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Carlos I o la excusa que no necesitamos para viajar a Flandes

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El Flandes de Carlos I

¿De verdad necesitamos alguna excusa para viajar a Flandes? Lo cierto es que no, que nos basta con tener ganas de conocer una zona llena de historia y de ciudades bellísimas y encantadoras, un rincón de Europa clave en varios momentos históricos del continente y, también es importante o puede serlo, a una distancia muy razonable y con todas las comodidades para que el viaje sea absolutamente confortable.

Pero si aún así ustedes buscan esa excusa innecesaria o un hilo conductor para dar un cierto sentido unitario al viaje, tengo uno excelente: buscar los rastros de la infancia y la juventud de uno de los reyes más importantes de España, que nació en esa tierra entonces lejana y que no llegó a la España sobre la que habría de reinar hasta tener 17 años: Carlos I.

Gante

Empezaremos nuestro recorrido en Gante, la ciudad natal del rey emperador. Es una localidad preciosa que sería muy famosa si no estuviese tan cerca de Brujas pero que, en cualquier caso, tiene alguno de los rincones más bonitos de Flandes y de toda Bélgica.

Por ejemplo el antiguo puerto en el Lys con viviendas de origen medieval a un lado del río y otras de los siglos XVIII y XIX, también preciosas, al otro: al principio del día el sol ilumina una de las orillas y por la tarde la otra: desde casi el mismo punto podemos sacar dos preciosas postales en un día, una por la mañana y otra al caer el sol.

Pero estábamos buscando a Carlos I: el rey-emperador nació en el llamado Prinsehof, el palacio de los príncipes del que hoy sólo queda una pequeña puerta difícil incluso de identificar. Un poco más allá una extraña estatua de una mujer vestida con harapos y con una soga a modo de inesperado collar, un recuerdo del último paso de Carlos por su ciudad natal que no fue precisamente un paseo: acudió a sofocar una rebelión y lo hizo por las bravas, humillando a las personas más importantes de Gante obligándoles a desfilar ante él en harapos y con la soga al cuello. Desde entonces a los naturales de la ciudad se les conoce como "los que portan la soba".

Lo que era el centro del palacio es hoy una pequeña y agradable plaza con una maqueta que recuerda que allí estaba el Prinsehof. En el centro una estatua es casi la única presencia real del Kaiser Carlos en una ciudad que no parece quererle mucho.

Lo cierto es que Carlos I pasó poco tiempo en Gante, pero sí fue bautizado en la hermosa catedral de San Bavón, que es otro de los puntos importantes de nuestro recorrido. Es un impresionante edificio gótico que guarda en su interior unas peculiares decoraciones barrocas y dos tesoros que nos interesan: la pila bautismal en la que se supone que fue bautizado el rey y La adoración del cordero místico de los Van Eyck, una de las grandes pinturas del siglo XV que, lamentablemente, está expuesto en una pequeña sala no muy bien iluminada y con un cristal que no nos deja disfrutar del todo de las tablas, que solo vemos a un par de metros como muy cerca..

Poco antes de partir para España Carlos I convocó a los Estados Generales de Flandes en Gante, donde se dirigió por primera vez a ellos como señor en una reunión que se celebró en el Ayuntamiento de la ciudad –otro hermoso edificio, aunque peculiar porque está construido en dos épocas diferentes y en dos estilos muy diferentes- en el que todavía podemos ver los grandes escudos del rey Carlos y de su padre y su madre en una espectacular sala.

Malinas

La siguiente parada de nuestro viaje es Malinas, la ciudad en la que Carlos I pasó la mayor parte de su juventud en Flandes. Allí fue enviado por su padre, Felipe el Hermoso, para que fuese criado por su tía Margarita de Austria.

Malinas, Mechelen en flamenco e inglés, es una ciudad que está un poco fuera de los circuitos turísticos, lo que es una pena porque es absolutamente deliciosa. Tiene varias cosas interesantes: un impresionante y grandísima Plaza del Mercado, en la que de hecho sigue celebrándose un mercado los sábados; un curiosísimo beaterio –un barrio en el que vivían mujeres que eran una especie de monjas no adscritas a ninguna orden concreta- que es patrimonio de la humanidad; varios edificios históricos muy hermosos como el Ayuntamiento…

Y también hay varias cosas que están directamente relacionadas con Carlos I, por ejemplo fue en la bellísima catedral de San Rumoldo donde en junio de 1507 y tras la muerte de su padre es proclamado señor de Flandes. Es un impresionante edificio gótico que, como ya vimos en Gante, tiene algunas decoraciones barrocas que no desvirtúan el estilo general. En parte de ella podemos disfrutar de unas cuantas obras de arte interesantes, pero lo más espectacular es la torre.

