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Clásicos y novedades por las que Nueva York es la ciudad de los gigantes que acarician el cielo

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Nueva York ha sido, es y parece que seguirá siendo mucho tiempo una de las ciudades del mundo más relacionada con los rascacielos.
Rascacielos de Nueva York

Desde 1890 hasta 1973 Nueva York fue la ciudad en la que estaba el edificio más alto del mundo. Superada después por Chicago y más tarde por las megalópolis asiáticas y por los grandes proyectos alimentados de petrodólares, aún hoy es una de las urbes que más rascacielos acumula -la primera según cómo hagamos la clasificación- y, aunque sea de forma informal, yo creo que ostenta otras dos marcas: para lo bueno y para lo malo es aquella en la que estos edificios gigantes han tenido un impacto histórico, cultural y social más notable; y, por último, es seguramente la que más partido les saca desde el punto de vista del turismo.

Además, la Gran Manzana está viviendo un auténtico revival de la edificación en altura: en los últimos años se han emprendido bastantes proyectos por encima de los 300 e incluso de los 400 metros, algunos allí donde estaban las malogradas Torres Gemelas, pero otros muchos en diversas áreas de la ciudad: al sur de Central Park, en los nuevos barrios al oeste de la isla, incluso en las calles intrincadas en el sur de Manhattan, por debajo de la 14 y cerca de Chinatown.

Una fiebre por los rascacielos que hace que el skyline de Nueva York siga cambiando, pero para seguir siendo lo que ha sido siempre: una deslumbrante acumulación de acero, cristal y cemento que se puede reconocer casi desde cualquier lugar, una de las imágenes de una ciudad más icónicas del mundo.

La novedad: Edge New York

Justo el próximo once de marzo -es decir, sólo unos días después de la publicación de este reportaje, aquí no damos puntada sin hilo- se abre al público la última gran atracción en altura de la Gran Manzana, Edge New York, una plataforma abierta a 335 metros de altura que se abre como un terraza un tanto imposible en uno de los edificios recién construidos en Hudson Yards, probablemente el barrio de moda.

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El Edge New York se abre este 11 de marzo | C.Jordá

Situado al oeste de Manhattan, muy cerca del río Hudson estoy seguro de que la perspectiva de isla que ofrecerá será maravillosa, y además anuncia otros atractivos que me llaman la atención: una parte con el suelo transparente que se abre sobre el abismo de cientos de metros a los pies del visitante y cristales inclinados en los bordes vista hacia abajo bastante únicas. Atención: si se dan prisa aún pueden conseguir entradas para el día siguiente a la inauguración.

El coloso: One World Trade Center

Hasta la llegada de Edge New York, la gran novedad turística de los últimos años había sido el One World Trade Center, el mayor de los grandes edificios destinados a sustituir -en la medida en que eso sea posible- a las Torres Gemelas.

Su altura es de 417 metros, justo lo que medía la Torre 1 de la pareja original, pero con la antena se eleva hasta los 541 que lo hacen el séptimo edificio más alto del mundo y el campeón en el hemisferio occidental. No está nada mal, desde luego, aunque arquitectónicamente lo cierto es que puede resultar un tanto anodino, cuando uno eleva la vista a sus pies es impresionante.

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La vista desde el One World Observatory. | C.Jordá

En sus últimas plantas se ha abierto el One World Observatory que forma parte de una visita cuyo show empieza ya en el ascensor y que tengo que confesarles que no me gustó demasiado: mucha paja para justificar una entrada muy cara. Tampoco me gustaron nada los cristales llamativamente llenos de reflejos, pero todo quedaba superado por unas vistas impresionantes, con todo Manhattan a nuestros pies y a una altura -unos 400 metros- que quita el hipo.

Las maravillas art déco: Chrysler y Rockefeller

Los más pequeños de este repaso son, sin embargo, dos hitos absolutamente imprescindibles y dos exponentes perfectos de la época en la que la propia palabra rascacielos empezó a cobrar sentido, especialmente allí, en Nueva York.

El Edificio Chrysler es para muchos el más bonito de la Gran Manzana, y probablemente yo estoy entre ellos: su maravillosa cúpula puntiaguda, que lo hace parecer el cohete espacial de una fantasía futurista de los años 20; sus gárgolas que son un homenaje a una entonces nueva era de motores e industria masiva; el equilibrio de sus formas ascendentes…

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La cúpula del Chrysler. | C.Jordá

Además, pese a que su increíble altura -319 metros- hoy puede parecernos modesta, también sabe de récords: al inaugurarse en 1930 era el edificio más alto del mundo, aunque sólo fuese durante los once meses anteriores a que se acabase el Empire, y nueve décadas después ostenta todavía el título entre los construidos con ladrillo. No hay un observatorio en la cima ni un tour por el interior, pero se puede y se debe visitar su maravilloso hall.

El Rockefeller Center, por su parte, no es un único edificio sino todo un complejo de 19 en el que encontramos algunas de las imágenes más icónicas de Nueva York. Construido en los años 30 es otro ejemplo bellísimo de art déco, espectacular en las entradas a cada edificio y en muchos otros detalles.

En el más alto de sus edificios se encuentra Top of the Rock, un mirador abierto a 260 metros de altura que ofrece unas vistas maravillosas de la ciudad, las más cercanas a Central Park y, por ahora, las más al norte de la isla.

Sigue siendo el rey: Empire State Building

Este viaje por las alturas que les propongo termina en el que creo que sigue siendo el gran icono y el rey de los rascacielos neoyorquinos, aunque su altura ya se haya visto superada: el Empire State Building.

Es también un ejemplo mítico de art déco, pero yo diría que es algo más discreto, más sobrio, lo que no le impide ser un edificio que además de muy alto es muy bello: no sólo en su más icónica y fotografiada parte superior, sino en toda su masa de volúmenes geométricos que van ascendiendo hacia la cima con una extraña mezcla de peso e ingravidez.

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La maravillosa vista desde el Empire | C.Jordá

En el piso 86 y a más de 300 metros de altura una plataforma al aire libre nos permite ver la ciudad desde un punto de vista que para mí es perfecto y, además, sin cristales de por medio. Es, sencillamente, un paraíso para los aficionados a la fotografía: uno se podría pasar todo el día allí arriba disfrutando de cómo la ciudad va cambiando con el movimiento del sol. Eso sí, como lo más probable es que no tengan todo un día que dedicarle les recomiendo que se acerquen por la tarde y disfruten así de Nueva York en todo su esplendor y en tres momentos muy distintos: con la luz del día, la del atardecer y la de la noche.

Cada vez que recuerdo lo que disfruté por todas estas alturas estoy más convencido de que en lugar de rascarlo edificios como el Empire State Building acarician el cielo y, casi casi, nos permiten a nosotros acariciarlo. O que él nos acaricie, quién sabe, tampoco es que importe mucho.

Por cierto, una última recomendación práctica: el New York City Pass incluye no sólo las entradas para el Empire y el Top of the Rock -y varios imprescindibles de la ciudad más-, sino que encima evitarán colas, por lo que vale bastante la pena.

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