Artículos de viaje

Una Zamora inesperada... tan interesante como la esperada

14 de Enero de 2012 - 11:59:39 - Carmelo Jordá - 119 comentarios

A la mayoría de nosotros Zamora nos suena a dos cosas: a Semana Santa y a románico. Todo lo más solemos tener cierta noción de su catedral, por peculiar, y con muchísima suerte, recordaremos que está junto al Duero.

Pero pese a ser una ciudad pequeña, esta capital castellana ya un poco lejos de todo y que a veces parece más cerca de Portugal que de nosotros, resulta que guarda algunas sorpresas inesperadas, o no tan esperadas, sorpresas en cualquier caso más que agradables.

Sorpresas como un patrimonio modernista más que llamativo, de hecho la ciudad es parte de la ruta modernista de España, con casi una veintena de edificios catalogados además de otros que, sin serlo del todo, nos evocan inconfundiblemente este estilo.

O como esa plaza del Ayuntamiento que tiene dos ayuntamientos y una iglesia en la mitad, colocada de una forma que da la impresión de haber llegado allí mucho después que todo lo demás, cuando la verdad es que lleva en ese mismo suelo desde mucho antes.

O esa muralla que en algunos tramos es difícil distinguir de la roca viva sobre la que está la parte vieja de la ciudad, y en otros se nos confunde con las viejas iglesias románicas o la impresionante Catedral.

Las calles peatonales y comerciales quizá nos sorprendan menos, porque esos callejones llenos de tiendas no dejan de ser costumbre castellana y, si me apuran, española. El caso es que en ellas, entre los edificios modernistas, están ahora las tiendas de moda habituales, con su ropa para chicas jovencísimas y la música ruidosa que se oye desde el exterior. Un curioso contraste.

Junto al Duero

Pero si algo favorece a Zamora (además del románico, del que ya hablaremos otro día) es su ubicación de lujo junto al Duero, que parece pensada para que uno disfrute cámara en ristre: con la ciudad reflejándose en las tranquilas aguas del río, que parece pararse para poder ser un espejo perfecto.

Está Zamora en un alto, sobre una gran roca y acercándose al Duero y pegándose a él de forma que parece querer estirarse para seguir el curso del río.

Además, el viajero tendrá que adentrarse en los dominios del agua al menos en dos puntos: el primero en el espectacular puente románico, que todavía sirve para que personas y coches crucen de una orilla a otra.

El segundo son las Aceñas de Olivares, unos antiguos molinos harineros situados dentro del propio cauce del Duero que han sido restaurados y en los que se ha instalado un "centro de interpretación" francamente mejorable (también podría ser un Museo de la Cursilería y la Fatuidad) pero los edificios son realmente interesantes y las vistas sobre el río fantásticos.

No dejen de ir a las Aceñas pronto por la mañana, antes de que abran a eso de las 10, con un poco de suerte les recibirá un brumoso y bellísimo Duero, con el sol todavía bajo abriéndose paso entre la niebla: les aseguro que les parecerá mágico.

Algunas cosas más

Si todavía necesitan motivos para viajar a Zamora no se preocupen que les doy alguno más: para empezar la comida, es ciudad en la que la buena mesa es tradición y, cómo lo mejor de una buena tradición es mantenerla, hay varios restaurantes en los que disfrutarla.

Buenas carnes, platos contundentes de cuchara, pescados con tradición como el bacalao a la tranca (delicioso en el Asador Mariano) y también algunas mesas en las que disfrutar de platos un poco más sofisticados, como los boletus con foie y huevo que hicieron que casi se me saltaran las lágrimas en el restaurante Sancho 2.

Continuemos por una vida cultural más animada de lo que podía parecer, con la Fundación Rei Afonso Henriques como estandarte pero también, aunque no estemos en ese momento especial del año, con el Museo de la Semana Santa y su espectacular imaginería.

Y terminemos por un atardecer en el viejo castillo, cercano a la Catedral (por cierto, no se preocupen por su ausencia: de ella hablaremos otro día) y que nos ofrece una visita más que interesante, no sólo por su propios viejos muros de piedra; o por las vistas de la ciudad y la propia Catedral desde sus almenas; o por las llamativas esculturas de Baltasar Lobo que se esconden en sus rincones y sus jardines... También porque es el lugar ideal para, cuando cae el sol, ver a las cigüeñas volver a la ciudad en formaciones de combate como si fueran oleadas de bombarderos, un espectáculo tan llamativo como, afortunadamente, tranquilo: poco hay que temer a las bombas que los pacíficos pájaros pueden dejar caer.

Sevilla: una ciudad de la que enamorarse una y otra vez

12 de Diciembre de 2011 - 14:34:25 - Carmelo Jordá - 16 comentarios

Visité Sevilla de nuevo este mismo año, después de haberla conocido hace bastante tiempo. De hecho, había estado en varias ocasiones, lo que supongo que hace que todavía resulte un poco estúpido, o quizá no, que la ciudad me sorprendiese: había olvidado lo bella que es.

La cosa, cuya razón no sabría explicarles bien, tuvo su parte buena: me encanta la sensación que se tiene cuando se recorre una ciudad hermosa por primera vez, y en Sevilla volví a tenerla en esta última visita.

