28 de Febrero de 2012 - 11:36:15 - Carmelo Jordá - 23 comentarios
Si el enoturismo es cada día una excusa mejor para viajar, Peñafiel, en plena Ribera del Duero, es un destino de primera para aprender y probar.
Quizá La Rioja es más conocida, sobre todo a nivel internacional, pero no creo sinceramente que sea un destino para el enoturismo mejor (tampoco peor, ojo) que la Ribera del Duero, como los caldos de un lugar tampoco son mejores que los de otro o, más exactamente, tanto en uno como en otro hay auténticas maravillas embotelladas y otras cosas... que no lo son tanto.
Pero sin entrar en polémicas (que luego se nos ponen los comentarios en más de un centenar por un quítame allá un Castilla), lo importante es decir que tanto una región como la otra son lugares estupendos para acercarse al mundo del vino, aprender y, sobre todo, disfrutar, que es de lo que se trata.
Y un lugar especialmente idóneo para ello es Peñafiel, en pleno corazón de una de las zonas más hermosas y con mayor tradición vitivinícola de la Ribera. Para los fans del vino el entorno es espectacular: algunas de las más famosas marcas de España están radicadas en esta localidad o en sus cercanías, y también algunas de las bodegas más interesantes para el visitante.
Protos: del siglo XV al XXI
Sin duda una de ellas es Protos, por varias razones o, casi cabría decir, por todas las razones posibles: presume de ser la más antigua de la Ribera del Duero (y lo es, al menos, la primera que embotelló su vino) y además tiene una de las bodegas más interesantes de la nueva ola de modernas y hermosas construcciones que han salpicado el panorama del vino en nuestro país en los últimos años.
Y esta mezcla de lo antiguo y lo nuevo hace la visita apasionante, porque nos lleva desde el S XV hasta el XXI casi sin darnos cuenta.
La antigua bodega Protos está instalada en la ladera de la colina que domina Peñafiel y sobre la que se encuentra su espectacular castillo. Una colina que, por cierto, debe ser todo un queso gruyere, ya que ha sido el espacio habitual de los lugareños para construir sus bodegas familiares, de las que debe haber docenas.
Uniendo algunas de estas viejas bodegas, en algún caso del S XV, se hizo la primera Protos. Y todavía madura el vino en estas viejas galerías, más bien estrechas, en las que las barricas se amontonan sólo a tres alturas porque no hay espacio para mucho más y porque, precisamente por la estrechez, todas las operaciones se tienen que hacer a mano. O mejor dicho a brazo, que no deben pesar poco los toneles llenos de buen vino.
La galerías subterráneas desembocan, casi de repente, en un espacio mucho más amplio de aséptico y rectilíneo cemento: hemos llegado a la Protos del siglo XXI, diseñada por uno de los mejores arquitectos del mundo, Richard Rogers, y que es sin duda una de las bodegas más peculiares e interesantes que se puede visitar en España.
El diseño de Rogers tiene, lógicamente, una parte importante por debajo del nivel del suelo, en la que domina un cemento claro y funcional, con elementos de cristal y metal en algunos espacios y detalles.
Está, sobre todo, pensado para ser útil y para probarlo basta entrar en la gigantesca sala subterránea en la que las barricas se apilan hasta seis o siete alturas y son manejadas por medios mecánicos. Pero incluso en esa funcionalidad hay una belleza tras la que se ve la mano de un gran arquitecto, el cemento desnudo puede parecer pobre, pero las líneas puras y las proporciones perfectas lo elevan a la categoría de la buena arquitectura: arte.
Y por si esto no fuese suficiente, luego, por encima del nivel de la calle, se eleva la gran arquería que se ha convertido en símbolo de la marca: una bellísima estructura de madera que nos recordará, aunque el parecido no es evidente, a la T4 de Barajas.
La estructura, bajo la que están todos los elementos de trabajo de la bodega perfectamente ordenados, también es funcional, y luminosa, y todo un ejercicio de estilo. Es, en resumen, un espléndido ejercicio de arquitectura.
Pinna Fidelis
Como les decía, si algo hay en Peñafiel y alrededores son bodegas y no tenemos espacio (ni tiempo ni fuerzas) para hablar de todas, así que les vamos a hacer sólo otra propuesta, para lo que hemos elegido una completamente diferente a Protos: Pinna Fidelis, que es una empresa joven, que hace unos vinos de gran calidad (eso puedo jurárselo).
Conocer Pinna Fidelis no será una experiencia arquitectónica como la de algunas de las grandes bodegas españolas (aunque, como pueden ver, su sede tiene también su interés), pero sí nos acercará a un aspecto completamente diferente y también necesario del mundo del vino: las empresas menos grandes pero que hacen un excelente trabajo y unos estupendos caldos.
Y también nos permitirá, probablemente, ver de más cerca el día a día del largo y hermoso proceso de elaboración de un buen vino, el trasiego de los caldos de los depósitos a las barricas y de ellas a los filtrados, ver a la gente trabajando, los toneles de distintos tipos...
