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1901: Nace el maestro Rodrigo

El 22 de noviembre de 1901 nacía en Sagunto, Valencia, el maestro Joaquín Rodrigo Vidre. A los cuatro años una epidemia de difteria, devastadora entre la población infantil, le dejó casi ciego. Esta temprana desgracia no afectó a la formación del pequeño Joaquín, que pudo matricularse en una escuela especial para ciegos. El maestro reconocería más adelante que fue posiblemente su falta de visión lo que le acercó a la música, por la que siempre mostró buena aptitud, al igual que por la literatura. En sus comienzos el compositor contó con la ayuda decisiva de Rafael Ibáñez, secretario, copista y amigo, quien le leyó a los clásicos y tradujo sus composiciones del braille.

Rodrigo inició sus estudios musicales en el Conservatorio de Valencia, donde empezó a destacar como pianista y compositor, dejando sus primeras obras: Dos esbozos para violín y piano, su bautismo en la composición; Juglares, la primera en la que introduce orquesta; o Cinco piezas infantiles, estrenada con éxito en Valencia y París. En 1927 el maestro se trasladará a París para ampliar sus estudios junto a Paul Dukas en La Sorbona. Rodrigo llegaba a París como un compositor en formación pero que dibujaba ya un carácter personal, lírico y atrevido, en la línea de Ravel y Granados. Con Dukas, que calificaría al valenciano como el más dotado de los españoles llegados a París, potenciará estas cualidades y adquirirá una personalidad única y genuina.

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1564: La conquista de Filipinas, Miguel López de Legazpi

El 21 de noviembre de 1564, Miguel López de Legazpi parte hacia la conquista del archipiélago bautizado como las Islas Filipinas. A mediados del siglo xvi el comercio en América estaba regulado por el Tratado de Tordesillas, pero las Indias Orientales eran un territorio casi virgen. Felipe II quiere asentar la posición española en el Pacífico encontrando una ruta fiable de vuelta y contando con una base permanente en la zona. Andrés de Urdaneta, fraile, cosmógrafo y avezado piloto, recibe el encargo de la misión, pero nadie ha dicho que deba dirigirla. Para ello piensa en su amigo Legazpi, hombre de conocimientos diplomáticos, autoridad para el mando y una lejana experiencia como marino. En aquel momento Legazpi tiene sesenta años pero acaba de quedar viudo y deja a su prole bien criada. Para financiarse el viaje, el vasco venderá todos sus bienes excepto la mansión que posee en México. El 29 de noviembre partirá con una pequeña flota del puerto de Jalisco.

La personalidad de Legazpi marcó el cariz de la conquista de Filipinas. Fue la menos sangrienta, porque evitó el enfrentamiento inútil, optando siempre que era posible por la vía diplomática. Durante siete años el vasco consiguió rendir el archipiélago a su peculiar manera, convenciendo más que conquistando y sirviéndose de la hostilidad que los filipinos sentían hacia los portugueses, mucho más violentos en sus formas.

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1500: Colón y sus hermanos llegan encadenados de América

El 20 de noviembre de 1500 Cristóbal Colón y sus hermanos regresaban encadenados de su tercer viaje a América. ¿Qué había pasado para que el Almirante Perpetuo de Castilla y virrey del Nuevo Mundo volviera a España en tan innobles condiciones? Pues pasaba que Colón era un pésimo gobernante, ensoberbecido con sus títulos y más pendiente de engordar su bolsa que de administrar las tierras. Pasaba también que los colonos no eran tales, sino soldados y aventureros que buscaban «medrar». Y al cabo de algún tiempo de penurias físicas, hambre y castidad forzosa, esta circunstancia habría de dar problemas. Y pasaba, por último, que las Indias distaban mucho de ser aquel paraíso pacífico que había narrado Colón. Y si a un mal gobernante y a unos aventureros inquietos los encuadramos en un paraje tropical, húmedo, inhóspito, a merced de las fiebres, con escasez de alimentos y en constante guerra con los indios, se entiende que pronto surgieran las deserciones y los motines.