Dicho esto, tampoco tengo que preocuparme: la próxima vez que visite Sevilla, quién sabe si el próximo año, espero que pronto, estoy seguro de que disfrutaré de nuevo de la ciudad, bien sea como el redescubrimiento de esta última ocasión, bien llegando un poco más allá y conociendo más de lo que he conocido ahora.

De Santa Cruz a Triana

Sevilla se define por alguno de los barrios más conocidos y con más solera de Andalucía y, si me apuran, de España. El de Santa Cruz o el de Triana son dos de ellos, a cual más auténtico y hermoso.

El de Santa Cruz fue lo primero que recorrí en esta visita, y estoy convencido de que sus calles estrechas, sus plazas con el suelo de albero y sus paredes blancas tuvieron mucha parte de la culpa en esa impresión de la que les hablaba en las primeras líneas.

El barrio fue una de las principales juderías de España y ese carácter se percibe aún hoy en día, aunque el barrio tal y cómo lo conocemos es fruto de una reurbanización acometida en el S XIX tras varios siglos de casi abandono después de la expulsión de los judíos en 1483.

Triana, al otro lado del río y después del puente del mismo nombre es quizá menos bello (que me perdonen los trianeros) pero su sabor es igualmente auténtico, y no sólo en un sentido figurado sino también en el más real: de ello se encargan los muchos bares que jalonan la calle San Jacinto o las algo más lujosas terrazas a orillas del río.

Tapear en Triana es, como en el fondo lo es en toda Sevilla, más un rito que una cuestión de alimentación, es un paso irrenunciable y, si no lo han hecho, no pueden decir que han estado en la capital andaluza.

El centro más histórico

En centro de Sevilla tiene una densidad de monumentos y belleza difícil de encontrar: en sólo unos metros encontramos la Catedral, la Giralda (que es parte de la primera pero tiene, por así decirlo, vida propia), el Archivo General de Indias y los Reales Alcázares, todo un "tour de force" para el turista y un conjunto que es Patrimonio de la Humanidad.

No hay que perderse nada, estamos ante la catedral gótica más grande del mundo, o ante una torre en la que se mezclan como en pocos sitios la arquitectura musulmana y la cristiana.

Pero si se vieran en la terrible tesitura de tener que elegir, mi recomendación sería visitar los Reales Alcázares, no porque sean más hermosos que lo demás, sino más bien por el placer que puede suponer recorrer los bellos palacios (especialmente las estancias de la época musulmana) y sobre todo pasear por los maravillosos jardines en los que todavía es posible encontrar, entre el gentío de turistas, rincones en los que disfrutar de la tranquilidad y la soledad... y rodeado de lugares con tanta historia.

Tradición y modernidad mano a mano

Para casi todos los turistas que hayan conocido Sevilla la ciudad se define por este riquísimo patrimonio artístico y por lo bien que preserva espacios y barrios enteros que parecen llegados de otra época, incluso parte de su vida social está en cierto sentido fuera de nuestros días y tiene un carácter propio y original.

Pero esa Sevilla más tradicional convive con una ciudad que como no podría ser de otra forma vive en el siglo XXI. Así, con menos de una hora de diferencia uno puede asistir en una calle de Triana a cómo unos niños juegan a la Semana Santa y ver después como centenares de motos atraviesan la calzada en una concentración de moteros con aparatos de gran cilindrada.

Cuando en lugar de ser espontánea esa mezcla de tradicional y moderno el resultado suele ser más discutible, como en las llamadas "setas de la Encarnación", un macroproyecto del anterior alcalde que ha sido, sobre todo, objeto de polémica en la ciudad, además de un gran sumidero de dinero público.

El resultado final es una gigantesca estructura metálica colocada con calzador dentro de una plaza con la que no tiene nada que ver. Para que no nos quedemos con lo negativo destacamos un par de aspectos que hay que aprovechar y valen la pena (que no el dinero que han costado): las vistas desde el mirador en el techo; y el estupendo museo abierto en el subsuelo para mostrar los riquísimos restos romanos encontrados allí.

Así, hasta en lo más moderno está (y destaca) lo antiguo: es probablemente el signo, y el sino, de Sevilla, esa ciudad de la que se van a enamorar en cada viaje.

Bellagio, la más bella del Lago Como

30 de Noviembre de 2011 - 09:57:50 - Carmelo Jordá - 16 comentarios

Hay muchos lugares hermosos en el mundo, pero en la mayoría de ellos uno, pese a la belleza que le rodea, no siente el impulso de quedarse, no te hacen sentir en casa o, al menos, en un sitio que podría ser tu casa. El Sahara, por ejemplo, tiene paisajes abrumadores y maravillosos, pero es un lugar del que la mayoría preferimos volver.

Sin embargo, el Lago Como es uno de esos sitios en los que, además de ser bellísimo, costaría muy poco convencerte de que te quedaras, es decir, que es agradable, aplacible, hay calidad de vida e incluso se come y se bebe muy bien...

En definitiva, uno se plantearía con toda naturalidad tirar el billete de vuelta a la papelera y buscar una casita, preferiblemente en la misma orilla, para pasar por allí unos años o, quizá, el resto de las acomodadas y muelles existencias que, como millonarios, llevaríamos allí... al menos en nuestros sueños.

