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Almadén: cuando España esconde sus maravillas bajo tierra

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Bajando a la mina de Almadén

Por más que la conozco, por más que recorro sus provincias y sus pueblos, por más que a veces pueda pensar que ya lo he visto todo, lo cierto es que España no deja de maravillarme. Quizá sea porque, modestamente, presto un poco de atención allí donde mucha gente pasa sin fijarse, quizá porque cuando viajo tengo una cierta capacidad de asombro infantil.

O quizá sea que España es efectivamente increíble y que tenemos tantas cosas que enseñar que algunas se quedan ahí como un poco olvidadas, y casi nadie habla de ellas y cuando las conoces piensas que cómo no te habías enterado de eso antes, o cómo es que todavía no se te había ocurrido ir.

Almadén, y sobre todo sus minas, son uno de esos sitios sorprendentes, interesantísimos y por momentos espectaculares que resulta que sólo unos cuantos miles de personas visitan cada año. La cifra va creciendo, eso sí, pero me siguen pareciendo pocos para un lugar que es Patrimonio de la Humanidad y que ha tenido impacto, a su manera, en prácticamente todo el mundo durante milenios: se calcula que un tercio de todo el mercurio usado por en todo el planeta durante toda la historia ha salido de aquí.

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Vieja maquinaria en el exterior en la mina | C.Jordá

Bajando a la mina

Centrándonos un poco en la cuestión de la que se suponía que veníamos a hablar, me pasé por Almadén en unos días de lluvias casi torrenciales que tenían esta parte del sur de Ciudad Real rabiando de verde y de vida. Lo bueno de visitar una mina, pensé, es que no te importa que llueva.

Pero en Almadén no ves sólo la mina y eso puede que sea la primera sorpresa. Na más llegarte das cuenta de que aquello es muy grande: el Parque Minero te ofrece, por ejemplo, una preciosa arquitectura industrial muy interesante con ejemplos de primeros del siglo XX realmente bonitos -por ejemplo el Centro de Visitantes por el que se entra al complejo-, que la lluvia no me dejó disfrutar ni fotografiar a gusto.

Del Centro de Visitantes nos trasladamos bajo los paraguas a otro bonito edificio en el que está en Centro de Interpretación de la Minería, allí algunos paneles explicativos y muchos bártulos y herramientas de los usados en la mina nos empiezan a poner en ambiente y a preparar para el plato fuerte: el descenso a las entrañas de la tierra.

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Bajando a la mina | C.Jordá

Como si de las minas de Moira se tratase, en Almadén se excavó y se excavó y se excavó durante 2000 años, y se llegó a una insólita profundidad de más de 700 metros. Durante la visita, en cambio, ‘sólo’ se baja a unos 50 metros, profundidad suficiente para que el largo descenso en el ascensor metálico lleno de cascos blancos sea ya en sí mismo una experiencia.

Sorprendentemente, dentro de la mina el ambiente no está cargado ni hace calor: se respira con normalidad un aire fresco y sano incluso en las galerías más estrechas, que al fin y al cabo no lo son tanto.

2.000 años de historia

La mina de Almadén tiene ese atractivo que todos sentimos cuando estamos en un medio que nos es ajeno, en el que somos extraños y que por tanto es, se supone, hostil y peligroso. Y además tiene también el interés histórico de tener la oportunidad de conocer un lugar que ha sido explotado durante 2.000 años, de ver cómo cambiaron las formas, la tecnología e incluso las personas allí.

Para esto es imprescindible el concurso del excelente guía que nos acompaña en la visita, cuyo nombre no recuerdo -espero que me disculpe- pero que es un inmejorable cicerone: un hombre que fue minero allí mismo y que sigue amando y añorando aquella mina.

Nuestro guía nos habla de las terribles condiciones de trabajo de los forzados -los presos obligados a trabajar en la mina como una cruel condena que se aplicó hasta 1799-, y de cómo esas condiciones en las galerías fueron mejorando hasta ser en su época, hace sólo unos años, un trabajo duro, sí, pero extraordinariamente controlado desde el punto de vista de la seguridad y la sanidad.

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El Baritel de San Andrés y su malacate | C.Jordá

Tenemos la oportunidad de ver ejemplos de la maquinaria usada, algunos tan antiguos como espectaculares, especialmente en el Baritel de San Andrés, una gran cúpula de mampostería que tiene en su interior un impresionante malacate: una estructura de madera usada para aprovechar la fuerza de las mulas para sacar el mineral al exterior. Escavado en las entrañas de la tierra el lugar resulta sobrecogedor y nos da una idea de lo mucho que se ha trabajado allí, y eso que sólo vemos una pequeñísima parte del total.

En la superficie

La estancia bajo tierra termina subiendo a un tren que en los últimos años se usaba para sacar el mineral de la mina. El ruidoso trayecto de unos minutos nos lleva al exterior donde bajo un sorprendentemente brillante sol los viejos hornos e inmensas maquinarias de la mina lucen su óxido se diría que con orgullo. Grandes estructuras metálicas que en su abandono provocan cierta nostalgia y que resultan extraordinariamente fotogénicas bajo el cielo azul.

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Horno de Bustamante, ingeniería punta del siglo XVIII | C.Jordá

Aún queda más: el Horno de Bustamante, una curiosísima construcción del S XVIII que se usaba para obtener el mercurio puro a partir del material que salía de la mina; o un pequeño pero muy interesante Museo del Mercurio que es un cierre perfecto a la visita.

Alrededor de la mina o no, Almadén tiene más que ver: el Hospital de Mineros, la Cárcel de Forzados, la Plaza de Toros... Y tiene también mucho que comer: no dejen de pasar por alguno de sus buenos restaurantes -les puedo recomendar de primera mano La Taberna, buenísima la comida y majísima le gente- a catar alguna de las delicias de gastronomía local: las berenjenas, no tan conocidas como las de Almagro pero deliciosas; la alboronía, que es un pisto sureño se dice que de origen árabes; el guarrillo frito, tan sencillo como delicioso.

También en la mesa es Almadén una de esas sorpresas que nos da España: inesperadas y quizá por ello más sabrosas, aunque haya que buscarlas bajo tierra.

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