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La Jerusalén antes de Jerusalén y otros lugares para sumergirse hasta las rodillas en la historia

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Secretos y maravllas arqueológicas de Jerusalén

Que en ninguna ciudad del mundo la historia está tan presente en la vida diaria como en Jerusalén es algo que cualquiera que visite por primera vez la capital de Israel podrá comprobar sólo con pasar unas horas por la ciudad vieja.

El peso de lo ocurrido hace siglos es enorme en como vive, viste, habla, reza y come la gente que nos rodea, los monumentos que contemplamos son parte de esa historia o tienen su sentido en ella y por todos los lados vemos sus señales en las paredes de piedra: las de la muralla y sus puertas, las del Muro de las Lamentaciones y las que sostienen la Explanada del Templo, incluso las piedras que pisamos en las calles y por las que sabemos que anduvieron hombres, profetas y dioses.

Lo que no es tan evidente, lo que no está tan a ojos vista es otro Jerusalén que aún nos lleva más atrás en el tiempo, mucho antes de la dominación otomana que le dio a la ciudad sus actuales murallas, de las Cruzadas, del vuelo de Mahoma desde la roca bajo la cúpula, antes incluso de que por la vía dolorosa avanzase penosamente llevando una cruz un hombre -o el mismo Dios hecho carne- cuyo nombre era Jesucristo.

Junto al Muro

Pero vayamos por partes porque hay mucho que contar: como les decía bajo su formidable patrimonio histórico Jerusalén tiene uno arqueológico que es menos conocido -y algo menos accesible- pero desde luego no menos impresionante.

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Parque arqueológico de Jerusalén | C.Jordá

Quizá el mejor punto para empezar nuestro recorrido sea junto al Muro de las Lamentaciones. Mientras toda la atención y todos los turistas y los indígenas suelen dirigirse a la gran pared de piedra tan cargada de significado, es posible también apartarse un poco hacia la llamada Puerta de la Basura -la pequeña entrada en la muralla que está cerca del Muro- y, sin llegar a traspasarla, girar a la derecha y entrar en el Parque Arqueológico de Jerusalén y Centro Davidson, construido en un edificio del siglo VIII y que es un pequeño museo en el que se nos explica cómo era la Jerusalén del Segundo Templo.

Monedas y otros objetos, vídeos explicativos con imágenes virtuales y maquetas van preparándonos para observar después in situ los muchísimos restos que aún perduran. Junto a la gran pared bajo la mezquita de Al Aqsa vemos buena parte de lo que eran las enormes escaleras que subían hasta el Templo, los pequeños mikvé -baños rituales para purificarse- que jalonaban el camino, columnas y pavimento de 2.000 años que aún podemos pisar…

Incluso es posible distinguir la pared de roca las enormes puertas, ahora cegadas, por las que se accedía a la parte superior de la enorme plataforma en la que hoy en día están la mezquita de Al Aqsa y la Cúpula de la Roca.

Estamos al sur de la Explanada del Templo, simplemente doblando la esquina de la gran plataforma de piedra y acercándonos a lo que hoy es el Muro de las Lamentaciones entramos en otro espacio mítico: en la pared se ve el arranque del Arco de Robinson, que culminaba otra grandiosa obra de Herodes: una gigantesca escalera que era otro de los accesos al templo.

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Los restos del Arco Robinson y la calle Herodiana | C.Jordá

Y bajo el muro

Imaginándonos como serían ese monumental arco y la impresionante escalera que culminaba descendemos hacia el nivel que la calle tendría hace exactamente dos milenios. Nos encontramos en la Calle Herodiana, rodeados por los enormes bloques de piedra que los soldados romanos lanzaron desde lo alto durante la destrucción del templo y que allí siguen tras casi 2.000 años. Estamos en la que era en tiempos de Jesús la calle más importante de Jerusalén, una larga arteria llena de vida y negocios que corría pegada junto a la gran estructura del Monte del Templo, pasando por debajo del Muro de las Lamentaciones y prolongándose hacia el norte aproximadamente medio kilómetro, siempre junto a la colosal estructura que sostiene la que hoy es Explanada de las Mezquitas.

Aunque todo esto permanezca ahora varios metros por debajo de las calles del Jerusalén actual, se puede visitar un enorme tramo de aquella vía gracias a otro espectacular lugar arqueológico: los Túneles del Muro Occidental.

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La prolongación bajo tierra del Muro de las Lamentaciones | C.Jordá

Se entra por una puerta justo junto a la entrada para hombres del Muro de las Lamentaciones y el recorrido permite conocer no sólo la base de la colosal estructura y algunas de sus curiosidades -como la mayor piedra usada en su construcción: una brutal mole de cientos de toneladas de peso-, sino también otros elementos históricos: las grandes arcadas construidas por los mamelucos para, literalmente, sostener sobre ellas toda la ciudad; un acueducto de la época asmonea -80 increíbles metros excavados en la roca-; o, ya prácticamente en la salida, el estanque del Gorrión -Struthion Pool- uno de los aljibes que daba agua a la Jerusalén del Segundo Templo.

La Jerusalén antes de Jerusalén

Los aljibes, los túneles y la importancia del agua son elementos comunes que encontraremos también en la Jerusalén que ya existía antes de la Jerusalén que hoy conocemos, lo que se llama la Ciudad de David, la que fue conquistada por el famoso rey bíblico.

No está, como quizá se podría pensar, bajo la Ciudad Vieja, sino más allá de las murallas, al pie, otra vez, del Monte del Templo. Las excavaciones han encontrado las enormes murallas, estructuras de grandes edificios que algunos arqueólogos identifican como el palacio del propio rey David, viviendas de lo que deberían ser los altos funcionarios de la corte…

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Restos del posible Palacio del Rey David | C.Jordá

Buena parte de la ciudad, de unos 3.000 años, ha vuelto a la superficie tras las excavaciones y se puede visitar bajo el radiante sol jerosolomitano, justo frente al Monte de los Olivos. Lo más interesante, no obstante, vuelve a estar bajo la superficie: el complejo sistema de aguas que ya habían construido los jebuseos -anteriores habitantes de la ciudad- y que según el relato bíblico fue precisamente lo que sirvió a David y los suyos para su conquista.

La visita es de nuevo espectacular: los arqueólogos han descubierto túneles, restos impresionantes de las antiguas murallas, gigantescos aljibes… Todo está preparado para ser recorrido con bastante comodidad y, en algunos puntos, incluso se torna una auténtica aventura, como en el llamado Túnel de Ezequías: otro acueducto excavado en la roca viva, en este caso de unos 500 metros de largo, que servía para llevar agua al Estanque de Siloé, otra vez la Biblia.

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El Túnel de Ezequías, cerca de su final. | C.Jordá

El túnel se puede recorrer sin mayor problema, pero por él todavía circula el agua fresca y cristalina del manantial, así que con pantalones cortos y chancletas de playa nos internamos en él, sumergidos en el agua y en la historia hasta las rodillas y también en una oscuridad absoluta que sólo rompe la linterna del móvil. Puede que contado así no se lo parezca, pero es una experiencia viajera alucinante, una de esas cosas que solo se pueden hacer en una ciudad increíble como Jerusalén, tan sorprendente que guarda en su interior varias jerusalenes más, todas igualmente apasionantes.

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