Un pueblo en la orilla

El Lago Como tiene junto a sus aguas una colección de pequeños pueblos realmente deliciosos de italianísimos nombres y aspecto igualmente transalpino: Menaggio; Tremezzo; Laglio, famoso ahora porque es donde George Clooney tiene sus villas; Cernobbio, donde está el famoso hotel Villa d’Este; Torno, con su historia un tanto problemática con los españoles...

Probablemente, el más famoso de todos es Bellagio, que también es de los más bonitos y tiene además una ubicación excepcional: justo en el punto en el que se unen los dos brazos inferiores del lago (que tiene una curiosa forma de Y invertida), lo que ofrece unas vistas fantásticas sobre un buen tamo de la gran extensión de agua, especialmente su ramal norte.

A Bellaggio se puede llegar por carretera, pero lo suyo es hacerlo en barco, en uno de los no demasiado caros y bastante abundantes barquitos de línea que cruzan a todas horas de una orilla a otra y admirando al llegar como el pueblo se mantiene, como en complejo equilibrio, entre la orilla y la empinada ladera en la que está ubicado.

Ya desde el barco nos daremos cuenta de que estamos llegando a un lugar excepcional: la fachada de viviendas con paredes pintadas en una cálida gama de tonos pastel, las calles escalonadas que llevan al pueblo colina arriba.

Hasta la llegada al puerto tiene algo del encanto con el que los italianos saben escenificar muchos detalles de la vida cotidiana: empleados en el barco y en tierra intercambian gritos, chistes y risas y la ceremonia de amarre parece escenificada para los turistas.

Una vez puesto el pie en tierra pasearemos por las calles, tomaremos un café (italiano y excelente, por supuesto), pasearemos arriba y abajo, contemplaremos las maravillosas vistas, nos acercaremos a los lujosos escaparates, algunos de tiendas que llevan décadas sin cambiar su decoración pero que ofrecen moda de alta gama y zapatos de a 300 euros el par...

Un par de villas...

No es Bellagio, que al cabo es un pueblecito, lugar de grandes monumentos, más bien se trata de respirar el ambiente, con ese toque de elegancia años 20, y de disfrutar de la sencilla belleza que encontramos en cada calle, en casa esquina, en cada vista sobre el lago.

Si hay, sin embargo, un lugar más o menos monumental que visitar: la bellísima Villa Melzi, un ejemplo paradigmático de la muchas casas de lujo que se construyeron en las orillas del Lago Como en los siglos XVIII y XIX y que hoy en día son refugio de millonarios de todo el mundo y, en algunos casos como en la Melzi, lugar para disfrute del turista.

No se puede visitar el interior de la Villa, pero sí es posible recorrer los hermosos y grandes jardines de estilo inglés, con una variedad más que sorprendente de árboles e incluso algunas estatuas egipcias fruto de la pasión coleccionista de uno de sus propietarios históricos.

Al otro lado del pueblo y también junto al lago está el Grand Hotel Villa Serbelloni, un cinco de estrellas de auténtico lujo que merece la pena ver: si no podemos alojarnos, que será lo más probable dado los precios por encima de los 400 euros la noche, por lo menos hay entrar y conocerlo, aunque sea sólo tomándose un café en su terraza al borde del agua.

Nuestro viaje a Bellagio puede durar sólo un día: llegamos en un barco razonablemente mañanero y, esto es importante, nos vamos al caer la tarde, cuando el sol ya se haya puesto por detrás de las montañosas orillas del lago, al sur, por la parte de Como, tiñendo las quietas aguas de un dorado brillante, hermoso, casi tan bello como esa perla al borde del agua cuyo nombre, Bellagio, nos suena a Las Vegas, aunque el original esté aquí, esperándonos desde hace siglos.

Gerona: medieval, judía, bella

18 de Noviembre de 2011 - 13:10:47 - Carmelo Jordá - 16 comentarios

Pocas ciudades de España pueden presumir de tener una carta de presentación como la de Gerona: esa estampa de las casas sobre el río Oñar, con los campanarios de la Catedral y San Félix elevándose tras las fachadas abigarradas es, sin duda, uno de los rincones más atractivos de Cataluña, preferiblemente a media tarde cuando el sol casi poniente cubre las casas con una luz cálida, dorada y casi diría que mullida.

Y lo mejor es que la maravilla no se acaba ahí sino que, más bien al contrario, ese es el telón de entrada: cruzando los estrechos puentes, y atravesando por pequeños túneles esta especia de muralla de viviendas entramos en un casco viejo realmente espectacular.

Tiene esta ciudad vieja dos partes claramente diferenciada: una llana, más cercana al río de calles estrechas para los coches pero sobradamente amplias para el tráfico humano. Son vías que se llenan de tiendas, restaurantes y bares y que, en cuanto se ensanchan en una placita, se llenan también de terrazas en las que comer o, al menos, tomar un café mientras observamos el ir y venir de indígenas y turistas paseantes.

El Call jueu

La otra zona es todavía más hermosa, o al menos es hermosa de una forma muy diferente: el conjunto de calles, algunas más bien callejones, que suben casi en vertical hacia la Catedral. Era, lo fue exactamente hasta 1492, el barrio judío de la ciudad (Call jueu, como se los llamaba en catalán), uno de los más importantes de Cataluña.

