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Allí donde terminaba Roma y empezaban los bárbaros: el Limes romano en Alemania

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El Limes, la última frontera de Roma

Hace un par de milenios había una línea que separaba el mundo civilizado de la barbarie –aunque civilización y barbarie fuesen entonces términos relativos-, algo así como el Muro de Juego de Tronos o, si le preguntásemos a Trump, el muro que quiere terminar en la frontera con México.

Era el Limes, el último confín del Imperio Romano, la mayor frontera de la antigüedad y hoy en día un interesantísimo destino turístico que se puede recorrer en varios países, especialmente en dos lugares en los que ha sido reconocido como Patrimonio de la Humanidad: Gran Bretaña, donde está el Muro de Adriano que cruza la isla de Gran Bretaña de costa a costa, y Alemania.

Tuve la suerte de recorrer parte del Limes en la antigua Germania hace unos meses. Los propios romanos lo llamaban Limes Germanicus y, aunque no tuviese el brillo de los grandes teatros o los enormes acueductos, realmente debía de ser una infraestructura impresionante: 550 kilómetros con una empalizada alta hecha de grandes troncos de árboles, con torres vigía cada pocos cientos de metros, fuertes, castillos…

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Reconstrucción de una torre romana | C.Jordá

Sorprendentemente, aunque haya pasado casi 2.000 años aún hay zonas en las que es posible encontrar una huella, donde aún podemos ver los restos del Limes en el hermoso y tranquilo paisaje de algunas zonas de un país por el que han pasado tantas cosas y tanta destrucción.

La frontera iba desde el Rin en el noroeste, hasta el Danubio en el sureste y se puede seguir en una ruta perfectamente señalizada que parte de las cercanías de Coblenza, a orillas del Rin, y termina en Ratisbona, a orillas del Danubio, atravesando cuatro lander: Renania-Palatinado, Hesse, Baden-Wurtemberg y Baviera.

Aalen: el mayor fuerte del Limes

La ruta transcurre siempre cercana a la línea del Limes, normalmente por carreteras pequeñas y a través de paisajes preciosos en los que es un placer sumergirse y dejarse llevar de valle en valle y de ciudad en ciudad.

Yo tuve la suerte de poder seguir parte de esta ruta del Limes en Baden-Wurtemberg, justo en la zona en la que la frontera dibujaba una gran curva cambiando de una orientación de norte a sur a una que va de oeste a este. Allí, en una pequeña ciudad llamada Aalen está lo que queda de uno de los fuertes más grandes de toda la frontera. Se trataba del cuartel de una unidad de caballería con un millar de soldados y, por supuesto, sus caballos. Podemos recorrer el parque arqueológico que está en un lugar peculiar y que hoy tiene como únicos habitantes a unas ovejas que pastan apaciblemente por allí. Los restos que quedan son pequeños -no se ha reconstruido por encima de lo realmente romano conservado- pero nos dan una buena idea de la monumentalidad del conjunto, presidido por una estatua de Augusto que ya sólo impera sobre las ovejas.

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El fuerte romano de Aalen | C.Jordá

Junto al parque arqueológico encontramos un antiguo cementerio con enterramientos que llegan a remontarse a principios del S. XIX. Tranquilo, a la sombra de unos árboles altísimos y con varias tumbas bastante peculiares, es uno de esos lugares llenos de encanto que encuentras inesperadamente en tus viajes y que luego recuerdas de una forma especial.

El Museo del Limes también junto al complejo arqueológico, está aún cerrado por obras, pero una parte de su colección está expuesta en un edificio cercano en el que podemos ver algunas piezas preciosas -hay una máscara de militar maravillosa- y otras sorprendentes como un tronco que formaba parte de la empalizada romana. Además, tenemos la posibilidad de aprender mucho sobre cómo era el Limes y cómo era la vida allí.

Por ejemplo, que en la mayor parte se trataba de una enorme empalizada de grandes árboles -podemos hacernos una idea con el trozo que se ve en el museo-; que el Limes era en realidad una frontera abierta buena parte del tiempo: había puertas que funcionaban de una forma muy similar a cómo lo hace un puesto fronterizo hoy en día y relaciones entre los de uno y otro lado; o cómo eran las torres de observación que jalonaban la empalizada a intervalos diferentes, pero siempre manteniendo el contacto visual entre unas y otras.

Rainau: torres, puertas y Caracalla

Había nada más y nada menos que unas 900 de estas torres en los 550 kilómetros de frontera en Alemania y hoy en día se conservan muchos restos de ellas. Además, en algunos lugares podemos verlas reconstruidas, como en Rainau una localidad muy cercana a Aalen. Se organizan visitas concertadas con guías expertos, pero sólo ver la torre, justo en el borde de un bosque espeso, en mitad del precioso paisaje de suaves colinas es ya una experiencia evocadora.

También en Rainau hay otros restos romanos de los que se conserva poco más que los cimientos, pero que son muy interesantes, sobre todo porque están en sitios que parecen elegidos exprofeso para llenar de encanto nuestro viaje: por ejemplo, unas pequeñas termas al borde de un pequeño lago a las que llego por un puente de madera y de las que disfruto prácticamente sólo.

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Baños romanos en Rainau | C.Jordá

O el fuerte al que los baños daban servicio, en la cima de una colina, separados uno y otros por unos minutos de fantástico paseo entre campos cultivados que se abren a un paisaje delicioso, amplio y limpio, que visito en un día soleado en el que hasta unas nubes blancas parecen colocadas exprofeso para completar el encanto del conjunto. Con la tranquilidad de una soledad muy evocadora que me hace llegar a pensar que, de no ser por las bonitas y muy alemanas casas de Rainau en la distancia, lo que me rodea no debía ser muy diferente de lo que rodeaba a los soldados romanos que defendían el Limes.

También muy cerca está otro de los lugares curiosos de la ruta: la Limestor, un arco del triunfo construido al parecer para que desde allí partiese victorioso el emperador Caracalla. Se conserva sólo la base, pero a su alrededor se ha hecho una espectacular cubierta de cristal y se ha colocado una gran maqueta de tamaño natural, logrando recrear un sitio muy llamativo, de nuevo en mitad de un entorno bellísimo, y en el que disfruto de mi viaje al pasado, no sin un puntito de amargura al comprobar el partido que sacan los alemanes a sus restos arqueológicos… y el poco que en tantas ocasiones sacamos nosotros a los nuestros.

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