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Santo Domingo de la Calzada u otro de esos regalos que el Camino de Santiago le ha dejado a España

Lo confieso: no conozco lo suficiente La Rioja y eso que cada vez que visito esta región me gusta lo que veo y me apetece más volver, pero así son las cosas para el viajero que, como el que esto suscribe, viaja por placer, sí, pero casi siempre como parte de su actividad profesional.

Pero como les digo me gusta La Rioja: me gustan sus bodegas; me gusta muchísimo su paisaje amable, suave, humano; y me gustan también sus pueblos grandes, o sus ciudades pequeñas, cargadas de historia y casi siempre llenas de sorpresas.

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La Jerusalén antes de Jerusalén y otros lugares para sumergirse hasta las rodillas en la historia

Que en ninguna ciudad del mundo la historia está tan presente en la vida diaria como en Jerusalén es algo que cualquiera que visite por primera vez la capital de Israel podrá comprobar sólo con pasar unas horas por la ciudad vieja.

El peso de lo ocurrido hace siglos es enorme en como vive, viste, habla, reza y come la gente que nos rodea, los monumentos que contemplamos son parte de esa historia o tienen su sentido en ella y por todos los lados vemos sus señales en las paredes de piedra: las de la muralla y sus puertas, las del Muro de las Lamentaciones y las que sostienen la Explanada del Templo, incluso las piedras que pisamos en las calles y por las que sabemos que anduvieron hombres, profetas y dioses.

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Cuenca: un capricho imposible e imprescindible colgado entre dos barrancos

Decía no hace mucho en esRadio que hay ciudades que podrían colocarse en cualquier lado, y eso no cambiaría su esencia, mientras que en otras el espacio físico en el que se levantaron forma parte de su ser más profundo. De las primeras Madrid me parece un buen ejemplo: este poblachón manchego sería igualmente maravilloso unos kilómetros más allá o más acá; de las segundas tenemos también muy cerca una gran muestra: la deslumbrante Cuenca, un capricho colgado entre dos hoces, que no podría estar -ni sobre todo ser- en ningún otro lugar que no fuese su imposible risco entre barranco y barranco.

Cuenca es parte del cinturón de ciudades Patrimonio de la Humanidad que rodea Madrid, junto con Ávila, Segovia y Toledo. Es la más alejada de la capital, aunque sigue estando a lo que hoy en día es un tiro de piedra: unos 160 kilómetros que no son ni dos horitas de coche y menos de una en AVE tanto desde Madrid como desde Valencia. Ahí al lado, vamos.

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Felipe II, El Escorial y un tren de los de antes

Me gustan los trenes turísticos y cada día me gustan más. Y eso que mi experiencia con ellos es modesta, no se crean que he tenido la suerte de disfrutar del Orient Express o del Transcantábrico, pero aún así, en esta época de altísimas velocidades me resulta algo delicioso recuperar en un viaje la parsimonia que ya nos parece de otros tiempos, aunque lo cierto es que a veces aún lo sea de la nuestra.

Si además el tren turístico es un tren histórico, la cosa cobra un encanto muy especial, difícilmente comparable con cualquier otro medio de transporte aunque sea más rápido, más cómodo o tenga wi-fi.

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Gruyères: montañas, queso, monstruos y chocolate en un paraíso medieval suizo

Quizá Gruyères sea el pueblo famoso más pequeño del mundo: solo unas docenas de casas en prácticamente una única calle tan corta como bella, en lo alto de una colina que termina poco antes de un imponente castillo.

Sí, admito que hago un poco de trampa porque probablemente Gruyères por sí mismo no es tan conocido, pero al fin y al cabo da su nombre a un queso de fama mundial que se elabora allí, entre las montañas, con las vacas disfrutando del increíble paisaje suizo y junto esplendor medieval de la villa.

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Una vendimia que reúne paisaje, naturaleza, arte y alta tecnología: con Ramón Bilbao en Rueda.

Pasear por un viñedo bien cuidado es en sí mismo una experiencia placentera. La tranquilidad, el orden de las hileras, el vigor y el verdor de las plantas nos proporcionan una sensación de paz evidente y, yo creo, también de confianza: nos hablan del dominio de la cultura y el saber -casi diría del arte- sobre una naturaleza que, aún domesticada, conserva una extraordinaria belleza. Pocas cosas hay, en definitiva, más humanas y orgullosamente humanas que un viñedo.