Museo del vino
Además de las bodegas, nuestro paseo enológico por Peñafiel puede, y debe, pasar por el Museo del Vino, mitad por el propio museo, mitad porque está en el Castillo y subir hasta allí y ver las vistas es imprescindible.
Pero como de eso hablaremos otro día, hoy les contaré que el museo, bastante bien montado y cuidado, es el típico recorrido por la historia del vino y los secretos de su elaboración, como les digo con una exposición interesante, amena y con varias curiosidades que me llamaron la atención, especialmente el apartado de los documentos, mucho mejor surtido de lo habitual con libros, recetas y hasta cómics.
Terminen en los espacios sobre la cata y traten de adivinar los aromas (no se depriman, yo tampoco acierto ni una) y luego ya tendrán apetito para hincarle el diente a su majestad el lechazo.
15 de Febrero de 2012 - 18:33:41 - Carmelo Jordá - 4 comentarios
La provincia holandesa de Limburgo no es parte del circuito turístico más habitual, pero sí resulta un destino realmente estimulante por varias razones, entre ellas la posibilidad de volar hasta un aeropuerto cercano (Weezer-Dusseldorf) por algo menos de 50 euros ida y vuelta.
Además de eso, y una vez allí, nos encontramos con ciudades interesantes, parques naturales, lugares por los que la historia parece no haber pasado, ríos míticos y un paisaje muy distinto y que, al menos a un servidor, le parece bastante cautivador.
Pero una de las cosas que más sorprenderá al viajero español serán los castillos, muy distintos a nuestras recias fortalezas medievales y con más aspecto de palacio, que es lo que en el fondo eran aunque les llamen schloss en alemán o castle en inglés.
Palacios en los que vivían hasta hace muy poco condes, duques o príncipes, que además gustaban de tener unos cuidados jardines: enormes extensiones de terreno en las que cada rincón, casi cada palmo, estaba cuidado al máximo detalle.
Estaba y sigue estando, porque en el país de los tulipanes, una nación que enloquece por la jardinería, estos parques se han convertido, ya sin condes, duques o príncipes, en una atracción turística. De hecho, probablemente ahora tienen incluso mejor aspecto: fundaciones o consorcios los cuidan sin demasiados problemas presupuestarios (al menos no lo parece) lo que quizá no era la tónica en sus últimos tiempos de nobleza.
Castillo de Arcen
Conocí un buen ejemplo de esto en mi reciente visita a Limburgo: el Castillo de Arcen y sus fastuosos jardines, fruto de siglos de historia y de dos grandes restauraciones, una en el S XIX y otra hace poco, en 1988.
El resultado, lo que hoy en día podemos ver y pasear, es espectacular: un jardín que reúne en su interior media docena de tipos distintos de jardín, animales, construcciones, un invernadero con plantas tropicales... Según algunos son los mejores jardines de Holanda, a falta de conocerlos todos, dudo que los haya mucho mejores.
Soy consciente de que en España nuestra tradición de jardines es muy distinta y es difícil que pensemos en parque como este en, casi, un espectáculo; pero les aseguro que los del Castillo de Arcen pueden ser considerados, y disfrutados, como tal.
Un castillo de postal...
O digno de ser uno de esos puzzles de 2000 piezas que tanto entretienen, el bellísimo Castillo Dyck es uno de esos lugares de una hermosura tan perfecta que parece irreal: al llegar, con un sol precioso de mañana y un cielo de un intenso azul me daban ganas de pedir que quitasen el decorado.
Pero no había decorado, sino una deliciosa construcción del rococó, completamente rodeada de agua por un lago en el que el amarillo de sus paredes se reflejaba como en un espejo.
También tienen jardines, algunas zonas más delicadas con hermosas flores, otras en un estilo más inglés, con bellísimos y centenarios árboles...
Pero creo que será el propio castillo lo que más les cautivará: su lujosísimo interior es visitable y, aunque por desgracia no guardan todo el fantástico mobiliario que sus propietarios acumularon durante siglos, sí encontramos pinturas, techos con hermosos frescos e incluso paredes absolutamente fastuosas, como la de una habitación prácticamente cubierta por completo con un increíble tapiz de seda china.
Además, en este interior hay habitualmente exposiciones de arte moderno, que no es que tengan mucho que ver con el palacio y que serán, como suele ocurrir en estos casos, de calidad variable, pero que ofrecen un curioso contraste y, en suma, no creo que le resten interés sino más bien lo contrario.
Por otro lado, también la propia historia del castillo es excepcional y llamativa: ha pasado 900 años en manos de la misma familia, hasta 1999, cuando se constituyó una fundación para preservarlo.
A cuerpo de príncipe...
