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Friburgo o cómo ser una de las ciudades medievales más bonitas de Suiza sin convertirse en un museo

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Friburgo o la Suiza medieval

A la mayor parte de los viajeros en Friburgo les sorprenderá comprobar cómo por el Puente de Berna, que tiene casi 800 años nada más y nada menos, pasan aún no sólo los coches particulares que esperan su turno en silenciosa y ordenada fila, sino también los autobuses de la ciudad, que se diría que no van a caber por el estrecho y bajo pasillo de madera antigua.

A mí también me llamó la atención, por supuesto, pero unos días después le veo a la cosa no sé si una cierta lógica o un curioso simbolismo: Friburgo se niega a dejar de usar su puente medieval de madera porque, al fin y al cabo, ese trajín de vehículos es para lo que fue construido, igual que Friburgo no hace de su centro una zona completamente peatonal como esas tan de moda en toda Europa porque es una ciudad que quiere ser vivida, no sólo admirada por turistas.

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El Puente de Berna | C.Jordá

Tampoco crean que la pequeña capital de uno de los cantones más bonitos e interesantes de Suiza vive en un frenesí de tráfico y atascos: hay coches y algunos de ellos hacen que las fotos de ciertas calles hermosas y antiguas sean menos impactantes, pero el trajín es el justo para que nos demos cuenta de que en esos barrios viejos viven también los friburgueses y no estamos sólo en otra de esas ciudades-museo propicias para el turista, pero invivibles para el indígena.

De murallas y acantilados

Friburgo es bastante más pequeña y sólo tres décadas más moderna que su homónima alemana -cuidado con las confusiones, que pueden suponer un desvío de 300 kilómetros- fue creada en el siglo XII para convertirse en una ciudad amurallada y aún hoy conserva buena parte de unas murallas que, por cierto, se pueden recorrer en muchos tramos.

Algunas puertas son monumentales y hay lienzos de los antiguos muros colocados con una gracia que parece que se buscaba más el efecto estético que el defensivo, pero a muchos les llamarán aún más la atención las defensas naturales que el Saane construyó durante milenios: varios acantilados imponentes completan los muros construidos por manos humanas y en algunos puntos verlos reflejados en las aguas del río será uno de los espectáculos de los que disfrutará el viajero.

Además, este enorme cañón que el Saane ha abierto, así como la propia presencia del río, han acabado obligando a la ciudad a adquirir uno de los que hoy son sus rasgos principales, pues Friburgo es entre otras cosas una ciudad de puentes y los tiene de todos los estilos y todas las épocas: desde la estructura techada de madera del ya mencionado Puente de Berna hasta los enormes y modernos soportes del Puente de La Poya.

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El Puente de La Poya | C.Jordá

La Poya, por cierto no es un mote malsonante que le hayan atizado los friburgueses al puente, sino el verdadero nombre de una infraestructura con el que se quiere homenajear a una de las costumbres inveteradas de la zona: la subida de las vacas a los pastos en las montañas en primavera. De hecho, en un viaje por el cantón de Friburgo veremos este nombre tan sorprendente para los españoles en multitud de ocasiones: en el museo del Gruyere, en los chalés alpinos en los que se celebra el vacuno acontecimiento, en calles, escuelas, cuarteles…

Ciudad alta y ciudad baja

Una de las cosas curiosas de Friburgo es que la ciudad vieja está dividida en dos zonas: la parte alta donde están la catedral y la mayor parte de los edificios oficiales y la que llaman "ciudad baja", al borde del río.

Gracias a esta disposición aparentemente poco práctica Friburgo tiene unas vistas preciosas de cada parte de la ciudad desde la otra y, además, unas bonitas calles en cuesta o incluso con escaleras en los que encontramos alguno de sus rincones más bonitos.

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Un rincón de Friburgo | C.Jordá

Esta diferencia de alturas supuso también que se construyese un delicioso funicular que une en sólo unos plácidos minutos la parte alta y la baja. Con sus vagones de madera y su aire vintage hoy es sobre todo otro atractivo turístico más, pero en su día se construyó sobre todo para acarrear cuesta arriba los barriles de cerveza de la fábrica Cardinal, que por cierto aún se produce en Friburgo.

Un dato muy sorprendente es que funciona con un sistema que aprovecha aguas residuales, que se utilizan como lastre para impulsar el vagón en lo alto y que este movimiento permita subir al que está debajo. Los vagones, por cierto, son los originales de 1899 y después de una restauración hace poco lucen un color verde precioso que también era el original. Y antes de que alguien lo pregunte les diré que yo no olí nada raro.

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El funicular de Friburgo | C.Jordá

A todo esto únanle algunas cosas más: una interesante y en algunos casos peculiar oferta cultural, un panorama gastronómico capaz de ir mucho más allá del queso y el chocolate (pero que conste que el queso y el chocolate son deliciosos), una pequeña pero coqueta catedral… En fin, yo diría que no hace falta mucho más para animarse a viajar, ¿no creen?

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