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Una vendimia que reúne paisaje, naturaleza, arte y alta tecnología: con Ramón Bilbao en Rueda.

Pasear por un viñedo bien cuidado es en sí mismo una experiencia placentera. La tranquilidad, el orden de las hileras, el vigor y el verdor de las plantas nos proporcionan una sensación de paz evidente y, yo creo, también de confianza: nos hablan del dominio de la cultura y el saber -casi diría del arte- sobre una naturaleza que, aún domesticada, conserva una extraordinaria belleza. Pocas cosas hay, en definitiva, más humanas y orgullosamente humanas que un viñedo.

Y, obviamente, no hay mejor momento para ese paseo vitivinícola que la vendimia. Es cierto que el trasiego inherente a las semanas de mayor actividad de las bodegas puede destruir parte de esa paz de la que hablamos -no necesariamente o al menos no del todo, se lo prometo- pero incluso aunque eso ocurriese el momento nos ofrecería mucho a cambio de ese sacrificio: la oportunidad de contemplar esa química mágica con la que se logra pasar de la uva madura al delicioso y refinado caldo; de oler el aroma verde y dulce que se desprende durante el proceso; incluso, hoy en día, de descubrir como sin dejar de mano curiosas tareas que se siguen haciendo a mano, la tecnología ayuda en esa creación artística que es un vino de una forma que cada día es más espectacular.

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Almadén: cuando España esconde sus maravillas bajo tierra

Por más que la conozco, por más que recorro sus provincias y sus pueblos, por más que a veces pueda pensar que ya lo he visto todo, lo cierto es que España no deja de maravillarme. Quizá sea porque, modestamente, presto un poco de atención allí donde mucha gente pasa sin fijarse, quizá porque cuando viajo tengo una cierta capacidad de asombro infantil.

O quizá sea que España es efectivamente increíble y que tenemos tantas cosas que enseñar que algunas se quedan ahí como un poco olvidadas, y casi nadie habla de ellas y cuando las conoces piensas que cómo no te habías enterado de eso antes, o cómo es que todavía no se te había ocurrido ir.

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Béziers: de cátaros, catedrales góticas, burgueses millonarios y maravillas de la ingeniería

Lo primero que conocí de Béziers fue el Cementerio Viejo. No era, creo, algo especialmente premeditado por mi guía, pero visto ahora con la perspectiva de unos meses tiene cierta coherencia con el hecho de que la primera vez que oí hablar de esa ciudad fue dentro de aquella terrible anécdota de la cruzada cátara, cuando el obispo sentenció a muerte a todos los habitantes de Béziers en la seguridad de que Dios ya sabría distinguir los buenos cristianos de los herejes.

Famosa por su pasado y los estragos de aquellas guerras de religión, lo cierto es que Béziers no es ni mucho menos una ciudad que esté más relacionada con la muerte que otras, pero sí está llena de historia y, entre tantas épocas y tantos hechos, algunos hay bastante luctuosos.

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Paisajes humanizados de España: la belleza de la naturaleza domesticada

A todos nos gusta que la naturaleza se muestre salvaje y virginal, contundente, no hay quién no disfrute -y yo el primero- de las grandes montañas nevadas, las cascadas que se desploman desde lo alto o los bosques impenetrables llenos de encanto y misterio.

Pero a mí, además, me encanta también el paisaje que en ocasiones genera la naturaleza domesticada, allí donde con sólo una mirada podemos adivinar miles de años de convivencia entre el hombre y su entorno, millones de horas de trabajo duro para convertir la bella hostilidad de la naturaleza salvaje en lugares que no fuesen sólo despiadada intemperie.

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La Suiza más amable y hermosa junto a los Alpes más impresionantes

¿Es usted alguien que se deja llevar por los tópicos cuando imagina un lugar? ¿Cree, por ejemplo, en la idílica visión de los Alpes Suizos en los que bellísimas y altísimas montañas son el espectacular telón de fondo de valles de un verde casi cegador, sólo matizado cuando los prados se llenan de florecillas en primavera? ¿imagina esos valles y esos prados extremadamente tranquilos, sin otros ocupantes que unas vacas que pastan tranquilamente haciendo sonar sus cencerros para que el tolón-tolón, el correr de los riachuelos y el piar de los pájaros sean la música de fondo que casi nos acuna? ¿Piensa también que más arriba estarán las cumbres impresionantes, las nieves eternas, los glaciares y los picos míticos en la historia del alpinismo?