Poco queda hoy, al fin y al cabo han pasado más de cinco siglos, pero sí podemos acercarnos al ambiente que debería tener esa barriada de calles estrechas con escalones que pasan a través de balconadas que unen las casas de ambos lados.

Además, en una manzana de casas que fue prácticamente el centro neurálgico de este barrio (aunque no en las viviendas originales, derribadas siglos atrás) se encuentra el más que interesante Museo de Historia de los Judíos, que nos cuenta la historia de los miles de sefardíes que vivían en Gerona y en toda Cataluña antes de 1492.

No es una historia agradable, pero sí que se aprende mucho de la historia de persecuciones y agresiones que vivieron hasta llegar a la expulsión final. Además, podemos ver piezas de arte, lápidas, manuscritos originales y bellas reproducciones a gran tamaño... no deben perdérselo.

Grandes monumentos

La Catedral es, seguramente, el gran monumento de Gerona, y lo es tanto por su belleza como por su tamaño y, si me apuran, más que nada porque es un templo realmente peculiar: de una enorme y altísima nave tanto por dentro como por fuera parece un gigantesco cubo.

Probablemente es más atractivo el interior que el exterior, pese a la fachada barroca y la gran escalinata. Pero dentro la enorme bóveda y la luz que se cuela a través de los grandes rosetones logran crear un ambiente realmente especial.

Otro gran monumento es la muralla, obviamente restaurada porque, como decíamos, la ciudad entera fue arrasada en 1809. Juzgando por lo que podemos ver, el trabajo ha sido minucioso y hoy en día es posible recorrer buena parte de lo que era el cinturón defensivo de la ciudad.

Lo mejor, además de comprobar que la muralla era una defensa fenomenal, las vistas sobre los tejados de toda la ciudad, a una altura perfecta para disfrutar del panorama.

Thorn, un pedacito de historia blanca en Holanda

8 de Noviembre de 2011 - 13:19:33 - Carmelo Jordá - 0 comentarios

En buena parte de España un pueblo blanco es algo tan excepcional y noticiable como un banco con cuatro patas; en Holanda, por el contrario, un pueblo blanco es casi un acontecimiento. Si a eso le unimos una historia verdaderamente sorprendente y un pequeño pero coqueto conjunto de preciosas calles ya tenemos un lugar que es casi obligatorio conocer si viajamos por el interior de los Países Bajos: Thorn.

Aunque no suelo detenerme en estas cosas, en el caso de Thorn es imprescindible hablar de su historia, porque esta es más que curiosa: la pequeñísima ciudad no sólo era un minúsculo estado independiente dentro del Sacro Imperio Romano - Germánico, sino que además estaba gobernado por mujeres: la máxima autoridad del lugar era la abadesa del peculiar convento que le dio origen.

Peculiar porque no era una orden monástica al uso, ya que estaba compuesta sólo por mujeres (hasta ahí todo normal) y, sobre todo, sólo por mujeres nobles o, casi mejor, nobilísimas: para entrar tenían que demostrar ascendientes de sangre azul en varias generaciones; y también porque seguían unas normas singularmente relajadas para lo que cabría esperar de una vida contemplativa.

Siglos después...

La historia de Thorn como estado independiente y bajo el poder de las abadesas acabó con la invasión de los revolucionarios franceses en 1795 y entonces se produjeron los acontecimientos que darían a la pequeña ciudad el aspecto que todavía tiene hoy en día: para empezar campesinos pobres ocuparon la casas abandonadas por el personal y las monjas de la abadía, que eran más grandes y mejores que las suyas.

Se planteó entonces un problema: por aquel entonces las casa pagaban sus impuestos en virtud de la superficie de sus ventanas, así que a los campesinos, que pese a sus flamantes viviendas seguían siendo pobres, no les quedó otra que tapiar algunas. Y para disimular el estropicio estético decidieron encalar por completo las paredes.

Así que Thor hoy en día es una pequeña y coquetísima ciudad de casas con un inequívoco aire holandés pero primorosamente pintadas de blanco, con luminosas paredes que contrastas con los oscuros marcos de las ventanas supervivientes y con calles tranquilas de adoquines por las que los vecinos se mueven en bicicleta, como si quisieran recordarnos que, pese al decorado, seguimos en Holanda.

La iglesia y el cementerio

Otra cosa que Thorn nos muestra todavía de su pasado es la espléndida iglesia, que está en el centro del pueblo y lo domina por completo, para que no olvidemos que nació de la abadía.

Desde el exterior de la iglesia nos llamará la atención la alta torre, pero lo que realmente resulta sorprendente es su interior, blanquísimo como el pueblo y muy luminoso, con una peculiar pero elegante mezcla de estilos: desde el gótico de la hermosa bóveda hasta el barroco, casi rococó, del altar mayor.

Junto a ella un pequeño cementerio (todo es pequeño en Thorn, como en un ‘pueblo de muñecas’) que tiene también su encanto y que está en mitad de la ciudad, recordándonos que la otra vida está más cerca de lo que nos gusta creer.

Eso sí, mientras tengamos tiempo de disfrutar de ésta Thorn es un excelente lugar para hacerlo: paseando por sus blancas calles, disfrutando de la tranquilidad de un pueblecito por el que casi no circulan otra cosa que bicicletas y, ya puestos, paladeando un trozo de la deliciosa tarta de melocotón que nos ofrecerán en la pastelería – cafetería de la plaza.

