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Dordrecht, el lugar donde encontrar esa típica y bella Holanda que están buscando

Lo más sorprendente de Dordrecht, al menos para unos ojos básicamente de secano como los míos y, supongo, los de la mayoría de ustedes, es encontrarse casi en cualquier rincón con el agua. No es sólo que la ciudad sea en realidad una isla entre los grandes ríos en los que el Rin, el Mosa y el Escalda se deshacen camino del mar, es que cada dos calles nos topamos con un canal y de cada tres plazas una es en realidad un pequeño –o no tan pequeño- puerto en el que se amontonan docenas de barcos, en ocasiones mucho más que botes de pesca.

Además, no crean ustedes que tanta agua y tanto barco son meramente decorativos o un asunto de fin de semana: los puentes levadizos se abren y se cierran continuamente ante los ojos pacientes de conductores y ciclistas; y el trasiego de buques y barcazas de carga es continuo en las abundantísimas aguas del Merwede, tal y como yo mismo lo contemplaba desde los amplios ventanales del excelente restaurante del Bellevue Groothooft, uno de los hoteles más interesantes de la ciudad.

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Nuremberg: pura Alemania

El viejo Puente del Verdugo cruza el río Pegnitz en uno de los rincones más hermosos de Nuremberg y, si me apuran, de prácticamente cualquier ciudad alemana. Las aguas, retenidas un poco más adelante, reflejan el puente y la torre del Verdugo y el gran almacén de grano a su lado y entre los clics de los turistas que se hacen ordenadamente fotos en el lugar uno se imagina que así de bella debió de ser toda la ciudad -y quizá toda Alemania- algún día.

Una belleza que sigue guardando en no pocos rincones que han sobrevivido al tiempo y las catástrofes: sus iglesias, sus otros puentes, las espléndidas murallas, las plazas llenas de encanto… La ciudad, en suma, es muy interesante y muy disfrutable, especialmente si tienen ustedes la suerte de conocerla durante su famoso Mercado de Navidad, todo un mes en el que el centro de la ciudad se convierte en un enorme espacio entregado a las tradiciones y al espíritu navideño.

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Los increíbles palacios y las hermosas sorpresas que esconde Madrid

En algunos casos una fachada elegante pero austera hace que ni imaginemos las bellezas que puede encerrar un edificio en el casco histórico de Madrid; en otras ocasiones la elevada valla de una institución oficial o de un organismo privado nos hacen pensar que nunca podremos conocer ese hermoso palacete, pero lo cierto es que hay oportunidades para hacerlo, especialmente durante estos meses de mayo, junio y julio, gracias a un programa que desarrolla la Comunidad de Madrid llamado, con bastante tino, Bienvenidos a Palacio.

Sedes de empresas, organismos oficiales, embajadas… que normalmente están cerradas al público o son difícilmente accesibles abren sus puertas para disfrute –y sobre todo sorpresa- de los madrileños.

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Dos ciudades santas para Semana Santa: la Roma de San Pedro y del Vaticano

Roma es, probablemente, la ciudad más bella del mundo: la acumulación de arte y arquitectura es brutal en un casco antiguo enorme. Todos los grandes artistas de la historia han pasado –y dejado su huella- por la capital italiana y conocerla es una sucesión de momentos Stendhal difícilmente igualable.

Sin embargo, quizá el momento que más recuerdo del viaje en el que conocí Roma, hace ya unos cuantos años, no tuvo una relación directa con esta explosión de belleza, o al menos no directa del todo.

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Dos ciudades santas para Semana Santa: la Jerusalén en la que Cristo murió en la cruz

Me gustaría empezar este artículo alejándome del tópico de Jerusalén como ciudad espiritual, pero tras un buen rato de darle vueltas a la cosa tengo que rendirme: creo que no hay un lugar en el mundo en el que la Fe –sea la que sea- se convierta en algo tan palpable, tan respirable, en algo que para bien o para mal lo impregna casi todo.

El asunto va mucho más allá de las propias creencias: el peso de la tradición, de la historia y también de los sentimientos de los demás son tan grandes que es imposible abstraerse de esa ola espiritual que lo anega todo y que en una fechas como la Semana Santa debe ser –nunca he tenido la suerte de estar allí durante estos días- absolutamente impresionante.