Y, obviamente, no hay mejor momento para ese paseo vitivinícola que la vendimia. Es cierto que el trasiego inherente a las semanas de mayor actividad de las bodegas puede destruir parte de esa paz de la que hablamos -no necesariamente o al menos no del todo, se lo prometo- pero incluso aunque eso ocurriese el momento nos ofrecería mucho a cambio de ese sacrificio: la oportunidad de contemplar esa química mágica con la que se logra pasar de la uva madura al delicioso y refinado caldo; de oler el aroma verde y dulce que se desprende durante el proceso; incluso, hoy en día, de descubrir como sin dejar de mano curiosas tareas que se siguen haciendo a mano, la tecnología ayuda en esa creación artística que es un vino de una forma que cada día es más espectacular.

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Almadén: cuando España esconde sus maravillas bajo tierra

Por más que la conozco, por más que recorro sus provincias y sus pueblos, por más que a veces pueda pensar que ya lo he visto todo, lo cierto es que España no deja de maravillarme. Quizá sea porque, modestamente, presto un poco de atención allí donde mucha gente pasa sin fijarse, quizá porque cuando viajo tengo una cierta capacidad de asombro infantil.

O quizá sea que España es efectivamente increíble y que tenemos tantas cosas que enseñar que algunas se quedan ahí como un poco olvidadas, y casi nadie habla de ellas y cuando las conoces piensas que cómo no te habías enterado de eso antes, o cómo es que todavía no se te había ocurrido ir.

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Béziers: de cátaros, catedrales góticas, burgueses millonarios y maravillas de la ingeniería

Lo primero que conocí de Béziers fue el Cementerio Viejo. No era, creo, algo especialmente premeditado por mi guía, pero visto ahora con la perspectiva de unos meses tiene cierta coherencia con el hecho de que la primera vez que oí hablar de esa ciudad fue dentro de aquella terrible anécdota de la cruzada cátara, cuando el obispo sentenció a muerte a todos los habitantes de Béziers en la seguridad de que Dios ya sabría distinguir los buenos cristianos de los herejes.

Famosa por su pasado y los estragos de aquellas guerras de religión, lo cierto es que Béziers no es ni mucho menos una ciudad que esté más relacionada con la muerte que otras, pero sí está llena de historia y, entre tantas épocas y tantos hechos, algunos hay bastante luctuosos.

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Paisajes humanizados de España: la belleza de la naturaleza domesticada

A todos nos gusta que la naturaleza se muestre salvaje y virginal, contundente, no hay quién no disfrute -y yo el primero- de las grandes montañas nevadas, las cascadas que se desploman desde lo alto o los bosques impenetrables llenos de encanto y misterio.

Pero a mí, además, me encanta también el paisaje que en ocasiones genera la naturaleza domesticada, allí donde con sólo una mirada podemos adivinar miles de años de convivencia entre el hombre y su entorno, millones de horas de trabajo duro para convertir la bella hostilidad de la naturaleza salvaje en lugares que no fuesen sólo despiadada intemperie.

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La Suiza más amable y hermosa junto a los Alpes más impresionantes

¿Es usted alguien que se deja llevar por los tópicos cuando imagina un lugar? ¿Cree, por ejemplo, en la idílica visión de los Alpes Suizos en los que bellísimas y altísimas montañas son el espectacular telón de fondo de valles de un verde casi cegador, sólo matizado cuando los prados se llenan de florecillas en primavera? ¿imagina esos valles y esos prados extremadamente tranquilos, sin otros ocupantes que unas vacas que pastan tranquilamente haciendo sonar sus cencerros para que el tolón-tolón, el correr de los riachuelos y el piar de los pájaros sean la música de fondo que casi nos acuna? ¿Piensa también que más arriba estarán las cumbres impresionantes, las nieves eternas, los glaciares y los picos míticos en la historia del alpinismo?

Si es así, si es usted víctima de esta visión tan tópica que casi es vulgar, si es esa postal tan tradicional lo que le gustaría encontrar en un viaje a Suiza… enhorabuena, porque así son exactamente las montañas suizas: un escenario casi de cuento, maravilloso, bellísimo y que cumple -para bien, sin cartón piedra, sin necesidad de escenificaciones falsas- con los más encantadores tópicos que nos podríamos imaginar. Vaya, que hasta hay fábricas de chocolate a poco que te descuides.

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