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Hervás: una judería y muchas sorpresas

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Un paseo por Hervás

Creo que hay pocas localidades en España del tamaño de Hervás -4.120 habitantes leo en la Wikipedia- y que sean tan conocidas como este pueblo cacereño, famoso por su judería y barrio medieval, pero que además ofrece al viajero otras sorpresas quizá menos conocidas y sobre todo más inesperadas.

Pero de ese otro Hervás hablaré un poco más adelante, porque lo que ustedes esperan es que les hable de su judería, que es como se ha dado en llamar a un precioso barrio medieval que tenía una significativa comunidad judía, sobre todo alrededor de la que aún hoy se llama calle Rabilero, un nombre extraño que quizá, no estamos seguros, viene de la palabra rabino.

Eran unas 45 familias según un historiador local, que tuvieron que vivir peripecias terribles a partir del año 1492, desde los que se quedaron para ser "marranos" durante siglos hasta los que se fueron, pasando por los que se fueron y acabaron volviendo, que de todo hubo.

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Plaza en el barrio medieval de Hervás | C.Jordá

Hoy su recuerdo impregna todo un casco antiguo de gusto más que medieval y que se conserva como una auténtica joya, desde la plaza de la parte alta que era el centro del pueblo, hasta el precioso Puente de la Fuente Chiquita que cruza el Ambroz y por el que llegaremos al mirador, ya en el exterior del casco urbano, en el que podemos disfrutar de una de las mejores vistas de Hervás.

Las calles de esta parte antigua se giran y se entrecruzan formando un pequeño laberinto. Son estrechas y se abren a minúsculas plazuelas que son poco más que en encuentro de dos de ellas. Las casas dejan ver su estructura de vigas de madera y muchas de ellas son de viejos ladrillos de adobe, tal y como debían ser ya hace cientos de años. Otras cubren de tejas alguna de sus paredes, en una peculiaridad de la arquitectura popular local bastante antigua al parecer, y que no he visto en ningún otro lugar.

Casas y calles cuidadas, limpias, con macetas y flores, es posible que con mejor aspecto ahora del que debían tener cuando por ellas paseaban judíos y cristianos, pero seguro que muy similares a lo que eran ya hace quinientos o trescientos años. Un conjunto, en suma, excepcional.

Pastas y más cosas

Hoy en día la única judía que se pasea por Hervás es Abigail Cohen, que prepara y vende deliciosas pastas sefardíes en su tienda. Hablo con ella y me explica que no busca en Hervás unas oscuras raíces sino que, simplemente, lo conoció y le gustó.

En su pequeña pastelería La Candela trabaja siguiendo las antiguas recetas que aprendió de su abuela y que ésta a su vez aprendió de la suya y así hacia atrás en el tiempo hasta un momento en el que quizás se hacían dulces muy parecidos allí, en el mismo Hervás.

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Las pastas de La Candela, un imprescindible de Hervás | C.Jordá

La Candela está en la parte alta de Hervás, muy cerca de otro de los puntos que les quiero recomendar: la iglesia y el antiguo convento de San Juan Bautista del siglo XVII. Hoy el hermoso convento es la Hospedería Valle del Ambroz, un lugar ideal para quedarse cuando visiten el pueblo y también un punto de paso muy recomendable para disfrutar de su excelente cocina a un precio realmente ajustado.

Un pueblo de museos

Aunque estoy seguro de que la judería les va a asombrar cuando la conozcan, pero casi todos hemos oído hablar de ella, así que lo que más les sorprenderá de Hervás serán los dos museos que tiene: uno más convencional pero de gran calidad; otro realmente insólito en muchos sentidos.

El primero es el dedicado a un artista local: Enrique Pérez Comendador, y también a su esposa, Magdalena Leroux. Él era escultor y ella fue pintora y tanto de uno como de otra hay obras de una calidad más que notable, quizá más espectaculares las esculturas por una cuestión de temática y formato.

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Núñez de Balboa descubriendo el Pacífico | C.Jordá

Además de eso, el Museo Pérez Comendador-Leroux les llamará la atención porque no sólo las obras de arte son buenas, sino que también lo es el espacio en el que se disfrutan: una espectacular casona de finales del XVIII y principios del XIX que está perfectamente adaptada a su función, sin ninguna concesión a lo que podríamos esperar de un centro de arte pequeño en una localidad tan pequeña.

El segundo museo es aún más llamativo, probablemente, tanto por su temática como por su extensísima colección e incluso por el espacio en el que se visita: un conjunto de pabellones de peculiar estilo arquitectónico a las afueras del pueblo.

Se trata del Museo de la Moto y el Coche Clásico, que cuenta con una colección excepcional de vehículos de dos y cuatro ruedas –y también de carros y carritos de bebé- que tuve la suerte de visitar prácticamente en solitario. Hay cientos de motos y también muchísimos coches de muchos tipos y épocas, algunos bellísimos automóviles americanos de los 40 y los 50, otros esos coches que los de cierta edad recordamos de nuestra infancia, como un ejemplar del inolvidable SEAT 1500.

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Motos clásicas | C.Jordá

Como colofón, el Museo ha construido un mirador sobre uno de los pabellones desde el que se tiene una de los mejores vistas del pueblo, su barrio medieval y los bosques que lo rodean. Si suben como hice yo al final de su visita seguro que piensan en cómo pueden caber tantas buenas sorpresas en un lugar tan pequeño. Pero así es Hervás y por eso vale tanto la pena.

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