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866: Alfonso III, el último rey de Asturias, asciende al trono

Pedro García Luaces
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El 27 de mayo de 866 muere Ordoño I, dejando el trono a su hijo Alfonso, el tercero de la saga alfonsina de Asturias que pasaría a la historia con el sobrenombre del Magno. Alfonso III cerraría el gran ciclo del reino astur, consolidándolo en todos sus frentes y aunando en sus victorias la excelencia militar con una fina astucia política. Su prestigio militar alcanzó su cota más alta en los campos de La Polvoraria, inicio de la más aplastante derrota que hasta entonces los astures habían propinado al emirato. El descalabro fue de tal magnitud que el emir Muhammad tuvo que tragar bilis y solicitar una tregua de tres años, un hecho insólito que implicaba reconocer a Asturias como la otra gran potencia peninsular.

A mediados del siglo ix Alfonso III se encontró con un inesperado presente. El primer ministro del emir, Hasim Abdal-Aziz, caía prisionero de los rebeldes muladíes y dejaba un rescate de 100.000 dirhams de oro, un botín que Asturias nunca había gozado. La afrenta se dirimiría en los campos de La Polvoraria. El emir envió tres magníficos ejércitos, uno por el este, con Coimbra como objetivo, otro por el oeste, para doblegar las fuerzas del Ebro, y un tercero de apoyo por el centro, que debía reunirse con los otros en León y tomar la ciudad. Alfonso III tuvo que actuar con rapidez. Escogió el frente central y cargó contra él con todas sus tropas, aniquilando al enemigo en La Polvoraria. Sin descanso, acudió a socorrer el ala oriental en la fortaleza de Sublencia, donde los moros allí apostados conocieron la derrota y emprendieron con cautela la retirada, pero Alfonso les cortó la huida y consiguió derrotarlos. Para colmo, la ciudad de Coimbra pudo resistir el asedio. La victoria era redonda y Córdoba debía pedir aliento.

Los tres años de tregua sirvieron para que el reino astur reforzase sus asentamientos en Portugal y el valle del Duero. El respeto ganado era tan importante que el emir evitaría en lo sucesivo los enfrentamientos directos con el potente monarca astur. Alfonso III volvió a imponer su hegemonía con una temeraria aceifa en el monte Oxifer, donde las espadas astures brillaron a escasas cien millas de la capital cordobesa. Nunca habían estado tan cerca. El último monarca de Asturias dejaba una excelente herencia. Atrás quedaba el refugio en las montañas. Tras Alfonso, la capital del reino avanzaba hasta León y desde aquella atalaya castellana proyectaba la auténtica Reconquista.

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