Por esa causa tuvo Colón que acudir a España a dar explicaciones, aunque su autoridad, en esta ocasión, fue refrendada por los Reyes. De vuelta a América, descubrirá que los colonos de La Isabela se han amotinado. Encabeza la rebelión Francisco Roldán, que acaudilla el descontento de los colonos bajo promesas de tierras y rentas. Los Reyes Católicos enviarán a Francisco Bobadilla para restablecer el orden, pero además tiene órdenes de deponer al virrey si encuentra indicios de mal gobierno. Los Reyes han sopesado mucho esta decisión y les cuesta tomarla, pero las quejas acerca de la gestión de Colón y sus hermanos son constantes. Malos gobernantes, crueles, arbitrarios y encima esclavistas. «¿Qué poder mío tiene el Almirante para dar a nadie mis vasallos?», había exclamado la Reina. La corte, que no estimaba a un advenedizo como Colón, acentuaba sin duda estas noticias. Es posible que Bobadilla se extralimitase o mostrase poca consideración por el almirante. Tampoco Colón fue amable con quien venía a reemplazarle. Aun así, Colón sería liberado y regresaría a las Indias, como almirante, no ya como virrey, en un cuarto y último viaje.

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1819: Se inaugura el Museo del Prado

El 19 de noviembre de 1819 se inauguró en Madrid el Museo del Prado, una de las más importantes pinacotecas del mundo, que cuenta actualmente con un fondo de cerca de 8.000 obras, de las cuales se pueden ver en la exposición permanente unas 900. Posee las mejores colecciones conocidas de Velázquez, Goya, Tiziano y Rubens, además de obras fundamentales de El Greco, Murillo, Ribera, Zurbarán, Rafael, Veronese, Tintoretto, Van Dyck o El Bosco. Habiéndose planteado el conde de Floridablanca, secretario de Estado de Carlos III, la reurbanización del Salón del Prado, el actual Paseo del mismo nombre, surgió la idea de construir el edificio que hoy es sede del museo, destinado al principio a albergar un Gabinete de Historia Natural, una de las varias instituciones científicas que se habían proyectado. Se encargó la obra al arquitecto Juan de Villanueva, autor también del vecino Jardín Botánico, y los planos fueron aprobados por el Rey en 1786. Es una de las cumbres del neoclasicismo español. Las obras finalizaron a principios del siglo xix, pero su destino era para entonces incierto, a la vista de la invasión napoleónica y la Guerra de la Independencia, en el curso de la cual los franceses emplearon el lugar como cuartel y las planchas de plomo de los tejados se fundieron para hacer balas. José I y sus consejeros concibieron la idea de reunir en un solo lugar las colecciones reales, entre otros motivos para evitar que las tropas de Bonaparte se las llevaran a Francia, pero no pensaron en el edificio del Prado. Fernando VII y su esposa, Isabel de Braganza, sí unieron los dos conceptos e iniciaron el 1818 la recuperación del sitio, en la que participó el propio Villanueva y, a su muerte, Antonio López Aguado. Se llamó inicialmente Museo Real de Pinturas y reunió piezas de las colecciones de los Reales Sitios: 311 pinturas en tres salas, todas de la escuela española, en exhibición, y muchas más en almacén. En 1836, con las requisas impuestas por la Ley de Desamortización de Mendizábal, se reunieron numerosas obras en el Museo de la Trinidad, que sería absorbido por el Prado en 1872. Posteriormente se añadirían los fondos del Museo de Arte Moderno, el de Ultramar y el Iconográfico.

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1976: Se aprueba la Ley para la Reforma Política

El 18 de noviembre de 1976 las Cortes franquistas aprobaban su disolución mediante la Ley de la Reforma Política, uno de los pasos claves de la Transición española. Su gran artífice fue Torcuato Fernández Miranda, presidente de las Cortes y también del Consejo del Reino, que contó con la total confianza del rey don Juan Carlos I.

En 1976 el régimen franquista seguía en pie, pero faltaba el dictador. Don Juan Carlos había recibido la herencia y ocupaba la jefatura del Estado. Sin embargo el monarca era partidario de una total apertura, un modelo que contase con la corona desde un planteamiento parlamentario.

