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La Selva Negra o cuando la belleza es tan impactante como accesible

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La espectacular Selva Negra

No, probablemente en la mayor parte de la Selva Negra no podemos hablar de naturaleza salvaje, a pesar de las connotaciones de la palabra "selva", pero sí se puede hablar de auténtica naturaleza, pura, bella y con una cualidad que no es tan habitual: completamente accesible para todos, desde las familias con hijos hasta las personas mayores pasando hasta por los que tengan problemas de movilidad.

No es una naturaleza salvaje, no, es un hábitat un tanto domesticado, pero deliciosamente domesticado y sin que eso haya perjudicado ni un ápice su belleza ni impida lo más mínimo el contancto con la naturaleza. Más bien al contrario: la intervención humana se ha quedado en un punto perfecto para disfrutar más la belleza de lo que nos rodea, para llenar nuestros pulmones de aire puro casi sin esfuerzo.

Carreteras y ciudades

Curiosamente, o no, lo primero de lo que les quiero hablar de la Selva Negra es de sus carreteras: tranquilas, deliciosamente curvadas, discurriendo entre bosques de altísimos árboles, verdísimos prados y pequeños villorrios… No he conocido prácticamente ningún lugar en el que conducir fuese una experiencia tan placentera y relajante, sin necesidad de correr, sólo deslizándose por el asfalto como en un anuncio de coches.

Además, el coche es una opción casi imprescindible para moverse por la zona, o al menos la óptima si queremos tener la oportunidad de conocer con cierta profundidad un área que es muy extensa. Como en otras ocasiones yo tuve la oportunidad de hacerlo con Sixt y de nuevo ha sido una estupenda experiencia.

Yendo en coche podremos acercarnos también a pueblos y ciudades que son otro de los puntos de interés de la zona. Y no sólo me refiero a los más típicos, como Baden Baden y Friburgo, sino a otros lugares menos conocidos como Freudenstadt, un experimento urbanístico del siglo XVII –fue fundada en 1599- que nos ha dejado una curioso trazado rectangular, una plaza central gigantesca (la mayor de Alemania) y la única iglesia con forma de L que he visto en mi vida, que es un templo evangélico-luterano construido también a principios del S. XVII.

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La iglesia de Freudenstadt | C.Jordá

En Triberg, más al sur, además de un bonito pueblo con un cierto aire alpino y estupendos restaurantes encontrarán la catarata más alta de Alemania: una maravilla de la naturaleza prácticamente en mitad de la ciudad.

Se entra a las Cataratas de Triberg desde la que es prácticamente la calle principal, pero una vez dejamos las puertas a nuestra espalda nos sumergimos en un espeso bosque, humedecido por el vapor que los distintos saltos de agua –la catarata es en realidad una sucesión de ocho o nueve cascadas, lo que no le quita un ápice de espectacularidad- que podemos recorrer por miradores y puentes que no dificultan el disfrute de lo creado por la madre naturaleza, sino que lo aumentan.

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La Catarata de Tiberg | C.Jordá

Otro pueblo que les recomiendo es Gutach, no sólo por su belleza de refugio en el fondo del valle -y qué maravillosa carretera junto al río nos lleva a allí- sino, y sobre todo, por un lugar tan especial como el Schwarzwälder Freilichtmuseum Vogtsbauernhof, esto es, el Museo al Aire Libre de la Selva Negra.

Nacido a partir de la última granja tradicional de Gutach, que estuvo habitada hasta los años 70, después se han ido trasladando otros edificios desde otras partes de la Selva Negra, y hoy en día es el sitio perfecto para saber cómo se vivía en esa parte de Alemania hasta los primeros años del siglo XX, por poner una fecha.

Varias granjas, algunas de finales del siglo XVI y principios del XVII, una herrería, un molino, un horno… forman parte de una aldea en parte falsa en parte autentiquísima y por completo deliciosa. Demostraciones varias y actividades con los más pequeños lo hacen también un lugar perfecto para las familias que, en no pocos casos, se asoman al mundo en el que nacieron sus abuelos o sus bisabuelos.

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El Museo al Aire Libre de la Selva Negra | C.Jordá

Naturaleza y vistas

Pero por supuesto, el viajero que se acerque a la Selva Negra lo hará para disfrutar de sus bosques inmensos, de un aire tan puro que sus ciudades eran el lugar ideal para recuperarse de las enfermedades respiratorias, de unas vistas que se tiñen de diferentes matices del verde hasta más allá de donde alcanza la vista.

Dos cosas, además de la belleza del paisaje que por momentos es abrumadora, me gustaron especialmente: la primera los senderos para todos los gustos y capacidades que cruzan por mil sitios diferentes la Selva Negra. Muchos de ellos, como los que salen de una pequeña estación de esquí cercana a Freudenstadt y llamada Kniebis, preparados para poder ser recorridos en bicicleta, con carrito de niños o incluso en silla de ruedas.

También los hay más tortuosos, estrechos y difíciles, para los más entrenados en la montaña, caminos metidos en el fondo de la sombra del bosque que a veces hasta cuesta reconocer bajo los árboles.

Unos y otros llevan a lo segundo que recuerdo como realmente especial y único de la Selva Negra: los miradores, torres o plataformas de madera grandes o pequeñas que permiten elevarse por encima del bosque para contemplar la casi infinita sucesión de montañas y colinas.

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Uno de los miradores de la Selva Negra | C.Jordá

En algunos lugares ni siquiera es necesario encaramarse a una construcción artificial, como en los viñedos de Bühlertal, allá donde la Selva Negra ya va perdiendo altura y se asoma al valle del Rin en un balcón de increíble belleza.

Y, por último, más agua

El agua tiene también su papel más allá de las cataratas: hay muchos lagos que el pese a no ser demasiado grandes suelen vestir el orgulloso título de ‘mares’ al menos en su nombre, como el Mummelsee, uno de los más conocidos.

Son, siempre, rincones con un encanto especial que los indígenas suelen disfrutar con la naturalidad del que conoce el lugar de toda la vida. Puede que el viajero no tenga esa cercanía, pero a cambio tendrá el placer que dan la novedad y la maravilla. Novedad y maravilla que serán los sentimientos habituales recorriendo esta zona, menos selva y menos negra y más bella de lo que cabría suponer, que nos pone al alcance de la mano disfrutar de tesoros a los que en la mayor parte de las ocasiones es mucho más difícil llegar.

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