deja de ser bellísimo y siguiendo los grandes meandros del Támesis hasta los rascacielos de Canary Wharf y quién sabe hasta dónde más allá en un día claro.

O hacia el oeste, sobrevolando los múltiples puentes sobre el río, empequeñeciendo la gran cúpula de San Pablo y mostrando la aparente infinitud de esa ciudad que desde la altura parece no acabarse nunca.

Sí, desde luego un monstruo como The Shard es capaz de cambiar tu percepción de una ciudad como Londres… a mejor.

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