Algunos castillos del Rin quizá sean menos espectaculares, pero ofrecen otras posibilidades, más... sabrosas, para que nos entendamos. Era el caso de un pequeño castillo que se está reconstruyendo como un delicioso hotel y restaurante, el Daelenbroeck, un lugar más que recomendable para hacer parada y fonda.
Allí tomé una excelente comida, con un servicio de primera y platos realmente ricos y, por supuesto, en un entorno de esos que hace que todo sepa (aún) mejor.
Otra opción hermosa para dormir es el Wissen: un buen ejemplo de cómo alguno de los castillos de esta zona junto al Rin no sólo tienen un pasado impresionante a sus espaldas sino que todavía tienen mucho que dar al viajero.
9 de Febrero de 2012 - 17:36:32 - Carmelo Jordá - 10 comentarios
Por el lado bueno y por el lado malo, Avilés le debe al Centro Niemeyer una presencia inusitada en los medios de un año a esta parte. Presencia muy poco habitual para esta ciudad asturiana que era, frente a Oviedo y Gijón, un poco la hermana pobre de Asturias (desde el punto de vista viajero, por supuesto).
Pero Avilés ya estaba allí, de hecho lleva siglos esperándonos en ese rincón de Asturias, y con Niemeyer o sin Niemeyer (esperemos que con, ya que se ha hecho el gasto) es una ciudad encantadora por la que vale la pena pasar y en la que vale la pena estar.
Por supuesto, Avilés concentra la mayor parte de su encanto en un precioso casco viejo de piedra húmeda y soportales, lleno de casas señoriales, con algunas pequeñas iglesias, muchos bares y un sabor a mitad de camino entre lo montañés y lo marinero, bastante propio y original.
Soportales
Lo más característico del Avilés de toda la vida son sus calles con soportales, una verdadera necesidad dado el húmedo y caprichoso clima de la ciudad. Pero una necesidad que se ha cubierto con profusión, elegancia y, sobre todo, variedad: desde los señoriales del Ayuntamiento, amplios y altos, espaciosos; hasta los de alguna callejuela en los que casi no podemos pasar de pie.
En estos soportales se encuentran los vecinos, se ponen al día de los sucesos cotidianos y se apuran los chatos de vino o las cañas de cerveza, sobre todo desde que fumar es un problema en el interior de los muchísimos bares, también de todo tipo, que encontramos.
La calle Galiana es el mejor ejemplo de esto: levantada en el S XVII (es decir, no forma parte de la zona medieval de la ciudad intramuros) tiene casi 300 metros de soportales, en su tiempo pensados para que los artesanos trabajasen al aire libre, ahora llenos de bares, vinoteras y locales de lo más variopintos.
Hacia la edad media
Bajando por Galiana llegamos a la plaza del Ayuntamiento, que es un espléndido edificio con el que la ciudad empezó a salir del pequeño cerco de la antigua muralla. De hecho, el propio Ayuntamiento miraba extramuros, y a partir de él empezó a nacer la bonita plaza en la que hoy lo encontramos.
Si profundizamos en el casco viejo, hacia la ría, nos encontraremos con las calles más antiguas de Avilés, con rincones con un aire completamente medieval y algunos preciosos palacios, especialmente el del Marqués de Camposagrado, que es un edificio impresionante, de hecho, según algunos es el mejor ejemplo del barroco asturiano.
Muy cerquita está la Plaza del Carbayo, quizá el rincón con más encanto de este casco viejo, con la Iglesia Vieja de Sabugo, pues Sabugo era el barrio de los pescadores fuera de las murallas. Ya estamos muy cerquita de la ría.
Al otro lado está el S XXI, el Centro Niemeyer que de tan moderno que es no sabemos si tiene mucho futuro (esperemos que sí lo tenga con una gestión racional y solvente, es demasiado hermoso para que se pierda sin más), pero a esta parte de la ría Avilés ya lleva siglos esperándonos, ofreciéndonos mucho y recibiéndonos con esa hospitalidad tan especial de los asturianos.
Postdata gastronómica
Hemos hablado de bares y también hay que hablar de restaurantes, porque en Avilés, como en casi toda Asturias cabría decir, se come bien y se come mucho, que es algo que me gusta: las raciones generosas son, efectivamente, un rasgo de generosidad que hay que apreciar.
Se come bien y, como decimos, se come mucho, y además en casi cualquier lugar: en los bares los pinchos son buenos y las tapas deliciosas; en los restaurantes más modestos un menú del día sencillo es una experiencia más que satisfactoria...
Y si bueno es lo medio, mejor es lo mejor: excelentes son los restaurantes de un nivel algo más elevado, como La Posada, una plaza fuerte de la buena gastronomía que hace una cocina moderna pero reconocible, con productos de la tierra a los que se da un aire distinto, tanto en su preparación como en su presentación.
Recuerdo, aunque ya hace demasiado que pasé por allí, unas anchoas sublimes y un atún rojo salvaje con salsa teriyaki que puntúa muy alto en la lista de los mejores platos que he comido en toda mi vida.