Ya de lejos se percibe que es un poco extraña, es alta pero muy robusta y parece cortada a medias y de hecho lo parece porque lo está: parece ser que el proyecto original era una de las torres más altas de Europa, con 167 metros, pero los típicos problemas presupuestarios la dejaron en unos 97 que tampoco están nada mal. No es el único carillón de la ciudad –hay mucha tradición- ni la única torre ni la única iglesia: hasta ocho podemos encontrar en el casco histórico.

Se puede subir aunque como es de suponer hay que hacerlo a pie y son más de 500 escalones, pero hay varias paradas para descansar con salas que se abren a distintas alturas. Si tiene mucha suerte igual se encuentra a alguien tocando el imponente carillón de campanas de la parte superior, que es todo un espectáculo.

Los otros dos sitios relacionados con Carlos V de la ciudad son el Palacio de Margarita de York y el de Margarita de Austria. El primero el verdadero palacio "oficial" y tristemente de él queda sólo un edificio; el segundo era un palacio privado que hoy en día es corte de justicia, es de suponer que el niño Carlos vivió entre uno y otro.

Bruselas

La tercera etapa de nuestro viaje es Bruselas, una ciudad de la que siempre digo que es mucho más interesante y más hermosa de lo que parece o de lo que la mayoría cree: la Grand Place, unos excelentes museos, una gran colección de edificios modernistas, el Atomium, algunas de las mejores cervecerías del mundo… ¡hay mucho que ver y disfrutar!

Pero centrándonos en el objeto de nuestro viaje, Bruselas fue la ciudad en la que Carlos V empieza a ejercer el poder, su primera capital. Es allí dónde en 1515 es reconocido mayor de edad y pasa a ocupar formalmente el poder que hasta entonces ejercía su tía Margarita.

Tal escena tiene lugar en la Gran Sala del Palacio de Coudenberg… que lamentablemente ardió completamente en el siglo XVIII. Sin embargo, aún hoy podemos visitar al menos los cimientos de aquel enorme complejo en un museo abierto en el subsuelo que es muy interesante.

Incluso se puede ver lo poquísimo que queda realmente de aquel palacio: unas baldosas ennegrecidas por el fuego de lo que fue esa Gran Sala y que, quién sabe, quizá fueron pisadas por el propio rey Carlos.

Por supuesto, el recuerdo del rey está en muchas más partes de la ciudad y lo podemos encontrar, por ejemplo, como estatua en dos edificios de la Grand Place: el Ayuntamiento y la llamada Casa del Rey, que lamentablemente no es la que él mismo mando construir sino una versión ya del S XIX.

Brujas

Terminaremos nuestro recorrido en Brujas, una de las ciudades más bonitas de Europa, una joya con sus rincones medievales, sus canales, sus plazas grandes y pequeñas, sus iglesias… Por cierto, pueden aprovechar para visitar la exposición Las brujas de Brueghel de la que les hablaba hace poco.

Sin embargo en Brujas el rastro de Carlos I es aún más difuso, pero sabemos que pasó por allí poco antes de embarcarse para España. Seguro que estuvo en el Burg, la plaza en la que se agrupaba el poder civil en la ciudad y en la que todavía está el bellísimo ayuntamiento gótico en el que encontramos, de nuevo, una estatua del propio Carlos I.

Junto a el ayuntamiento, un peculiar edificio, el Palacio de Justicia, guarda en su interior otro recuerdo del paso del rey-emperador por la villa: la Chimenea de Carlos V, que la ciudad le regaló y que es una impresionante estructura de mármol y alabastro que se realizó unos años después de este paso del rey emperador por la ciudad, en 1531, pero que nos da una idea de cómo, al menos en aquel momento, Carlos I fue un rey tan bienvenido como hoy es recordado.

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