Ronda, quintaesencia de Andalucía

1 de Noviembre de 2011 - 11:20:01 - Carmelo Jordá - 9 comentarios

Hablábamos por aquí de Ronda hace unas semanas y los lectores me afeaban en sus amables comentarios que dejaba muchas cosas fuera. Tenían razón, pero sólo a medias: ya entonces tenía en mente esta segunda entrega sobre una ciudad, o casi más un pueblo, cuya belleza transciende los tópicos.

Ronda es mucho más que el Tajo, si bien sería suficiente con éste para justificar el viaje; y es también mucho más que el tópico del pueblo blanco andaluz, pero hay que admitir resume que éste y lo eleva a una calidad que encontraremos en pocos lugares.

No en vano, pocos destinos de España tienen el pedigrí turístico de Ronda, que ya era una parada fija en el trayecto de los viajeros románticos que ya en el S XIX recorrían Andalucía buscando lo "auténtico" y en ningún otro lugar lo encontraban tanto como en esta pequeña y casi inaccesible ciudad blanca.

Uno de esos viajeros, algo posterior pero de los más ilustres, fue el poeta Rilke, que pasó varios meses en Ronda y escribió sobre ella en sus cartas:

"Ronda es... como un gigante hecho de rocas que soporta sobre sus espaldas una pequeña ciudad, blanqueada y reblanqueada de cal, y que, con ella a cuestas, avanza un paso sobre la otra orilla de un delgado riachuelo, exactamente igual que San Cristóbal con el niño Jesús".

Es, en definitiva, bellísima y un lugar del que sin duda se acordarán toda la vida, aunque sólo vayan un par de días, aunque sólo pasen unas horas... si bien es cierto que es casi un pecado ir con prisas y, sobre todo, no disfrutar de al menos una noche rondeña.

Tiene, por supuesto, algunos monumentos importantes (más allá del Tajo y el Puente Nuevo, se entiende) pero no es eso lo que yo destacaría de Ronda, sino las calles empedradas y en cuesta, las largas paredes blanquísimas o las ventanas enrejadas.

Imágenes todas que nos remiten a una Andalucía un poco tópica de pueblos blancos y bandoleros que en pocos lugares es tan cierta (bueno, lo de los bandoleros ya no) y tan hermosa como en Ronda, donde cualquier rincón del que saquemos una foto podría ser identificado con esa región de España por casi cualquier viajero del mundo.

Una iglesia muy peculiar

Les he dicho que no son los monumentos lo más destacado de Ronda, pero eso no quiere decir que no los haya realmente interesantes, como la iglesia de Santa María la Mayor, que une ser hermosa a ser verdaderamente extraña, fruto de un proceso de construcción más bien peculiar.

Construcción y destrucción: parte del templo se derrumbó tras un terremoto en 1580, ocasión que se aprovechó para ampliarla, cosa que se hizo de forma completamente diferente a lo que quedaba del original, no sólo en el estilo, sino también en tamaño, así que hoy la iglesia tiene unas pequeñas naves góticas y otras mucho más altas renacentistas, que parecen (y en cierta forma son) de un templo completamente distinto.

Y no menos peculiar es el caso del alminar de San Esteban, una minúscula giraldilla que ha pasado de ser parte de una mezquita a serlo de una iglesia y, finalmente, ser tan sólo una torre sin otra función que ser hermosa y dejarse fotografiar.

Hay más monumentos que merecen una visita: las murallas a un extremo de la ciudad, el ayuntamiento, algunos palacios como el del Marqués de Salvatierra o el llamado del Rey Moro...

Incluso hay un par de museos curiosos que están interesantes, uno sobre el bandolerismo (ya les digo que en ningún otro lugar el mito y el tópico son tan ciertos); uno sobre la caza; o el Museo Joaquín Peinado, sobre este pintor y que además está en el Palacio de los Moctezuma, que es otro de los grandes edificios civiles de la ciudad.

Grandes hoteles: Martinhal Beach Resort, lujo, relax y disfrute para toda la familia

16 de Octubre de 2011 - 11:16:37 - Carmelo Jordá - 3 comentarios

En pocas ocasiones tras pasar una semana en un hotel la experiencia es absolutamente positiva y no hay ni un pero en el recuerdo. Una de ellas la he vivido este verano en mis vacaciones (ya tan lejanas) en el Algarve, de las que ya hemos ido contando muchas cosas por aquí.

Martinhal Beach Resort & Hotel está situado a las afueras de Sagres, en el extremo occidental del Algarve y muy cerca del Cabo San Vicente, en una zona que es parque natural y que, sobre todo, es más que tranquila: el silencio es una constante y, aunque nos encontramos en un resort destinado muy especialmente al turismo familiar, podemos estar seguros de que no sufriremos las típicas escenas de acoso por un grupo de salvajes pequeñuelos ni, menos aún, ese momento en el que el griterío de la habitación vecina no nos deja ni oír nuestra tele.

A esto no es ajeno la configuración de Martinhal no sólo como un hotel con habitaciones (hay unas cuantas mirando al mar) sino como un conjunto de villas que se alquilan completas, son una opción excelente para familias y que, aunque estén pegadas unas a otras, dan una sensación de aislamiento y tranquilidad que es difícil tener en una habitación de hotel.

