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Dos ciudades santas para Semana Santa: la Jerusalén en la que Cristo murió en la cruz

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Jerusalén, ciudad Santa

Me gustaría empezar este artículo alejándome del tópico de Jerusalén como ciudad espiritual, pero tras un buen rato de darle vueltas a la cosa tengo que rendirme: creo que no hay un lugar en el mundo en el que la Fe –sea la que sea- se convierta en algo tan palpable, tan respirable, en algo que para bien o para mal lo impregna casi todo.

El asunto va mucho más allá de las propias creencias: el peso de la tradición, de la historia y también de los sentimientos de los demás son tan grandes que es imposible abstraerse de esa ola espiritual que lo anega todo y que en una fechas como la Semana Santa debe ser –nunca he tenido la suerte de estar allí durante estos días- absolutamente impresionante.

Millones de personas de todo el mundo creen desde las distintas iglesias cristianas que Jesucristo era el Hijo de Dios; no menos –los musulmanes- lo tienen como uno de los últimos profetas; e incluso los que piensen que sólo fue un hombre tendrán que aceptar que fue el más importante de los últimos 2.000 años de historia, el que provocó un cambio más radical y duradero.

Seguir sus pasos por la Vía Dolorosa, el camino que transitó el propio Jesús hacia su crucifixión en el Gólgota, siempre es, por tanto, una experiencia llena de emoción, religiosa o histórica o de ambos tipos. La Vía atraviesa buena parte de la Ciudad Vieja de Jerusalén, un auténtico mundo en miniatura lleno de callejas estrechas de piedra en la que es fácil imaginarse el paso del Nazareno hace ya casi dos milenios.

La iglesia que son muchas iglesias

La Vía Dolorosa termina donde acabó el propio calvario de Cristo: en la Iglesia del Santo Sepulcro, probablemente el templo más extraño del mundo, pues no es la enorme, bellísima y riquísima iglesia que podríamos esperar, sino un lugar raro, con partes pobrísimas y otras algo más ricas, en la que asistir a misas de las de toda la vida, si me permiten la expresión, pero también a cultos que se nos harán extravagantes e incomprensibles.

En su interior, además de recónditas estancias como las de la Iglesia Copta, en las que desde luego parece que estamos en África, nos encontramos con los lugares santos por excelencia: el Gólgota, el lugar en la que se planto la Cruz ahora bajo un altar junto al que los fieles se arrodillan para tocar a través de un agujero la misma roca que tocó la sangre de Cristo.

También está la piedra en la que el cuerpo ya –o aún- sin vida de Jesús se tendió tras bajarle de la Cruz, y donde fue envuelto en los lienzos que sólo lo iban a cubrir unos días. Los fieles –sobre todo mujeres- también se arrodillan ahí y besan la fría piedra, emocionados, y frotan contra la pulida superficie telas y pañuelos que llevarán de vuelta a sus casas a miles de kilómetros.

Por último, el tercer gran hito del peregrinaje –y el mayor de todos- es el Santo Sepulcro propiamente dicho, bajo un templete restaurado recientemente y, creo yo, el lugar que permite una experiencia más personal y cercana, casi diría mística, ya que por su propio tamaño reducido estará acompañado sólo por un par o tres de peregrinos e incluso cabe la posibilidad –no en estos días de la Semana Santa, obviamente- de que tenga tiempo de estar sólo.

El Muro y la Explanada

Prácticamente no hay una manzana de la Ciudad Vieja que no tenga un lugar relacionado con la Pasión de Jesucristo o con algún otro episodio bíblico, la relación podría ser abrumadora: el Huerto de los Olivos y la Basílica de Getsemaní, el Cenáculo, la Iglesia de San Pedro en Gallicantu…

Pero a pesar de esa densidad y aún a riesgo de perdese algo les animaría a que se acerquen también a los lugares santos de la ciudad para otras religiones, a la Explanada del Templo o de las Mezquitas –aunque para los infieles sea difícil lograr visitarla e imposible entrar a ni a Al Aqsa ni a la Cúpula de la Roca-; y sobre todo al Muro de las Lamentaciones.

Al contrario de lo que ocurre con los cercanísimos lugares de culto musulmán, el Muro está abierto a todos, judíos o no, creyentes o no, y es posible incluso hacer fotografías del lugar y de la gente que lo ocupa. Les recomiendo visitarlo el viernes por la tarde y vivir allí –y digo vivir y no contemplar- la llegada del sabbat, en un ambiente tan festivo como fervoroso y desde luego único, muy especial.

La gente reza concentrada pero también baila y canta, más lejos o más cerca de los grandes sillares de lo que fue el antiguo templo salomónico, o incluso pegados a ellas porque hay una cierta relación espiritual con la viejas piedras que para algunos llega a ser física. Además, hay que reconocer que tras llegar allí hasta el menos creyente de los gentiles llega a sentir la necesidad de tocar esa pared que tanta historia ha contemplando y que tanto significa para tantos.

Más allá de la fe

Incluso hay una Jerusalén que va más allá de lo espiritual y que también hay que conocer, la de lugares tan interesantes como el Museo de Israel, con su mezcla de arquitectura moderna y antiquísimas piezas arqueológicas como los Manuscritos del Mar Muerto.

Una ciudad con lugares llenos de vida y de color como el estupendo mercado de Mahane Yehuda, el más popular de Jerusalén y quizá uno de lo lugares en los que mejor podemos acercarnos a esa mezcla de moderno y antiguo, religioso y laico que es la capital de Israel.

Y una ciudad con lugares tan imprescindibles y terribles como Yad Vashem, el museo sobre el Holocausto que es un doloroso pero fundamental recuerdo del que es, probablemente, el peor momento de la historia de la Humanidad. Será, cuando la hagan, una vista dolorosa, pero también uno de esos momentos que les cambian como persona, que les ayudan a ser un poco mejores.

Quizá sea esa, ahora que lo escribo, la gran virtud que tiene Jerusalén y que la hace una ciudad imprescindible a pesar de que es más destartalada que hermosa: su capacidad para tocar al viajero, que cuando vuelve ya no es exactamente el mismo que fue.

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