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Chartres: con ustedes su majestad el gótico

A poco más de una hora en coche de París, Chartres es una opción obvia para aquel que visite la capital francesa y quiera acercarse un poco a esa Francia de provincias que no sólo es absolutamente deliciosa, sino que es en cierto sentido más auténtica y más francesa que la propia metrópoli cosmopolita.

Por supuesto, tal y como la mayor parte de ustedes sabrán, lo que pone a Chartres en el mapa turístico –que expresión más fea, por cierto- es su maravillosa catedral de Notre Dame, uno de esos monumentos impactantes e inolvidables. Ya desde lejos, cuando te acercas a la ciudad a través de la llanura que la rodea la catedral se alza en lo alto de la pequeña colina a la que trepa todo Chartres, visible desde kilómetros de distancia y demostrando de forma inmejorable el poder que tenía aquella Iglesia capaz de hacer esas maravillas a aquellos que trabajado en el campo o andando por los caminos la podían ver, orgullosa y altiva, todos los días de su vida.

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Varsovia: medieval, judía, soviética, polaca, moderna

Ahora que ya nos encaminamos a la primavera les quiero hablar del viaje que hice a Varsovia a finales del otoño y lo que me pareció la capital polaca, en cierto modo la primera ciudad soviética, entiendan ustedes el término, que he tenido la oportunidad de conocer.

A ese respecto, en realidad hay que puntualizar que la capital de Polonia es en realidad una ciudad que tiene varias almas: por un lado una más polaca, diría que un tanto centroeuropea a los ojos de alguien que, como yo, no conoce bien Centroeuropa. Otra, de después de la guerra, es la comunista, incluso estalinista: una de esas ciudades de anchísimas avenidas y enormes edificios grises que eran tan del gusto de las nomenclaturas más allá del Telón de Acero. Pero también hay una Varsovia judía, otra reconstruidamente medieval y, ya por fin, el viajero  probablemente va a percibir en los nuevos rascacielos, en los cafés, en las tiendas y en algunos museos una Varsovia que ya está en el siglo XXI, moderna y tranquilamente europea.

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Trujillo o la medida de lo grande que fue España

Cuando llegas a Trujillo y después de no callejear demasiado desembocas en esa maravillosa Plaza Mayor –sin duda una de las más bonitas de España- te crees que la cosa no pude dar mucho más de sí: parece imposible que un pueblo grande o una ciudad pequeñita –elijan lo que más les guste- tenga aún más que ofrecer al viajero que la desbordante belleza de lo que ya está al alcance de nuestros ojos: los palacios, la iglesia, la estatua, las torres, las escaleras…

Pero lo cierto es que en cuanto abandonas la plaza –hay que hacer un esfuerzo- entras de lleno en el casco viejo mejor conservado que recuerdo en España: calles y calles llenas de murallas, casas solariegas, plazuelas increíbles y viejas iglesias. Sin nada que nos saque de ese pasado que reflejan todas las fachadas, casi todas las piedras y me atrevería a decir que hasta el desgastado empedrado sobre el que las personas y los coches avanzan no sin cierta dificultad.

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Masada y el Mar Muerto: donde Israel se vuelve increíble

Incluso en un país tan pequeño como Israel Masada está lejos: dos horas de autobús desde Tel Aviv en las que uno tiene la sensación de recorrer casi un continente empezando por la gran ciudad moderna y terminando en el desierto absolutamente árido, pero además pasando entre medias por las pequeñas aldeas o por zonas casi boscosas.

Lo mejor, no obstante, empieza cuando en mitad de una pronunciada pendiente la carretera deja su derecha una vistosa señal que marca el nivel del mar. A partir de ahí nos adentramos no sólo en un desierto que cada kilómetro parece más árido y más agresivo, sino en un terreno que tiene algo de mágico, ya que no de desconocido: las profundidades del punto más bajo que alcanza la tierra firme en todo el planeta.

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Núremberg: la mejor lección de historia sobre el nazismo

¿Cómo gestionas haber sido la ciudad fetiche del Partido Nazi? ¿Cómo le dices a tus hipotéticos visitantes que “aquí Hitler y sus amigos hacían sus grandes fiestas y encuentros”? No parecía una tarea fácil para Núremberg que, sin embargo, la ciudad bávara parece haber resuelto con brillantez.

También es cierto que había buen material para acometer la tarea: la ciudad tiene un centro histórico bellísimo por el que es una auténtica gozada pasear y acontecimientos con un innegable y blanco encanto, como el Mercado de Navidad que pude conocer este año y que les aseguro que es una delicia.

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