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Dresde: la joya barroca que tuvo que esperar al final del comunismo para renacer

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Destruida en la II Guerra Mudial a Dresde le ha costado volver a ser la ciudad barroca y bella que fue, pero hoy luce como si no hubiese pasado nada.
Dresde, una joya junto al Elba

Muy a su pesar, Dresde es una ciudad cuyo nombre se asocia prácticamente de forma automática con la destrucción y los desastres de la guerra: los bombardeos que sufrió a finales de la Segunda Guerra Mundial han quedado como ejemplo y símbolo de lo que pasaron la población civil y el patrimonio alemanes durante aquel conflicto.

Sin embargo, nada o prácticamente nada de la Dresde actual recuerda aquel horror: sólo unos pocos detalles nos dan pistas de lo ocurrido y eso aún a observadores atentos. Tampoco debe sorprendernos: probablemente estamos hablando de un pasado demasiado traumático como para querer recordarlo permanentemente y, como en general ha hecho la mayor parte de Alemania, lo razonable es mirar adelante.

Y más aún cuando el presente de la ciudad es tan hermoso: Dresde no sólo tiene uno de los centros históricos más bonitos que he visto nunca sino que también tiene una de las vistas más espectaculares que se pueden encontrar en Alemania: del otro lado del Elba los edificios barrocos del centro histórico se reflejan en las tranquilas aguas de río y, con día soleado y un cielo azul como telón de fondo, el panorama es una auténtica maravilla con un aroma a pintura clásica realmente delicioso.

Una Dresde, pero dos orillas

El Elba divide a la ciudad en dos partes completamente diferenciadas: al sur la zona más antigua y barroca, con el palacio, la iglesias y la cúpula altanera de la Frauenkirche.

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La famosa Frauenkirche. | C.Jordá

Del otro lado, unos barrios menos espectaculares pero muy agradables, con una serie de calles de principios de siglo bastante bonitas y en las que encontramos galerías de arte, restaurantes y tiendas de artesanía de lujo como un zapatero al que se puede ver a través de la ventana haciendo zapatos de cuidada piel que parecen de un lujo exquisito.

La ciudad renacida

No obstante, creo que la mayor parte de los turistas debe quedarse al sur del majestuoso río y, aunque es una lástima no dedicarle algo de tiempo a otra zona, es un error comprensible: el conjunto de iglesias, palacios y monumentos que nos esperan allí es francamente espectacular y su llamada desde la orilla prácticamente irresistible.

Más aún cuando para atravesar el río se puede caminar por un puente tan imponente como el Augustusbrücke (el Puente de Augusto) que, eso sí, es menos antiguo de lo que parece: de principios del siglo XX aunque está cubierto por las piedras de la anterior pasarela barroca.

Una vez atravesado el puente se llega a una plaza espectacular: la catedral católica a un lado, el Palacio Real junto a ella, un poco más allá el bello edificio de la ópera y las galerías del Zwinger, un conjunto palaciego rabiosamente barroco que hoy es ocupado por una serie de museos.

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El Palacio Real y la catedral católica | C.Jordá

Érase una iglesia bajo una cúpula

Por las calles casi sin tráfico rodado entre estas maravillas se puede pasear tranquilamente y sólo unos metros más allá encontraremos el edificio más famoso de la ciudad: la Frauenkirche y su impresionante cúpula.

Se dice de ella que es el templo barroco más bello de Alemania y, desde luego, yo no voy a defender otra cosa: es excepcional tanto desde el exterior -por fuera luce una belleza más serena y majestuosa- como desde el interior: donde el gran tamaño de la cúpula y sus barroquísimos altares resultan apabullantes, excesivos.

Fue el último edificio del centro histórico restaurando y hubo que esperar a 2005 este para verla de nuevo alzándose orgullosa. Hasta finales del siglo pasado en su lugar se amontonaban los restos dejados por los bombardeos aliados. Hoy varias zonas de la iglesia conservan aún sus piedras originales rescatadas de aquellos escombros y que se han mantenido negras, tal y como las dejaron las bombas incendiarias.

También el Palacio Real se mantuvo durante décadas en el estado lamentable en que lo dejó la guerra y, de hecho, aún hoy hay labores de restauración en marcha, aunque el conjunto ya luce prácticamente completo para los visitantes.

Museos y cultura

Como prácticamente cualquier ciudad alemana que se precie Dresde es también un destino cultural: son su ópera, su orquesta sinfónica y también con museos muy interesantes.

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Una obra Caspar David Friedich. | C.Jordá

Pude conocer el Albertinum, una curiosa y muy interesante mezcolanza de arte en el que se puede encontrar esculturas de muy diversas épocas y pintura de los dos últimos siglos, con algunas obras de pintores tan importantes como Caspar David Friedich.

Un par de recuerdos de la RDA

Por último, los apasionados por la historia aún pueden encontrar en Dresde un par de recuerdos de lo que fue la RDA y que resultan, por distintas razones, bastante interesantes. El primero de ellos es el Kulturpalast: un centro cultural en plena zona histórica de la ciudad con un estilo arquitectónico muy de los años 60-70 y con un inconfundible toque comunista que se puede ver, sobre todo, en unos curiosos y enormes murales.

Lo cierto es que en su día debió ser la típica barrabasada estética comunista plantada en una zona en la que no pegaba ni con cola, pero el edificio en sí es hermoso al modo en el que lo eran esos palacios geométricos y racionalistas. Además, a día de hoy es uno de los pocos testimonios de su época.

El segundo es mucho menos valioso arquitectónicamente, pero seguro que gustará a los curiosos: una villa en las afueras de la ciudad en la que trabajó durante varios años un agente de la KGB llamado Vladimir Putin, en la que suelen verse grupos de turistas señalando al edificio que no tiene más interés que el que fuera su ilustre inquilino.

Afortunadamente, no es mucho más lo que queda en Dresde de esa época oscura de la que tanto le costó salir, pero que gracias a Dios ya ha quedado irremisiblemente atrás.

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