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Calatrava la nueva: la España que va de las Cruzadas a Juego de Tronos

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La impresionante fortaleza de Calatrava la Nueva

Visitando Calatrava la Nueva hace unas semanas lo primero que pensé es que parecía uno de los espectaculares escenarios en los que se graba en ocasiones Juego de Tronos. Sé que a muchos de ustedes les parecerá que una serie de televisión es una cosa muy banal para hablar de una fortaleza que tiene unos ocho siglos, pero creo que a muchos otros que sí hayan seguido las aventuras de los personajes de George R.R. Martin y les da una idea de qué tipo de lugar estoy hablando.

De hecho, descubro a posteriori que no soy el único que ha pensado en este imponente castillo de Aldea del Rey, en Ciudad Real, como un escenario para Juego de Tronos: tanto es así que, aunque por ahora no se ha llegado a usar, lo cierto es que sí ha sido evaluado por los responsables de la serie y quién sabe si no lo veremos todavía en su octava -y última- temporada, vista la predilección que está mostrando el equipo de HBO por rodar en nuestro país.

Me parece importante contarles esto porque creo que me ayuda a que se hagan una idea de cómo de impresionante es esta fortaleza, para empezar por su ubicación en la cima de una montaña a casi mil metros de altura; para continuar por su propia grandiosidad: las distintas construcciones ocupan unos 46.000 metros cuadrados, que son unos siete campos de fútbol; y para terminar por algo que no es baladí, al menos para quién esto escribe: por la historia que se acumula entre tantas viejas piedras.

Tras las Navas de Tolosa

Les cuento algo de esta historia: tras la victoria de los cristianos en las Navas de Tolosa –que había sido considerada cruzada por el Papa Inocencio III- alguna de las órdenes militares que había participado en la contienda fueron recompensadas haciéndose cargo de los nuevos terrenos fronterizos más al sur.

Una de ellas fue la Orden de Calatrava, que era como el Temple o la de Santiago: una extraña mezcla de religión y milicia que resultaban una fuerza de élite en el campo de batalla.

Los calatravos se hicieron con lo que hasta entonces era el Castillo de Dueñas y entre 1213 y 1217 lo reforzaron y construyeron a su alrededor la mayor parte de lo que hoy todavía podemos encontrar en la Aldea del Rey, en la cumbre de esa alta colina a la que se llega por un camino empedrado, dicen que de tiempos de Felipe II y que cuando subimos con nuestro coche ya empieza a trasladarnos a otra época: una en la que aún no se conocían las delicias del asfalto.

En primera y segunda y con las suspensiones sufriendo pero sin mayores problemas se llega a una zona a los pies de la fortaleza habilitada como aparcamiento. A esa altura se encuentran los restos de un poblado de la edad de bronce que lleva a Calatrava la Nueva mucho más atrás en el tiempo, pero los visitantes del castillo deben seguir subiendo, ahora ya a pie.

Boquiabiertos

Para entrar a la fortaleza se pasa por una impresionante estancia abovedada que funcionaba más o menos como recepción del complejo y que será lo primero que nos sorprenderá del conjunto.

A partir de ahí, sin embargo, vamos a ir de sorpresa en sorpresa por una fortaleza que en muchos espacios tiene un grado de conservación excepcional y que incluye espacios que no es habitual encontrar en lugares así, sobre todo la gran iglesia gótica, con el gigantesco rosetón en la entrada y que es realmente espectacular, si tenemos en cuenta que está prácticamente encajada en la cima de una montaña.

La iglesia, la parte central del castillo naciendo de la roca viva y las impresionantes vistas que nos ofrece Calatrava la Nueva desde sus alturas serán recuerdos que nos llevaremos con nosotros tras la visita.

Una visita, por cierto, que pueden hacer con un guía que les hará un dibujo bastante interesante de cómo era la fortaleza y cómo era la vida de los calatravos en ella; o también pueden hacer en solitario, lo que resulta no sólo algo más tranquilo sino quizá también más inspirador.

Yo preferí hacerla a mi aire, asumiendo que perdía alguna explicaciones sobre el lugar pero ganando, creo, estar un poco más cerca del espíritu de Calatrava la Nueva. No les voy a decir que al asomarme a las almenas en lo más alto del castillo llegué a sentirme como un calatravo, pero sí que pueden creerme si les digo que por un momento agucé la vista con la preocupación –o la esperanza- de encontrar en el horizonte una nube de polvo levantada quién sabe si por una cuadrilla de moros o por una horda dothraki.

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