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Canal du Midi: un maravilloso viaje a una Francia de otra época

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Por el Canal du Midi

Este 16 de noviembre se cumplirán 355 años desde que Pierre-Paul Riquet le presentase a Colbert –el poderoso ministro de finanzas de Luis XIV- el proyecto de un canal navegable que uniese Toulouse con el Mediterráneo y, a través del Garona, este mar con el Atlántico.

Tres siglos y medio después cuesta creer que no fuese tomado por loco e incluso directamente encerrado en la Bastilla por insolente y timador, pero ocurrió lo contrario: el proyecto aparentemente imposible tuvo buena acogida y acabó siendo, tan sólo 15 años después, el Canal Real del Languedoc, nombre que durante la Revolución Francesa se tuvo a bien cambiar por el Canal del Mediodía, Canal du Midi en francés, por razones que no creo que sea necesario explicar.

Riquet podría haber sido tomado por un loco, como digo, pero en realidad era un genio que no sólo creó una de las grandes rutas comerciales de los dos siglos siguientes, sino que sin saberlo ideó también uno de los destinos turísticos más hermosos que hoy en día pueden visitarse en Europa: un viaje a la historia, a una maravilla de la ingeniería y a la Francia más auténtica que podemos hacer en coche, en bicicleta y, por supuesto, en barco.

Partiendo de Toulouse

Junto a la parte más hermosa del centro histórico de Toulouse una gran desviación lleva las aguas del Garona hacia el noroeste: se le llama Canal de Brienne, pero podemos considerarlo el primer tramo del Canal del Mediodía, si bien este empieza oficialmente unos cientos de metros más allá.

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El Canal, a su paso por Toulouse | C.Jordá

Ya con su nombre, el Canal vira hacia el este -dirección que mantendrá durante sus 241 kilómetros de longitud- y atraviesa la ciudad para la que se ha convertido en una zona de esparcimiento por la que los tolosanos pasean y hacen ejercicio.

Algo similar a lo que ocurre en todo el trazado de un Canal que no sólo se ha integrado maravillosamente en el paisaje, sino que ve como sus riberas arboladas son un espacio para pasear a pie o en bicicleta, además de que, por supuesto, es una vía navegable idónea para el ocio.

El origen del agua

El gran problema que solucionó Riquet –amén de construir 63 esclusas que eran lo más avanzado del momento en ingeniería hidráulica y que siguen funcionando 340 años después- era encontrar agua para poder llenar el Canal.

Lo hizo en la Montaña Negra, una zona que puede y debe ser una de nuestras visitas conociendo el Canal. Varios embalses se llenan con el agua de los numerosos torrentes y riachuelos de la zona y desde allí, se la canaliza en dirección sur hasta Seuil de Naurouze, el punto más alto del canal en el que se desvía en los dos sentidos: hacía Toulouse y hacia el Mediterráneo.

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El embalse de Saint-Ferréol | C.Jordá

Uno de esos embalses es el de Saint-Ferréol, en los alrededores de la preciosa villa de Revel. La presa fue mejorada por Vauban todavía en el siglo XVII y visitándola hoy aún me parece una pared imponente, con sus 780 metros de longitud y 32 de altura.

Junto a ella un bonito Museo nos permite comprender mejor la magnitud y la audacia de la obra de Riquet hablándonos de cifras tan impactantes como los 12.000 obreros –otros dicen que 14.000 y todos aseguran que con condiciones laborales excelentes para la época- que llegó a usar en algunos momentos de la construcción del Canal.

Un paisaje excepcional

Mientras el agua le llega desde las cotas montañosos el propio Canal, ya fuera de Toulouse, se desliza plácidamente hacia el Mediterráneo por un paisaje sereno de campos de cereal, viñedos y pequeños bosques. Como un río tranquilo cuyo curso se rompe sólo aquí y allá por una esclusa o un pequeño puente va atravesando campos y pueblos, con sus orillas flanqueadas habitualmente por sendas filas de plátanos de sombra, otrora infinitas ahora no tanto por una enfermedad que está atacando a estos árboles. Aun así, allí donde los plátanos aguantan el espectáculo de sus hojas amarillas es sublime en otoño y una gozada el resto del año.

Si no es en barco les recomiendo ir siguiendo el Canal en coche por las pequeñas carreteras secundarias que lo rodean y que son en sí mismas una delicia de esas por las que, parafraseando el anuncio, te gusta mucho conducir. Tranquilas, no excesivamente viradas, con buenos pisos y habitualmente también con árboles a ambos lados que nos dan la sensación de avanzar por bellísimo un túnel natural de hojas y ramas.

Esas carreteras nos llevarán a ciudades maravillosas como Carcasona o Béziers –de las que les hablaré otro día por aquí, porque merecen un tiempo y un espacio que ahora no puedo darles- y nos llevan también a pequeños pueblos como Capestang, un delicioso rincón en mitad de la llanura con una iglesia imponente e inacabada que se ve desde el propio Canal.

