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La Torre de Hércules: desde las alturas del tiempo

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Como sabrán aquellos que pasen por aquí de vez en cuando uno es amante de la piedra vieja, así que cuando surgió la oportunidad de viajar a La Coruña, una ciudad que prácticamente no conocía, en mi lista de imprescindibles la Torre de Hércules ocupó el primer puesto.

Aun así, con todo el día por delante decidí dejarla para después de comer, así que allí me plante en una tarde de primeros de octubre, cálida y soleada, de un cielo cada vez más azul mientras el sol empezaba a su recorrido de vuelta y bañaba, con una luz un tanto rosada, la imponente figura de la Torre.

La vista era perfecta desde allá desde donde la vieses: si algo sabían los romanos -además de derecho, política, arte, arquitectura, ingeniería, tácticas militares y otras minucias-, era donde colocar un monumento; y en Coruña tampoco se equivocaron: la Torre está en lo alto de un cabo de roca viva que entra al mar con valentía, como sabiendo que tiene una misión que cumplir y expuesta a todas las miradas, las de mar adentro y las de tierra adentro.

Pero, ¿seguro que es romano?

Los poco avisados se sorprenderán del buen estado de la torre y del aspecto de su cara exterior, que no parece romano del todo, ni por el estilo ni por la frescura de una piedra que parece recién puesta. En cierto sentido lo está: mientras que el faro se construyó en el S I la cubierta exterior es del S XVIII.

Por otro lado, ese revestimiento exterior es, contra todo pronóstico, de una singular belleza: la piedra de color tierra, las ventanas de proporciones perfectas, la falsa rampa ascendente y la gracilidad del cuerpo superior dan a la Torre un aspecto esbelto sin restarle nada de fortaleza, de forma que viéndola en la distancia se diría a la vez ligera e indestructible.

Sin embargo, para aquellos que necesiten ver para creer al entrar al monumento tendrán las pruebas: en la parte baja de la torre se puede ver todavía vestigios de la obra romana, que excepto en ese punto son prácticamente invisibles, aunque siguen formando un porcentaje importante de la estructura del faro.

Una vez arriba, tras una subida bastante llevadera a través de distintos tramos de escaleras, la vista es espectacular. Probablemente mejor por la mañana que por la tarde, sin el sol impidiéndonos ver bien La Coruña y su bahía. En mi caso, y aunque les resulte difícil de creer, una invasión de hormigas aladas me impidió disfrutar mucho, pero supongo que cuando ustedes pasen por allí tendrán una experiencia libre de insectos (otra opción es subirse con un oso hormiguero, pero no lo veo práctico).

De estaturas y olas

Los alrededores de la Torre son uno de los espacios más agradables de la ciudad: el Parque Escultórico, en el que en un amplia zona verde rodeada de caminos y en la que podemos ver algunas estatuas desperdigadas por aquí y por allá.

Aunque las hay con cierta gracia y con un notable éxito entre los turistas, como la Rosa de los Vientos cercana al propio faro, en general no es que las esculturas sean una cosa epatante, pero sí lo son las vistas, las zonas rocosas en las que rompe el oleaje y, por supuesto, la presencia de la Torre, diríase que vigía de todo el parque.

Me gustó un grupo escultórico llamado los menhires que es algo así como un homenaje a Obelix con una docena de piezas similares a las que transporta el amigo de Asterix, pero que hay que reconocer que tiene cierta gracia empanados entre el verde del prado en el que están colocados y el intenso azul que lucía el cielo la tarde en la que estuve por allí.

Y sigue funcionando

Volviendo hacia el centro de la ciudad la Torre nos ofrece otra cara, tan espléndida como la que hemos disfrutado desde el parque. Un largo paseo nos lleva tranquilamente desde allí hasta las playas coruñesas.

E incluso desde las playas, y aunque es un señor paseo, caminando siempre al borde del mar podemos llegar al otro lado de la bahía, donde el Obelisco del Milenio intenta, aunque sin demasiado éxito, ser una especie de contrapunto moderno a la figura neoclásica del faro romano.

Si se esperan a que caiga la noche comprobarán que el faro sigue llegando puntual a su cita con los navegantes. Mi ignorancia en temas marinos hace que no sepa si realmente es imprescindible o no, pero incluso aunque no lo fuera después de dos milenios debería encenderse la luz de la Torre de Hércules: yo la miraba y pensaba que a su manera nos conecta, a los que la contemplamos ocasionalmente y sobre todo a La Coruña, con ese pasado tan remoto.

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