Villas familiares

Hay varios tipos de villa, según su ubicación y su tamaño y con las correspondientes variaciones de precio. Todas tienen su correspondiente cocina completamente equipada y pequeños detalles gozosos como una máquina de café Nespresso y, por supuesto, una excelente wi-fi gratuita.

En nuestra estancia disfrutamos de una de las Bay Houses: con dos habitaciones (cada una con su cuarto de baño) un gran salón – comedor – cocina, dos terrazas... todo amplio, cuidadísimo y con una decoración moderna y agradable. Las vistas se extendían por un gran espacio abierto y virgen y terminaban en el mar; por la noche sólo se oía un profundo silencio y el canto balsámico de los grillos.

El personal del hotel limpia las villas cada día, el huésped sólo es responsable de fregar sus platos o, mejor dicho, de colocarlos en el pequeño lavavajillas. También tenemos una lavadora a nuestra disposición, pero no para la ropa de cama que, por supuesto, se cambia cada pocos días o si es necesario por cualquier eventualidad.

Instalaciones de primera

Además de las propias villas y de un acceso que permite llegar a pie a la preciosa playa de Martinhal en tres minutos, el Resort cuenta con una serie de excelentes instalaciones pensadas para dar servicio a toda la familia, desde los más pequeños a los más mayores, desde los más "relajados" hasta los deportistas.

Para empezar, cuenta con cuatro piscinas, una de ellas semicubierta y con agua caliente, especialmente confortable los días en los que el atlántico trae un vientecillo fantástico... para estar fuera del agua.

También hay pistas de tenis, salas y zonas de juegos para niños pequeños y adolescentes, tres restaurantes de diferentes precios, un pequeño súper en el que comprar lo necesario para un desayuno o una comida sencilla...

Y por supuesto, un spa en el que disfrutar de diferentes tratamientos y masajes adaptados a lo que cada día necesitemos o nos apetezca, en un ambiente de relax y con precios bastante razonables si tenemos en cuenta la calidad del servicio.

Como se puede ver, y esta es una de las características principales de Martinhal, todo está muy pensado para que nada nos impida disfrutar de nuestras vacaciones y de nuestro descanso.

Un trato más que esmerado

Aunque en teoría los desayunos en las villas no están incluidos en el precio, a nuestra llegada a Martinhal encontramos un pack de bienvenida con leche, magdalenas, cereales y café para varios días.

Es un buen ejemplo de la idea del servicio exquisito que tiene el resort y que se transmite a todos y cada uno de sus trabajadores: siempre se dirigen al cliente con una sonrisa y, sobre todo, con una vocación de servicio que no es fácil encontrar, ni siquiera en hoteles de alto nivel como el propio Martinhal.

Y esto vale tanto para los camareros de los restaurantes como para el personal en la recepción, las jóvenes que realizan actividades con los pequeños o las masajistas profesionales del spa: todo el mundo parece desvivirse para que tus vacaciones sean perfectas.

En resumen, Martinhal es un lugar verdaderamente ideal para unas vacaciones familiares, en una de las zonas más interesantes del Algarve y disfrutando de una calidad de instalaciones y de servicio que no es fácil encontrar. Además, la posibilidad de alquilar una villa del tamaño que necesitemos y el hecho de disfrutar de cocina puede ayudarnos a que el coste de nuestras vacaciones se ajuste a un presupuesto bastante razonable.

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Cáceres, la magia de una ciudad por la que no pasan los años

11 de Octubre de 2011 - 19:08:31 - Carmelo Jordá - 12 comentarios

Cuando uno escribe sobre lugares como Cáceres tiene que realizar un esfuerzo especial por no caer en tópicos que ya causan rechazo de puro manidos: que si el viaje en el tiempo, que si la vuelta a siglos atrás...

Esa dificultad nace de que, en este caso, los tópicos resultan especialmente apropiados y ciertos: es difícil encontrar un casco viejo como el de Cáceres en el que no hay prácticamente nada que no parezca más que centenario, ni siquiera coches se ven en la mayoría de las callejuelas de piedra más allá de la muralla.

Y no estoy hablando de un casco viejo de tres callejas y dos rincones: la ciudad vieja es en Cáceres todo un imponente barrio por el que perderse, delimitado por la muralla y lleno de palacios de piedra, de pequeñas plazas recoletas, calles en cuesta con escalones y rincones que parecen –sí, no puedo resistirme más– de otra época.

Incluso más allá de la muralla hay calles, plazas y zonas que merecen visitarse y pasearse. Por supuesto la gran Plaza Mayor es uno de esos lugares, con su peculiar forma muy alargada, con el ayuntamiento cerrando uno de sus lados y la muralla y la entrada al casco viejo por el otro.

O la calle Pintores, que presume de que por ella paseó Felipe II y que hoy, quizá menos imperial pero más entretenida, es el lugar en el que hacer compras, tomar un helado o, simplemente, ver escaparates.

Por la noche

No sé si el calor que sufrí en Cáceres tuvo que ver, pero la ciudad me pareció especialmente deliciosa por la noche, con el fresco moderando los rigores del día y del duro sol extremeño.

