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Belchite: un viaje al horror de la Guerra Civil

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Belchite, un pueblo en guerra

Bastaron catorce días del calurosísimo verano de 1937 para reducir Belchite, entonces una próspera localidad de unos 5.000 habitantes, a un monumental amasijo de escombros y cadáveres.

Ocurrió entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre: el pueblo grande, o la pequeña ciudad, tuvo la mala suerte de quedar atrapado en una de las ofensivas republicanas más importante hasta la fecha: el ataque sobre Zaragoza.

Según algunas fuentes, la resistencia de Belchite, y sobre todo el empecinamiento de los republicanos en tomarla, fue uno de los factores para que la ofensiva principal fracasase; según otras, fue precisamente fracaso en la toma de Zaragoza lo que hizo al Ejército Popular tornar sus ojos sobre Belchite, como una operación propagandística que sirviese para camuflar el fiasco.

Fuese por la razón que fuese, lo cierto es que en Belchite la batalla tuvo una crueldad extrema: miles de atacantes y miles de defensores se batieron calle por calle y casa por casa en mitad de un calor infernal y con centenares de cadáveres pudriéndose en las calles. Al menos así es como lo cuentas la mayor parte de las crónicas.

Paisaje tras la batalla

Bien fuera porque el más que lamentable estado en el que quedó lo hacía aconsejable, bien como dijo la propaganda oficial para dejar constancia de la "barbarie roja", el caso es que Belchite no fue reconstruido tras la guerra, sino que se levantó de la nada un nuevo pueblo justo al lado de las ruinas que pasaron a llamarse Belchite viejo.

Así que hoy, más de 75 años después, podemos recorrer lo que quedó del pueblo como un espectral museo de los horrores de la guerra, más realista por cuanto que no es tal, sino el lugar donde todo ocurrió y la mejor muestra de lo que puede llegar a ser una batalla.

Llegué a Belchite después de haber pensado el viaje varias veces en las que, por una u otra razón, no había tenido la oportunidad de hacerlo. Es decir, que tenía muchas ganas de conocerlo y, por tanto, las expectativas muy altas. Y no me defraudó, todo lo contrario.

En primer lugar por la extensión, uno espera encontrarse dos o tres calles, o un pueblo mucho más pequeño, pero la extensión de Belchite es importante: lo que debía ser su calle principal tiene quizá un kilómetro de longitud, y a su alrededor las ruinas se extienden por una superficie notable, en la que podemos ver el esqueleto de lo que fue una población importante, por la que valía la pena morir y matar.

El tamaño de Belchite y su ubicación en el mapa hacían que en muchas partes del pueblo no se viese nada que no fuesen casas destrozadas, muros caídos y cascotes, muchos cascotes, jalonando nuestro camino aquí y allá, siendo el único testimonio de lo que fue una casa o saliendo por la puerta de madera de una vivienda, como si el edificio hubiese colapsado ayer y no hace 75 años.

Era un día frío de febrero, muy nublado, ventoso, desagradable y, sobre todo, entre semana, así que recorrí el pueblo prácticamente en soledad, con la única compañía de un amigo con el que viajaba.

Así que mi amigo y yo caminábamos entre las ruinas, haciendo fotos y sin hablar mucho, porque poco se podía decir y, sobre todo, porque nos sentíamos un tanto sobrecogidos, uno de los sentimientos que Belchite transmite al que lo conoce. Otros son la sorpresa, la pena y el malestar, un profundo malestar.

Y es que, al fin y al cabo, toda esa destrucción la causamos nosotros. No, no es que sea yo de los que tienen mala conciencia retrospectiva por cosas en las que no he tenido nada que ver –ni por la Guerra Civil, ni por la Conquista de América, ni por el hambre en el mundo, soy así de insensible- pero sí que es cierto que el hecho de saber que los que allí morían y mataban eran compatriotas hace que te enfrentes al lugar con otra perspectiva: es mucho más difícil mantenerse indiferente.

Leo que quizá ahora no puedan hacer la visita al buen tuntún, como la hicimos mi amigo y yo, seguro que aprenden más si cuentan con un buen guía, y entiendo las razones de seguridad que explican la medida, pero muchas veces pienso que lugares como Belchite son para conocerlos a solas, para enfrentarse a ellos, sin otro equipaje que tu propia capacidad de observación y, sobre todo, tu propia conciencia.

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