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Cork: quizá no sepas muy bien por qué, pero querrás quedarte

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Cork es la segunda ciudad más grande de Irlanda y un destino aún un tanto por descubrir que te atrapa en cuanto lo conoces.
Un paseo por los encantos de Cork

Desde lo alto del campanario de la Iglesia de Santa Ana se ve prácticamente todo Cork y se puede percibir su pasado -aún su presente en parte- de ciudad portuaria e industriosa. No es, desde allí, una de esas perlas de belleza perfecta, una de esas ciudades que parece de anticuario, pero los distintos barrios y como se van adaptando a los diferentes terrenos -allá siguiendo el perfil del río, acá subiendo por las colinas- dibujan un paisaje urbano que resulta muy interesante.

El campanario tiene un sistema de cuerdas un tanto rudimentario pero con el que se pueden tocar canciones muy conocidas con las campanas y es una de las atracciones turísticas más curiosas de Cork, una ciudad -la segunda más grande de Irlanda- que diría que hasta ahora no ha recibido mucha atención del turismo. De hecho, algún 'experto' me dijo una vez que "en Cork no hay nada" y tuve que ir hasta allí para comprobar que no, que en Cork hay muchas cosas… aunque quizá haya que mirar más de cerca.

Una isla en el Lee

Como tantas y tantas ciudades en todo el mundo -París y Nueva York, por poner sólo dos ejemplos- Cork nació en una isla, en este caso la que crea el río Lee al separarse en dos brazos entre los que está aún la parte más antigua y, en buena medida, más interesante.

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Una calle del centro de Cork. | C.Jordá

En este espacio no demasiado pequeño hay un grupo de calles que contienen una curiosa mezcolanza de estilos arquitectónicos en la que no pueden faltar algunas casas de estilo georgiano o victoriano e incluso unas pocas de influencia francesa en la serpenteante Saint Patrick street, que es la arteria principal de esta parte central de la ciudad.

No encontraremos demasiados grandes edificios ni obras arquitectónicas epatantes, pero sí muchos pequeños detalles que irán convirtiendo nuestro paseo en algo muy agradable: Cork es, seguramente, una ciudad de detalles.

Por ejemplo, las vistas de los dos brazos del río y de las casas coloridas junto al cauce, son uno de estos rasgos, con la belleza calmada de una ciudad que va pasando como las propias aguas del Lee: pausadamente y sin grandes sobresaltos.

La Cork más gourmet

Cerca de Saint Patrick Street está otra de las calles imprescindibles de Cork: la de Oliver Plunkett, que en cierto sentido es exactamente lo contrario a la anterior pues si aquella es ancha y curvada esta es estrecha y recta como un cirio.

Es completamente peatonal y está llena de tiendas, restaurantes, pubs y, por supuesto de nativos que pasean por ella a casi cualquier hora del día. Es uno de los lugares ideales para hacer compras, tomar un par de pintas de Guinness o escuchar música en directo, actividades estas que les harán sentirse uno más entre los indígenas y que, por supuesto, son obligatorias en todo viaje a Irlanda.

En la misma zona está el encantador English Market: un bonito mercado de barrio que, como muchos otros, ha derivado en un punto de encuentro para los gourmets de la ciudad y, por supuesto, los visitantes. Se pueden encontrar estupendas tiendas de prácticamente todo lo que se les ocurra: una pescadería que presume de que allí compró la mismísima Reina de Inglaterra, los que pasan por ser uno de los mejores ahumados de Gran Bretaña, carnes de lujo, salchichas preparadas al momento para ir comiéndoselas por la calle…

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Un plato del Farmgate Café | C.Jordá

Es también, por supuesto, un lugar en el que estar -casi diría que tanto como un sitio en el que comprar- y los corquianos quedan allí para tomar algo o incluso para comer en el Farmgate Café, un estupendo restaurante que cocina deliciosos platos tradicionales de la zona y, por supuesto, compra la mayor parte de los ingredientes a sus compañeros de mercado.

Encuentro con la historia

Hay tres lugares de Cork que pueden ser el eje de uno de esos Viajes a la Historia de los que les hablo con Luis del Pino y que son, además, imprescindibles para conocer bien la ciudad.

El primero de ellos es el Centro Nano Nagle que cuenta la curiosa historia de una mujer que en pleno siglo XVIII -y en mitad de una represión inglesa bastante feroz- se dedicó a fundar escuelas para niños pobres y llegó a tener siete de ellas, cuando hacer tal cosa estaba prohibido y acarreaba penas de prisión.

Hacia el final de su vida fundó una orden religiosa que pudiese prolongar su trabajo y construyó un edificio relativamente modesto en una zona pobre de Cork. Hoy, ese es el más antiguo del conjunto dedicado a su memoria, que se ha convertido en un bonito museo sobre su vida y sobre el Cork de tres siglos atrás. En sus deliciosos jardines reposan los restos de la propia Nano Nagle y de muchas de su compañeras de congregación, en un pequeño cementerio lleno de paz que les encantará conocer.

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El pequeño cementerio en el Centro Nano Nagle | C.Jordá

Catedral y universidad

El segundo punto de este paseo histórico es la espléndida catedral neogótica dedicada a San Finbar que encontramos a sólo unos minutos del Centro Nano Nagle. Se terminó a finales del siglo XIX y en la ciudad aún se recuerda y se cuenta cómo se supero unas siete veces el presupuesto inicial, pero lo cierto es que el resultado vale la pena: es un edificio de una elegancia inusual en su estilo falso y decimonónico.

Tanto la fachada como la alta nave interior son bellas y estilizadas y, además, se pueden encontrar algunos ejemplos interesantes de escultura y una rica decoración, tanto en pinturas como en las vidrieras. Si tienen la oportunidad acudan a alguno de los conciertos que se organizan, porque el órgano -reconstruido hace sólo unos años y ahora el más grande de toda Irlanda- es espléndido y la acústica del edifico simplemente apabullante.

Por último, también a sólo unos pasos está la Universidad, con un precioso campus en el que hay, de nuevo, una mezcla curiosa de edificios y estilos, desde el neogótico tan típico de las universidades británicas hasta la modernidad de cristal y cemento de la Galería Glucksman, considerado uno de los mejores edificios de Irlanda en lo que llevamos de siglo.

Cork, como ven, sí tiene cosas y muchas son muy interesantes, pero más allá de los edificios las vistas y los lugares de interés turístico hay algo en ella que hace que sus habitantes la adoren -¡hay que oír a los corquianos hablar de SU Cork!- y que no sé muy bien cómo, te acaba conquistando si la visitas: luego quizás no sepas explicarlo, no será fácil decir si es por sus calles tranquilas y tan agradables, por su gente maravillosa, sus pubs o sus cervezas. El caso es que una vez allí, una vez hayas vivido Cork aunque sólo sea unos días, querrás quedarte. Seguro.

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