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La Colegiata de Capestang, vista desde el propio Canal | C.Jordá

Capestang, como tantos otros pueblos, tiene un pequeño puerto en el que alquilar barcos con los que recorrer una parte del Canal que aquí es singular y también una genialidad de la ingeniería de Riquet: el mayor tramo sin esclusas, con más de 50 kilómetros al mismo nivel. Se pueden alquilar barcos en los que es posible vivir y viajar varios días navegando o, para los más modestos, también pueden alquilar por horas silenciosas barquitas eléctricas con las que pasar un buen rato disfrutando del Canal desde dentro.

Cuando navegas por él, sea cual sea el tamaño de la embarcación, te das cuenta de que hay algo en el Canal que inspira a la calma y que no es sólo, a pesar de estar evidentemente relacionado con ello, que la velocidad máxima permitida sea de ocho kilómetros hora. Más allá de la velocidad, que en este siglo XXI es como ir a cámara lenta, el entorno nos transmite una serenidad excepcional y el paisaje transcurre frente a nuestros ojos con una lentitud que nos hace percibirlo de otra forma, más entero, más completo, apurando todos los detalles.

Las esclusas

Esa tranquilidad de la que les hablo se rompe en cierta forma en las esclusas, sobre todo por el estruendo del agua ya sea al llenar o al vaciar el espacio con el que se logra superar las diferencias de altura del terreno. Son relativamente grandes, ovaladas –una mejora que fue todo un descubrimiento y, al parecer, una aportación del propio Riquet- y resultan un espectáculo tan monótono como fascinante: la embarcación entra en la esclusa, las puertas se cierran a su espalda, el agua entra o sale torrencialmente y, finalmente, el nivel se iguala al del tramo por el que seguirá la navegación, la puerta se abre y el barco sigue su camino.

Que se trate de ingeniería de hace 340 años tan sólo mejorada ligeramente durante estos tres siglos y medio –se han cambiado las puertas y se han puesto motores eléctricos para abrirlas y cerrarlas-, es para mí parte de esa fascinación, pero creo que es algo más allá: ver las maniobras de los ocupantes del barco, ver al encargado de la esclusa, un personaje digno de un relato de Simenon… Todo tiene un encanto especial, de algo fuera de nuestra época.

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Un barco en las esclusas de Fonserannes | C.Jordá

En las Esclusas de Fonserannes el asunto se convierte en un gran espectáculo: los barcos superan de tacada seis esclusas conectadas –antes eran siete- en una obra de ingeniería realmente insuperable. La maravilla que sentimos durante todo el Canal se convierte aquí en incredulidad: del cómo es posible que hicieran esto hace tres siglos y medio al es imposible que hicieran esto hace tres siglos y medio.

Están en Béziers y recientemente se ha arreglado todo el espacio a su alrededor, que hoy es un lugar precioso, ideal para no sólo contemplar la excepcional obra de ingeniería sino pasar un rato o disfrutar de un picnic con la familia. No dejen de seguir el complicado ascenso o descenso de una embarcación por las esclusas, si en cualquier otro punto del canal es fascinante allí se torna en una rítmica e hipnótica sucesión de obstáculos superados. Pensar que viene haciéndose prácticamente igual desde hace 340 años me hace sentirme regalado con un extraño privilegio: el de haber tenido ante mis ojos un impresionante pedazo de historia viva.

Un poco más adelante, también en Béziers, está otro de los puntos famosos del Canal: el Acueducto del Orb, un puente por el que paradójicamente las naves superan en cauce de un río. Con la ciudad y su imponente catedral de fondo, es sin duda uno de los puntos mágicos del recorrido.

Pointe des Onglous

Desde Béziers sólo unas decenas de kilómetros nos separan del final del Canal en Pointe des Onglous, donde sus aguas calmas desembocan en las no menos tranquilas del Étang de Thau, una laguna costera desde la que ya es posible salir a navegar por el Mediterráneo.

Otro pequeño puerto guarda la boca del Canal, las embarcaciones se reflejan en el agua tranquila y de vez en cuando un barco se aventura más allá del bonito faro que marca el último punto de la inmensa construcción de Riquet. Algunos viajeros pululan a pie por el lugar, en el que también hay pescadores. El silencio reinante llena de solemnidad un sitio que, de no saber toda la historia que lo acompaña, parecería simplemente el final de un río más, parecería sólo otro bonito punto de la costa.

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El final del Canal del Mediodía. | C.Jordá

Después de haber visto el inicio del Canal llegar a su final me transmite una sensación un tanto boba de misión cumplida, de viaje completo y redondo y, permítanme por una vez una digresión sentimentaloide, siento también que algo me une ya a ese Canal, a esa increíble obra de ingeniería y a su paisaje. Miro a mi alrededor, respiro el aire marino del Etang de Thau y sé ahora –durante el resto del viaje sólo lo intuía- que volveré a recorrer el Canal du Midí más veces durante lo que me quede de vida y que todas ellas serán un viaje absolutamente especial, único e irrepetible. Un viaje que ustedes también deberían hacer, al menos una vez en la vida.

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