
1432: Alfonso V el magnánimo zarpa hacia Italia
El 29 de mayo de 1432, Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón, partía rumbo a Italia para emprender su gran conquista, el reino de Nápoles. Tardaría aún veinticinco años en morir, pero lo cierto es que no volvería a pisar España. Hijo mayor de Fernando de Trastámara, Alfonso recibió una educación exquisita y sintió desde joven una fuerte inclinación por el arte y toda manifestación de belleza. Cuando años después se asiente en la corte de Nápoles vivirá como un gran príncipe renacentista, rodeado de lujos y artistas, anfitrión de las más selectas embajadas. Quizás fuera esa búsqueda de la belleza lo que le lleva a Italia, lo que aviva sus ansias de gloria personal en costosas campañas que encajan mal entre los catalanes, partidarios de una política prudente y de bajo vuelo. Quizás fuera su aversión a su esposa María, poco agraciada, a quien entregó plenos poderes antes de marchar y de quien nunca buscó un heredero.
Alfonso había recibido de Juana II el título de duque de Calabria y heredero de la corona de Nápoles, pero sabía que tendría que refrendar sus derechos con las armas. Encontró una aguerrida oposición. Venecia, Milán, Florencia y el Papa se oponían a que Nápoles integrase la corona aragonesa. Alfonso veía alejarse su sueño y pensó incluso en regresar a España, pero entonces ocurrió que Luis de Anjou, su gran contrincante, murió inesperadamente y también lo hacía la reina Juana II dejando el trono vacante. Alfonso fue proclamado Rey, pero a los pocos meses caía prisionero al ser derrotado por el duque de Milán en la isla de Ponza. La batalla fue un descalabro para la flota aragonesa y junto al Rey fueron apresados cien grandes señores. El largo cautiverio sirvió para que Alfonso y el duque Felipe Visconti se convirtieran en aliados, acordando el reparto de Italia de norte a sur, con Nápoles y Milán como ciudades de referencia. La guerra fue larga y costosa pero el 2 de junio de 1442 Nápoles se rendía a su rey y Alfonso cedía la herencia de Aragón a su hermano Juan. Él había optado por vivir la aventura italiana y contaba ya con un sucesor para su reino, su hijo Ferrante, fruto de felices amoríos con la bellísima Lucrecia d’Alagno.
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