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Chartres: con ustedes su majestad el gótico

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Un paseo por Chartres y por su Catedral

A poco más de una hora en coche de París, Chartres es una opción obvia para aquel que visite la capital francesa y quiera acercarse un poco a esa Francia de provincias que no sólo es absolutamente deliciosa, sino que es en cierto sentido más auténtica y más francesa que la propia metrópoli cosmopolita.

Por supuesto, tal y como la mayor parte de ustedes sabrán, lo que pone a Chartres en el mapa turístico –que expresión más fea, por cierto- es su maravillosa catedral de Notre Dame, uno de esos monumentos impactantes e inolvidables. Ya desde lejos, cuando te acercas a la ciudad a través de la llanura que la rodea la catedral se alza en lo alto de la pequeña colina a la que trepa todo Chartres, visible desde kilómetros de distancia y demostrando de forma inmejorable el poder que tenía aquella Iglesia capaz de hacer esas maravillas a aquellos que trabajado en el campo o andando por los caminos la podían ver, orgullosa y altiva, todos los días de su vida.

Ahora les hablaré de ella, pero antes hay que apuntar que más allá de la gran catedral lo cierto es que el casco antiguo de Chartres es el marco perfecto para el apabullante despliegue de belleza gótica.

Notre Dame es Nuestra Señora

Pero hay que empezar por lo primero, que es esa monumental iglesia que hace que Chartres no sea otra preciosa ciudad francesa de provincias sino una parada obligatoria para los amantes del arte, la arquitectura o la historia.

La fachada de la Catedral

No quiero llenar esto de datos a los que hoy en día se puede acceder con gran facilidad en Internet, aunque sí les tengo que comentar un par de detalles que creo que son importantes: el primero que la de Chartres es considerada la primera gran catedral gótica francesa, que fue luego el modelo para otras maravillas en el país galo.

El segundo que la gran mayoría del enorme edificio se construyó en sólo en 26 años, un plazo increíble -estamos hablando de las primeras décadas del siglo XIII- lo que además de para sorprendernos 800 años después sirvió para dotar a la catedral de una unidad estilística que es raro encontrar en edificios que se tardaba siglos en acabar.

Todo esto, no obstante, es secundario cuando uno se planta frente a alguna de las fachadas de Notre Dame, casi tan impresionantes las laterales como la principal y las tres diferentes. Y aún lo es más cuando entras en el enorme edificio, entonces sus dimensiones aun parecen agrandarse, nuestra mirada recorre la norme nave y se eleva hasta la altísima bóveda de un gótico primigenio, de una sencillez bellísima.

La nave central de la Catedral

Rápidamente las vidrieras captarán también nuestra atención, de hecho podríamos estar horas mirándolas: son un espectáculo antiguo y lento, que lleva ahí siendo lo mismo cientos de años y que al mismo tiempo cambia en cada nube. Unas vidrieras que han marcado cierto destino de la ciudad: que aún hoy es la capital del vitral, con un centro internacional en el que hay exposiciones y talleres de formación.

Pero no acaba la maravilla en los grandes ventanales: como no puede ser menos la Catedral es también un gran contenedor de arte, sobre todo de escultura: tanto las austeras y serenas de las fachadas, algunas anteriores a la propia iglesia, como el grupo sobre la vida de Jesús –posterior, ya renacentista- que se pueden ver y casi diría que leer en el coro.

Muy curioso es el famosísimo laberinto que se puede ver en el suelo de la nave central y que se ha convertido en un símbolo de la Catedral y de toda la ciudad, aunque también les confieso que no entiendo del todo el enorme entusiasmo que genera.

Paseando por Chartres

Saliendo de la catedral nos encontraremos, como les decía, por una ciudad pequeña, pero hermosa, que sube y baja entre el Eure y la Catedral y nos regala una deliciosa colección de calles estrechas y empedradas, en las que los conductores discuten agriamente por la preferencia puesto que dos coches no pueden cruzarse.

Uno de los puentes sobre el Eure

Es una ciudad de restaurantes pequeños en los que se come bien y a un precio razonable, de bares en los que se desayunan deliciosas barritas de pan con mantequilla y mermelada, de terrazas abarrotadas en las noches de verano, mientras un concierto llena de rock la plaza y los turistas esperan el bellísimo espectáculo de luz y sonido en la fachada de Notre Dame.

Un precioso mercado de legumbres (me dice un amable lector que es de verduras, como ven mi dominio del francés es nulo) de estructura de hierro es prácticamente lo único que nos saca del ambiente medieval de las casas con entramado de madera y las grandes mansiones de piedra, de esas calles que se diría que están hechas para no desentonar de la maravilla gótica que hace conocida a Chartres en todo el mundo, pero que no es lo único que esta ciudad concentrada a su alrededor ofrece al viajero.

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