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1558: Sube al trono inglés Isabel i, la mayor enemiga de Felipe II

El 17 de noviembre de 1558 moría la esposa de Felipe II, María Tudor, y el trono británico quedaba libre para su hermanastra Isabel I. Aunque pronto se convertiría en la más enconada rival del monarca español, lo cierto es que Felipe favoreció la sucesión de la hija de Ana Bolena, que quizás no necesitaba este empuje, pero que de hecho, lo tuvo. La rival de Isabel era María Estuardo, esposa del delfín de Francia y por tanto enemiga de España. Felipe quiso que su esposa, en el lecho de muerte, reconociese a Isabel como su heredera y así lo logró el conde de Feria, enviado por el Rey a Inglaterra.

Una vez lograda la sucesión venían las alianzas matrimoniales. En un principio Felipe trató de unir a Isabel con el duque de Saboya, fiel aliado suyo, pero al tiempo pensó que quizás él mismo fuera mejor pretendiente. La Reina no era una belleza, pero era joven y poderosa. Isabel necesitaba del apoyo español para que Francia no invalidara sus derechos en Roma a favor de María Estuardo. No hay que olvidar que era hija de Ana Bolena y por tanto su legitimidad estaba en el aire. A España le convenía la alianza porque necesitaba el apoyo británico en los Países Bajos. La Reina dilató la negociación mientras reforzaba su posición en las islas, y como a Felipe tampoco le entusiasmaba el enlace la cosa se fue enfriando hasta que la Paz de Cateau-Cambrésis le llevó a los brazos de Isabel de Valois.

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1870: Amadeo de Saboya es elegido por las Cortes

La revolución de 1868 había culminado con la pérdida del trono y el exilio de Isabel II, y con el Gobierno provisional del general Serrano, que convocó a las Cortes Constituyentes que promulgaron la Constitución de 1869, estableciendo como forma de gobierno una monarquía constitucional. Los Borbones estaban apartados del trono, se suponía que definitivamente. El general Prim propuso entonces como candidato ideal a Amadeo Fernando María de Saboya, duque de Aosta, hijo del rey de Italia Víctor Manuel II y de María Adelaida de Austria, bisnieta de Carlos III, con lo cual enlazaba con la dinastía española. Era formalmente católico y de ideas avanzadas. En realidad, pertenecía a la Masonería del Rito Escocés y en ella había alcanzado el mayor de los grados, el 33. A decir verdad, es posible que esa afiliación le haya proporcionado la corona, visto el alto número de militares españoles masones en la época, empezando por el propio Serrano y por el valedor de Amadeo, Prim. Las Cortes eligieron a Amadeo como rey de España —Amadeo I— el 16 de noviembre de 1870. Para los monárquicos tradicionales era infamante que el Rey fuese elegido por el Parlamento, en el cual, por otra parte, hubo disidencias: Amadeo obtuvo 191 votos; la duquesa de Montpensier, hermana de Isabel II, un voto, y su marido, 27; Alfonso de Borbón, 2; por el general Espartero votaron 8 diputados; la república federal fue defendida por 60 representantes, la unitaria, por dos, y hubo un voto por una república sin precisar; 19 diputados votaron en blanco, librando la decisión a la mayoría. Es decir, 120 de los reunidos no deseaban ver a Amadeo en el trono, y 63 no querían trono alguno. «Queda elegido Rey de los españoles el señor duque de Aosta», sentenció Manuel Ruiz Zorrilla, presidente de las Cortes. No era un comienzo prometedor para el nuevo Rey, que logró unir en su contra a toda la oposición, fuese cual fuere su tendencia: carlistas, borbónicos, republicanos, católicos y el pueblo llano, al que no supo ganarse. El reinado duró poco más de dos años, de enero de 1871 a febrero de 1873, cuando el efímero monarca se refugió en la embajada italiana, evitando que se cumpliera la profecía de Emilio Castelar : «Visto el estado de la opinión, Vuestra Majestad debe irse, como seguramente se hubiera ido Leopoldo de Bélgica, no sea que tenga un fin parecido al de Maximiliano I de México...».

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1533: Francisco Pizarro y la conquista del Perú

El 15 de noviembre de 1533 Francisco Pizarro apresaba a Atahualpa, emperador de los incas, y lograba hacerse con el Perú, la segunda gran civilización de América. Hijo bastardo de un militar y una sirvienta, este antiguo porquero que firmaba con una equis y carecía de instrucción o elocuencia se destapó como el soldado más duro y obstinado que desembarcó en las Américas. Asociado con Diego de Almagro, Pizarro emprenderá una temeraria expedición al Virú (Perú), región legendaria y rica en metales preciosos, que a punto estuvo de fracasar antes de haber comenzado. A poco de tomar tierra, Pizarro recibía órdenes de cancelar la expedición. Su derecho a la gloria parecía esfumarse. Pizarro carecía de elocuencia, pero le sobraba fe en sus posibilidades. Trazará una ralla en el suelo y dirá con sencillez: «Por este lado se va a Panamá a ser pobres. Por este otro al Perú a ser ricos. Escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere». Sólo 13 hombres cruzan la línea. Serán los Trece de la Fama.

