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Cuenca: un capricho imposible e imprescindible colgado entre dos barrancos

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Disfrutando de Cuenca

Decía no hace mucho en esRadio que hay ciudades que podrían colocarse en cualquier lado, y eso no cambiaría su esencia, mientras que en otras el espacio físico en el que se levantaron forma parte de su ser más profundo. De las primeras Madrid me parece un buen ejemplo: este poblachón manchego sería igualmente maravilloso unos kilómetros más allá o más acá; de las segundas tenemos también muy cerca una gran muestra: la deslumbrante Cuenca, un capricho colgado entre dos hoces, que no podría estar -ni sobre todo ser- en ningún otro lugar que no fuese su imposible risco entre barranco y barranco.

Cuenca es parte del cinturón de ciudades Patrimonio de la Humanidad que rodea Madrid, junto con Ávila, Segovia y Toledo. Es la más alejada de la capital, aunque sigue estando a lo que hoy en día es un tiro de piedra: unos 160 kilómetros que no son ni dos horitas de coche y menos de una en AVE tanto desde Madrid como desde Valencia. Ahí al lado, vamos.

Sin embargo es probable que ese poco más de distancia sea lo que nos permite, vamos a ser egoístas, disfrutar de una ciudad bellísima pero que rara vez está atestada de turistas. Tanto es así que a ratos y según las zonas incluso en fin de semana podemos pasear en silencio, disfrutando de la soledad de esas callejas que suben y bajan entre edificios históricos y que se asoman aquí y allá al paisaje vertiginoso de las hoces.

La hoz del Huécar

Toda visita a Cuenca debe cumplir, creo yo, con un rito inevitable: cruzar la hoz del Huécar a través del puente de San Pablo, una pasarela peatonal aparentemente frágil que nos lleva hasta el corazón del centro histórico desde las cercanías del espléndido Parador, que está al otro lado del barranco en un maravilloso convento del siglo XVI.

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Parte de la hoz del Huécar | C.Jordá

La travesía del puente nos ofrece una de las perspectivas más impresionantes de la ciudad: la hoz del Huécar se abre ante nosotros como un arco inmenso y sobre la roca imponente se levantan, en el mismo borde del precipicio o incluso más allá, los edificios del casco antiguo.

Entre ellos están por supuesto las Casas Colgadas, quizá el ejemplo de arquitectura popular más hermoso de España, que además es hoy un museo absolutamente maravilloso que aprovecha, como pocos que he visto, el espacio que ocupa. Pero de eso hablaré otro día, porque resulta que los museos de Cuenca merecen por sí mismos un viaje y un artículo, tributo que pagaré, se lo prometo, dentro de unas pocas semanas.

También se ve, volvamos al puente, la parte trasera de la catedral y otras casas que, en conjunto, forman una de las vistas más hermosas de nuestro país. Entre ellas, un poco más a la izquierda y casi fuera de nuestra perspectiva, están los llamados "rascacielos": un conjunto de edificios altísimos -12 y 13 pisos- sobre todo si tenemos en cuenta que fueron construidos nada más y nada menos que los siglos XV y XVI. De hecho, eran las viviendas más altas de España en su época y ahí siguen, resistiendo el frío conquense y el sol que las ilumina prácticamente de frente durante las mañanas.

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Los "rascacielos" de Cuenca | C.Jordá

Mirando desde la hoz, a los pies de los rascacielos está el barrio de San Martín, que es una delicia de escaleras y piedras viejas; por el otro dado dan a la preciosa y colorida calle de Alfonso VIII, por la que el tráfico rodado llega a la Plaza Mayor.

De la Plaza al Castillo

Para ello los coches -y los peatones- tienen que atravesar los arcos sobre los que se levanta el Ayuntamiento, que cierra un lado de una de las plazas más curiosas que conozco, con la Casa Consistorial en un extremo y la Catedral prácticamente en el otro, además de una preciosa colección de coloridas casas para terminar componer una forma casi triangular.

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La fachada de la catedral | C.Jordá

Por supuesto la Catedral es la gran estrella de la ciudad, no podía ser menos siendo una de las primeras góticas de España, cuya fachada tiene por cierto dos sorpresas que la mayoría de los que visiten la ciudad probablemente no saben de antemano: la primera que no es original, ya que hubo que reconstruirla tras el colapso de la torre a principios del siglo XX; la segunda que no está terminada, lo que yo creo que ha sido una jugada afortunada del destino: así como está me parece mucho más interesante que si se hubiese acabado como era el plan, en un neogótico que en los dibujos que vi me resultaba la mar de insulso.

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Una de las calles del casco antiguo | C.Jordá

Desde la plaza se sube a las alturas del Castillo y, aunque la mayor parte de la gente lo hace por la calle de San Pedro, por la que también suben y bajan los coches y los autobuses, es mucho mejor hacerlo por la las dos pequeñas vías peatonales que se encuentran a uno y otro lado, ya al borde de las hoces.

La travesía tiene que hacerse con calma, tomándose tiempo para subir y para bajar disfrutando de las vistas sobre una hoz en la subida y sobre la otra en la bajada, viendo la ciudad desde lo alto en el Mirador del Barrio del Castillo e incluso, no lo descarten, parando para comer en alguno de los restaurantes de la zona, como el excelente María Morena. Porque si todo esto que les he contado les parece poco, les tengo que decir también que en Cuenca se come muy pero que muy bien.

Vistas, iglesias, arquitectura popular de increíble belleza, buena gastronomía... no me dirán que no es un pecado dejar de ir, aunque esté ese poquito más lejos.

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