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De Rembrandt a Van Gogh: las cumbres del arte en Ámsterdam

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El Rijksmuseum y el Van Gogh Museum de Ámsterdam

Van Gogh frente a Rembrandt, con una inmensa plaza de por medio, eso sí, pero a sólo unos metros uno de otro. Ámsterdam es una ciudad atractiva como pocas, bella, tranquila, tremendamente placentera para pasearla a pie o en bicicleta, moderna, cosmopolita… y a todas esas virtudes une una oferta cultural impresionante.

Dos nombres son los grandes polos de esa oferta: Rembrandt y Van Gogh, dos de los más grandes pintores de la historia cuya obra se pueden disfrutar en la ciudad como en pocos lugares gracias a grandes museos separados sólo por unos cuantos metros y una gran plaza: el Rijksmuseum y el Van Gogh Museum.

De hecho, desde mediados de este mes de febrero y hasta mayo en el primero se exhibe una exposición temporal sobre Rembrandt que todos coinciden en calificar de excepcional y que se centra en los últimos años del genio, aquellos en los que su obra se vuelve –todavía- más personal y libre.

La maravilla del Rijks

No he tenido la oportunidad de visitar esa gran exposición y no sé si la tendré, pero sí pude conocer el Rijksmuseum el año pasado, en un viaje a Holanda que tenía en el gran museo uno de sus destinos fundamentales.

El Rijks no sólo tiene interés por lo que guarda: el edificio es también una singular maravilla con mucho del encanto de los museos antiguos, pero además puesto al día tras una impresionante rehabilitación que duró años, costó muchos millones y fue obra de arquitectos españoles.

Una obra de la que el Rijks ha emergido como un bellísimo museo que, además, es un marco excelente para las obras que guarda: realmente se han logrado salas espectaculares en las que contemplar los cuadros se convierte en una experiencia artística más allá de la mera presencia del lienzo.

La Galería de Honor o la sala de los tesoros

Esta experiencia es especialmente vívida en la impresionante Galería de Honor: cuando uno llega a Rijks sube al primer piso a través de una de esas escaleras monumentales y entra en una gigantesca sala de altísima y decorada bóveda. Al fondo, lejos pero muy visible, La Ronda de Noche de Rembrandt, uno de los cuadros más hermosos jamás pintado.

Pero mientras los vigilantes nocturnos de la vieja Ámsterdam nos reclaman desde el fondo las paredes a nuestro alrededor piden también a gritos que les prestemos atención: Frans Hals, Jan Steen, el propio Rembrandt y, sobre todo, un grupo de bellísimas obras de Vermeer de Delft.

El viajero establece entonces un juego curioso en el que se mezclan el disfrute de lo que ve, la consciencia de lo que verá y la sensación placentera de prolongar esa espera sabiendo que al final llegará un premio gordo. Así, mezclándose con el gentío el viajero contempla extasiado una impresionante colección de obras maestras y, muy especialmente, los Vermeer, los cuatro bellísimos y dos con esa magia y esa luz que sólo el genio de Delft era capaz de pintar.

Finalmente, llegamos a la Ronda de Noche, abrumada –y al mismo tiempo abrumadora- tras un gentío de gente que la contempla, o la mira casi de pasada o se hace un selfi. Entre la marabunta de los que van y vienen algunos, sólo algunos, contemplan el cuadro como se merece: tranquilamente, atendiendo a los detalles y poco a poco, hasta que uno está prácticamente dentro del lienzo, en la peligrosa –supongo- noche del Ámsterdam del S XVII junto a esa misteriosa niña de inmaculado blanco.

Más allá de los cuadros el Rijksmuseum es un museo que destaca por los muchísimos objetos que encierra: instrumentos, muebles, cañones… También hay referencias a organismos históricos como la VOC, la Compañía de las Indias Orientales que fue el gran esfuerzo comercial y colonial de la Holanda del S XVII, representada en una interesantísima sala.

Y después, Van Gogh

A unos cientos de metros de distancia y en la misma plaza está el Museo Van Gogh, en un edificio moderno y no demasiado llamativo. Junto a su entrada un par de jóvenes azafatas reparten unos grandes girasoles con los que se ha confeccionado un gran retrato del genio en la fachada del edificio con el que vamos poniéndonos en situación.

Se trata de un edificio muy distinto del Rijks: moderno, funcional y más discreto. La colección, espléndida -es la mayor acumulación de obras de Van Gogh del mundo-, se organiza en exposiciones que tratan no sólo de mostrar los cuadros sino que cuentan un relato. Cada cierto tiempo se cambia esta organización y actualmente se ha estrenado una nueva que está pensada para un año importante: se celebran los 125 de su muerte y hay actos y exposiciones previstos por toda Europa.

En la medida de que mi modesta opinión les pueda interesar, les diré que Van Gogh me parece uno de los más grandes pintores de la historia del arte, una auténtica fuerza de la naturaleza, nadie había pintado como él antes y nadie pintará como él después, y sus cuadros no sólo son de una belleza a veces casi insoportable, sino que son también una brutal demostración de personalidad, de sensibilidad.

Van Gogh no usa sus pinceles para mostrarnos el mundo, sino su visión muy particular del mundo, que es mucho más interesante, no sé si más hermosa, pero tan diferente, tan distinta, que hace que podamos mirar durante horas unos girasoles, un campo de trigo, unas ramas, el papel de la pared de una habitación pequeña o, simplemente, un fondo aparentemente liso en el que al acercarte descubres miles de pequeñas pinceladas todas y cada una de las cuales se antojan, paradójicamente, imprescindibles.

Y de un pintor así, por supuesto, sólo puede salir un museo maravilloso, apasionante, en el que uno podría pasar horas o días, un museo que se paladea con calma, pero con avidez, hasta quedar saciado de arte y de belleza.

Por cierto, vayan con cuidado porque si los visitan uno detrás del otro no es que se vayan a empachar, pero quizá sí podrían sufrir una especie de "síndrome de Ámsterdam" y quedar irremisiblemente enamorados de una ciudad que, con sus canales, su vida y sus museos, es un destino absolutamente inolvidable e imprescindible.

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