Cuando Pizarro llegó a Cajamarca el Imperio de los incas se hallaba envuelto en una sangrienta guerra civil. Carlos V, impresionado por la decisión del conquistador, le había suministrado efectivos y enseres. Terminada la guerra, Pizarro insiste en entrevistarse con el vencedor. Sabe que la única forma de derrotar al Imperio es descabezándolo. Contra pronóstico, Atahualpa accede y se digna a visitar a los españoles en su campamento. Llega engalanado, rodeado de un gran cortejo y su guardia bien armada. Son decenas de miles, los españoles no llegan a doscientos. El padre Velarde sale a recibir al emperador. Le habla de su Rey y de su Dios y le muestra una Biblia. Atahualpa se encoleriza y la arroja al suelo; el fraile sale despavorido. Pizarro toma la iniciativa. Al mando de veinte hombres embiste con una lanza directo hacia el emperador abriéndose paso entre su guardia al grito de «¡Santiago!». Los jinetes cargan contra las filas incas, la infantería abre fuego. Pizarro agarra al inca y recibe una herida de los suyos. «Nadie hiera al indio so pena de vida», ruge. La refriega es confusa. Algunos incas huyen, otros tratan de luchar. Al cabo de unos minutos acusan la ausencia de su líder y, atemorizados por el tronar de los cañones, se retiran en estampida.

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1946: Fallece el compositor Manuel de Falla

El 14 de noviembre de 1946 murió en Alta Gracia, provincia de Córdoba, Argentina, el compositor español Manuel de Falla y Matheu, nacido en Cádiz en 1876. En 1937, Falla había colaborado con su amigo José María Pemán, autor de la letra, en un Himno marcial para las fuerzas nacionales, arreglando y adaptando el «Canto de los Almogávares», de Los Pirineos de Felipe Pedrell. Es decir, estaba a bien con las autoridades. En cuanto a los republicanos, el prestigio de Falla era tal que le hacía indiscutible. Aunque todavía disputa el primer lugar entre los músicos españoles de la primera mitad del siglo xx con Isaac Albéniz y Enrique Granados, su popularidad ha sido mucho mayor. Pedrell había publicado en 1891 su manifiesto Por nuestra música, que influyó en los tres con su reclamo de una música nacional, construida sobre raíces folclóricas, como se estaba haciendo o se había hecho en otras partes de Europa. Siendo Falla andaluz y Pedrell catalán, fue su encuentro en 1901 lo que llevó al primero a interesarse profundamente por el flamenco y, muy en particular, por el cante jondo, que desempeñarían un papel decisivo en su obra creativa posterior, como la Serenata andaluza de 1902. Falla compuso zarzuelas sobre libretos de Amadeo Vives —Prisionero de guerra, El cornetín de órdenes y La cruz de Malta, conservadas sólo fragmentariamente— y óperas como La vida breve, en colaboración con Carlos Fernández Shaw. En 1907 se estableció en París y entró en contacto con las grandes figuras de la época, aunque fue Claude Debussy quien le guió por el mismo camino que Pedrell, induciéndolo a componer obras como Noches en los jardines de España, llena de armonías, ritmos y sonoridades flamencas, o Cuatro piezas españolas, que concluyó con una beca concedida por Alfonso XIII a instancias de Albéniz. Hizo una importante aportación a los ballets en la línea de Diaghilev con El amor brujo, que estrenó en París Antonia Mercé, la Argentina, y El sombrero de tres picos, que montó el propio Diaghilev en Londres, en ambos casos con figurines de Picasso.

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1873: Fallece Eduardo Rosales, el pintor de la historia

El 13 de noviembre de 1873 moría el pintor Eduardo Rosales, artista ecléctico, dibujante prolífico y una de las cimas del arte español del siglo xix. