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Dordrecht, el lugar donde encontrar esa típica y bella Holanda que están buscando

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Drodrecht, Holanda pura

Lo más sorprendente de Dordrecht, al menos para unos ojos básicamente de secano como los míos y, supongo, los de la mayoría de ustedes, es encontrarse casi en cualquier rincón con el agua. No es sólo que la ciudad sea en realidad una isla entre los grandes ríos en los que el Rin, el Mosa y el Escalda se deshacen camino del mar, es que cada dos calles nos topamos con un canal y de cada tres plazas una es en realidad un pequeño –o no tan pequeño- puerto en el que se amontonan docenas de barcos, en ocasiones mucho más que botes de pesca.

Además, no crean ustedes que tanta agua y tanto barco son meramente decorativos o un asunto de fin de semana: los puentes levadizos se abren y se cierran continuamente ante los ojos pacientes de conductores y ciclistas; y el trasiego de buques y barcazas de carga es continuo en las abundantísimas aguas del Merwede, tal y como yo mismo lo contemplaba desde los amplios ventanales del excelente restaurante del Bellevue Groothooft, uno de los hoteles más interesantes de la ciudad.

El Hotel Bellevue Groothoofd

Además de eso Dordrecht tiene un centro histórico precioso y típicamente holandés, con sus casas que terminan en la tradicional forma escalonada y que en muchos casos se inclinan hacia la calle como si fuesen a caerse, pese a que llevan siglos en pie.

Muchos siglos en el caso de esta ciudad, que pese a que hoy es pequeña tiene un papel muy relevante en la historia de Holanda: aquí fue donde se proclamó la independencia del país frente a España y aquí fue también donde se adoptó como credo oficial del país una forma de Calvinismo, afortunadamente mucho más tolerante que la ginebrina. Dordrecht es, como vamos viendo, no sólo la ciudad más antigua del país, sino su encarnación más pura, si me permiten ustedes la expresión.

Desde el agua

Recorro Dordrecht como hay que hacerlo: en una pequeña y estilosa barca de madera cuidada y brillante que pasa justa bajo algunos puentes, obligándonos a agacharnos para no dejarnos la cabeza en las vigas que sostienen el tráfico o las calles. Mis guías, que son indígenas que conocen bien su ciudad, me llevan de canal en canal, de puerto en puerto y de río en río.

Mientras la barquita navega por las calmas aguas tengo la sensación, casi la certidumbre, de que Dordrecht y Holanda entera han sido hechas para disfrutarlas desde esta perspectiva baja, a ras de canal, donde la ciudad –las ciudades- adquieren un punto extra de encanto y, en ocasiones, de grandiosidad.

La Iglesia de Nuestra Señora, junto a un puerto

Es el caso de la peculiar Iglesia de Nuestra Señora, al lado del canal y de uno de los puertos de la ciudad, desde cuyas aguas la inconclusa pero aún así imponente torre –estaba destinada a superar con mucho los 100 metros, pero se quedó en sólo unos ya notables 75- se nos presenta formidable.

De hecho lo es, como la enorme iglesia, una de las más grandes del país, de un sobrio y luterano estilo gótico, casi sin adornos más allá del órgano, que es espectacular aunque muy posterior: de mediados del siglo XIX mientras que el edificio en el que podemos escucharlo se construyó entre el XIII y el XV.

Naturaleza pura a metros de la civilización

Hay varias visitas imprescindibles en las cercanías de Dordrecht: una es el Kinderdijk, un conjunto de molinos de viento del siglo XVIII del que les hablaré más extensamente otro día. Otra es De Biesbosch, un Parque Nacional ubicado a las afueras de la ciudad y que es uno de los mejores lugares para acercarse a una de las caras del ecosistema creado por los ríos que han convertido a toda Holanda en poco menos que un gran delta.

Un rincón de De Biesbosch

Numerosas especies de pájaros, castores y otros animales conviven en De Biesbosch con los muchos humanos –holandeses sobre todo, pero también muchos belgas y alemanes- que disfrutan de la naturaleza en el lugar, de las actividades recreativas que ofrece y, sobre todo, de una paz que resulta increíble a sólo unos minutos de una civilización que prácticamente desaparece –en el buen sentido- en el interior del parque.

De nuevo lo mejor es recorrerlo en barca y, de hecho, en el propio Parque Nacional se pueden alquilar unas de motor eléctrico y extremadamente silenciosas, tanto que hacen que nos deslicemos por los canales de una forma tan discreta que parece que ni tocamos el agua.

También se pueden hacer excursiones a pie entre las numerosas islas que forman parte del parque, en su mayor parte antiguas explotaciones de sauces cuyas ramas se usaban para muchas cosas en la Holanda de hace décadas: desde cestería hasta tejer unas grandes mallas sobre las que se construían los antiguos diques. Hoy, cuando los diques son de roca, cemento y en ocasiones hasta acero, la naturaleza ha recuperado lo que fue suyo y luce esplendorosa, verde de sauces y verde de agua, y casi tan cantarina como los muchos pájaros que nuestro discreto navegar nos permite escuchar.

Una metáfora quizá de lo que es buena parte de Dordrecht: sólo que aquí son el tiempo y el agua los que no han cedido lo que es suyo y mantienen a la ciudad como un delicioso viaje al pasado… que por supuesto hay que hacer en barco.

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