La Plaza Mayor es entonces, más todavía, el punto de encuentro de los cacereños y los visitantes: se llena de terrazas de bares, restaurantes e incluso sitios de copeo, de grupos de personas de tertulia sentados en las escaleras del Ayuntamiento o del Arco de la Estrella.

Desde allí hay que volver a la zona dentro de la muralla y recorrer de nuevo las callejas que hemos conocido durante el día. Estarán más tranquilas, más solitarias todavía, serán distintas: otro Cáceres iluminado por las débiles farolas sale a nuestro encuentro y todavía nos gusta más que el del día, quizá porque lo recorremos sin calor y escuchando poco más que el sonido de nuestros pasos.

En el museo

Una de las cosas que no hay que dejar de ver en Cáceres es el Museo Provincial, una curiosa mezcla que une estar en un edificio excepcional, tener un diseño de la exposición com aire de antiguo gabinete de ciencias que hoy en día resulta de un anacronismo encantador y una colección tan variopinta como interesante.

En ella encontramos de todo: desde una parte etnográfica más entrañable que otra cosa hasta una romana realmente apreciable: mosaicos, estatuas y, sobre todo, un montón de estelas funerarias. Además, pintura antigua y moderna y algunas sorpresas más.

Pero lo más espectacular de todo el conjunto está en su subsuelo: un aljibe construido se supone que por los almohades y que hoy en día, superada la función práctica que al parecer mantuvo casi hasta el siglo XX, se ha convertido en un tranquilo y peculiar espacio, oscuro y silencioso, fresco y con un cierto aire de misterio con sus arcos de herraduras y columnas semisumergidas.

Un rincón en el subsuelo que parece prácticamente inalterado desde hace siglos, la misma sensación que encontraremos al volver a la superficie: la de una ciudad que ha tenido la suerte de parar el reloj mucho tiempo atrás y se nos ofrece hoy, intacta, en su mejor y más bello momento.

De Luarca a Luanco por Cudillero, la cara más marinera de Asturias

3 de Octubre de 2011 - 15:26:34 - Carmelo Jordá - 4 comentarios

Asturias es montaña y también es mar, no hay prácticamente nada entre los Picos de Europa o las nieves de Somiedo y la costa, sólo valles que van y viene en una u otra dirección.

Pasamos en pocos kilómetros de aldeas de montaña a pueblos de pescadores, de cumbres blancas a espectaculares playas doradas y todo, las nieves y las aguas, merecen mucho la pena: a nivel del mar o a dos mil metros Asturias es un paraíso.

En mi último viaje me acerqué más al mar como en otros, por Somiedo o Muniellos, he estado más en las montañas. Así, conocí por fin algunas de las villas marineras más hermosas: como Luarca o Cudillero, y playas tan impresionantes como la de Salinas.

Luarca y Cudillero

Nos ofrece Luarca una de sus mejores caras según llegamos, en un promontorio en el que se amontonan ermita, cementerio y faro y desde el que se puede ver una fantástica vista de la villa, de su puerto y del pequeño río que se va curvando hasta su desembocadura.

Tiene dos zonas que valen la pena: un barrio más noble, con casas altas con un toque art decó y elegantes; y un barrio de pescadores de pequeñas casitas minúsculas a las que se llega por retorcidos callejones de escaleras.

Y luego está el puerto, claro, con sus barcos de pesca y la curiosa caseta construida en mitad del malecón. Desde allí se ve prácticamente toda Luarca, toda mirando al mar, como corresponden a una villa que siempre ha sido marinera.

Cudillero es más pequeña y todavía se mantiene más auténtica, más concentrada. Sin duda es uno de los pueblos más bonitos de la costa asturiana y así le han crecido junto a su puerto bares y restaurantes, sobre todo en su plaza, que es al mismo tiempo la entrada al puerto viejo.

Pero no se preocupen que, al menos entre semana, sigue manteniendo su ritmo tranquilo de villa de pescadores en la que, como en todas las demás, ya no se pesca como antes. Así que paseando por ella encontraremos todos los detalles que le darán un sabor especial a nuestra visita, además de la propia belleza del pueblo: los paisanos tomando el sol, las casas típicas amontonadas en calles estrechas con tramos de escalones, hasta el pescado secándose en las terrazas...

No se necesita mucho tiempo para visitar Cudillero, pero sí es recomendable no hacerlo con prisa: pasee por sus callejuelas con tranquilidad, contemple la preciosa villa desde diferentes puntos, inspire su aire marino y sea consciente de que cada minuto que pase allí lo recordará como una estupenda experiencia.

Al fin y al cabo, ¿qué prisa tenemos si estamos viajando?

Playa y museo por el mismo precio

Nuestra ruta para conocer la Asturias más marinera puede seguir hasta un lugar que, desde luego, llama la atención: la Playa de Salinas y su museo de Anclas. Lo primero es la playa, por supuesto, amplia bella y solitaria, realmente de anuncio, en la que hasta las olas y el faro del fondo parecen colocados ex profeso para que pintemos una marina.

Junto a ella, además, está el curiosísimo Museo de Anclas, algo que a priori puede sonar cómo no demasiado interesante pero que, cuando lo conocemos, tiene un encanto realmente especial.