Si es así, si es usted víctima de esta visión tan tópica que casi es vulgar, si es esa postal tan tradicional lo que le gustaría encontrar en un viaje a Suiza… enhorabuena, porque así son exactamente las montañas suizas: un escenario casi de cuento, maravilloso, bellísimo y que cumple -para bien, sin cartón piedra, sin necesidad de escenificaciones falsas- con los más encantadores tópicos que nos podríamos imaginar. Vaya, que hasta hay fábricas de chocolate a poco que te descuides.

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Cabárceno, un pedacito del África y la Europa más salvajes al lado de Santander

En sus casi treinta años de historia Cabárceno ha logrado labrarse lo que podríamos denominar un nombre y lo ha hecho con notable éxito: creo que muy pocos españoles de un nivel cultural medio desconocerán por completo qué es esa especie de zoológico diferente que está cerca de Santander.

Es una fama merecida: Cabárceno es un lugar muy especial por varias razones y, realmente, me parece un destino imprescindible tanto para los amantes de la naturaleza y la fauna como para los que, como es mi caso, tampoco nos volvemos locos por ver bichos en un zoo.

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Friburgo o cómo ser una de las ciudades medievales más bonitas de Suiza sin convertirse en un museo

A la mayor parte de los viajeros en Friburgo les sorprenderá comprobar cómo por el Puente de Berna, que tiene casi 800 años nada más y nada menos, pasan aún no sólo los coches particulares que esperan su turno en silenciosa y ordenada fila, sino también los autobuses de la ciudad, que se diría que no van a caber por el estrecho y bajo pasillo de madera antigua.

A mí también me llamó la atención, por supuesto, pero unos días después le veo a la cosa no sé si una cierta lógica o un curioso simbolismo: Friburgo se niega a dejar de usar su puente medieval de madera porque, al fin y al cabo, ese trajín de vehículos es para lo que fue construido, igual que Friburgo no hace de su centro una zona completamente peatonal como esas tan de moda en toda Europa porque es una ciudad que quiere ser vivida, no sólo admirada por turistas.

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Carcasona en Francia: un paseo por la Edad Media más espectacular

Uno de los momentos gloriosos de mi descubrimiento del sur de Francia el pasado otoño fue Carcasona, y eso a pesar de que llegué a la ciudad medieval bajo un auténtico diluvio que amenazaba por hacer imposible ver otra cosa que el interior de los bares y las cafeterías.

Pero mientras aparcaba lamentándome de mi negra suerte se produjo el pequeño milagro: de los auténticos chuzos de punta pasamos a unas pocas gotas inofensivas que más tarde incluso dejaron paso a su vez a un amenazante cielo encapotado que acabó incluso por abrirse y dejar pasar algo de sol.

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Parque Natural del Valle de Alcudia y Sierra Madrona: allí donde La Mancha se convierte en un vergel

Personalmente, me gusta el paisaje árido y minimalista de La Mancha: las amplias extensiones de terreno en las que los cambios son sutiles, donde aprecias el valor de un único árbol, en las que los colores se presentan intensos y parecen combinados por alguna mente genial, gigantesca y de paleta un poco quijotesca.

Conozco bien ese paisaje manchego y me deleito con él cada vez que lo visito o simplemente lo atravieso para ir de Madrid a casi cualquier punto del sur o del este de España, por eso cuando conocí el sur de Ciudad Real me llevé algo más que una sorpresa: allí el paisaje se ondula en colinas suaves, cada vez más altas, y va cambiado los tonos ocres y amarillos por otros más verdes -aunque La Mancha también es verde cuando así lo decide el trigo-, los árboles son cada vez más abundantes y, por momentos, parece que estemos en otra España o, al menos, en otra Castilla.

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Plasencia: de lo mejor de Extremadura, que es como decir de lo mejor de España

Pocas ciudades españolas -o de cualquier otro lugar- pueden presumir de tener dos catedrales, incluso aunque ninguna de las dos esté acabada; y además unas murallas; y además un acueducto; y además un casco antiguo precioso… Bien, pues Plasencia puede, aunque a mí se me queda la sensación de que no lo acaba de hacer: todos tendríamos que saber lo mucho y bueno que se puede encontrar allí, pero lo cierto es que, o al menos esa es mi percepción, no se sabe mucho.

Visité Plasencia el pasado verano durante mi viaje por las juderías de Extremadura. Aunque ya había pasado por allí una vez en una de esas ocasiones en las que la prisa y la excesiva compañía no te dejan conocer un sitio. Pero cuando por fin pude dedicarle sólo una parte del tiempo que merece la verdad es que me lleve una sorpresa: ¡la de cosas que se pueden ver y disfrutar en Plasencia!

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