Parte de él, por supuesto, por su excepcional emplazamiento entre la playa y unos acantilados, parte por la sensación curiosa de pasearte entre enormes áncoras, casi todas de barcos históricos por una u otra razón: un yate del Rey, una nave de colonos de Florida del S XVI, barcos famosos de famosísimos naufragios...

Por si todos estos no son suficientes encantos en plena playa y con unas maravillosas vistas está el Real Balneario de Salinas que pese a su nombre es un excelente restaurante en el que vale la pena detener nuestro camino.

Para acabar, Luanco

Por desgracia nuestra ruta tiene que acabar, un lugar inmejorable para hacerlo es Luanco, con su hermoso frente de mar y su pequeño pero delicioso casco viejo con su torre del reloj, su palacio (hoy venido a menos, eso sí) y su iglesia, bastante curiosa y ubicada en un espacio que habría hecho las delicias de un promotor inmobiliario años atrás: en una plataforma junto al mar y entre dos playas.

De nuevo Luanco debe pasearse con calma, disfrutando del mar, del minúsculo puerto y de las gaviotas y su vuelo tranquilo y de los restaurante en los que comer mirando las olas o de aquellos, como Casa Néstor, que luchan con calidad contra la ubicación más afortunada de otros, pero no todo el mundo tiene ese calamar de potera.

En definitiva, de Luarca a Luanco conoceremos el mar asturiano, lo saborearemos y hasta lo respiraremos. Ustedes deberían ir ya, yo estoy deseando volver.

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Lagos y Luz: el Algarve para todos

27 de Septiembre de 2011 - 14:10:24 - Carmelo Jordá - 4 comentarios

Podríamos decir que en Lagos empieza el Algarve más turístico, dejadas atrás las bellas soledades de Sagres o Aljezur. Sin embargo, todavía guarda buena parte del encanto de hace algún tiempo, adaptado eso sí a la modernidad turística: sus bonitas calles peatonales se han llenado de tiendas y restaurantes y por ellas pasean ahora los viajeros comprando y comiendo al aire libre.

Y eso no es ni mejor ni peor que las playas solitarias y la costa semisalvaje de otras partes del Algarve, simplemente es diferente, adecuado para momentos distintos o para viajeros con perfiles opuestos: del más aventurero al que necesita mejores servicios, del que le gusta comprar al que no lo necesita, del que viaja con niños al que lo hace con los amigos surferos...

Guarda Lagos, además, una estupenda mezcla que la hace idónea para llegar a un punto intermedio satisfactorio para casi todos, por ejemplo: entre sus numerosas playas las hay muy grandes y también recónditas y tranquilas calas;  o en su bonito y bien conservado casco viejo hay cosas que ver y también es muy agradable pasear y comprar.

En el plano más monumental conserva un importante tramo de sus murallas, espectaculares en algunos puntos y con algunas puertas; o iglesias tan interesantes como la de San Antonio, conocida sobre todo por su exuberante decoración interior.

Y los amantes de la historia también tendrán en Lagos un buen destino, ya que esta ciudad fue gracias al Infante Henrique el lugar del que salían los barcos de las grandes navegaciones portuguesas que llevaron al nuestros vecinos a América y más allá de África. Otro elemento histórico que visitar y que recordar, más infame que famoso: el lugar en el que estuvo el primer mercado de esclavos de Europa, que no todo aquel terrible y cruel comercio fue en las plantaciones americanas.

Tiendas, restaurantes, playas...

Como comentábamos al principio, la parte vieja de Lagos es un hervidero de tiendas de turistas y restaurantes. El escenario ideal para un paseo de tarde, sin demasiados agobios (hay gente pero no llega a ser demasiada gente) en el que comprar los recuerdos de nuestro viaje.

El escenario es poco menos que perfecto y la actividad también: turistas de todos los colores que entretienen lo suyo, artistas y músicos callejeros, hippies ya no se sabe si de retirada o de avanzada, tiovivos para los más pequeños... Y todo cerca del mar y del puerto deportivo, que es, por supuesto, otro lugar por el que pasear .

Los restaurantes, con terrazas en la calle o en pequeños y tranquilos patios, ofrecen un entorno más que agradable y, sobre todo, una relación calidad precio sorprendentemente buena: el perfecto final para ese paseo en familia del que hablábamos.

Uno de los aspectos más llamativos de Lagos es que no sólo tiene varias playas sino que son muy distintas entre sí: desde las pequeñas calas rodeadas de acantilados junto al casco antiguo y el fuerte de Ponta da Bandeira; hasta las playas más amplias al otro largo del río, largas lenguas de arena ideales para fanáticos del mar.

Luz, complemento perfecto

Muy cerquita de Lagos está un complemento idóneo para nuestra visita, un pueblecito muy pequeño que tiene el luminoso nombre de Luz y que no es especialmente pintoresco, pero que tiene una playa espléndida con tramos de arena fina y dorada y partes de negra roca que parece el resultado de una erupción volcánica vaya usted a saber en qué milenio.

No es quizá tan espectacular como otras playas del Algarve de las que ya hemos hablado (incluso como algunas de Lagos) pero esa mezcla de roca y arena la hace muy original y, además, permite encontrar rincones bastante solitarios y agradables.

Dos puntos, en suma, por los que no deben dejar de pasar en su viaje al Algarve.

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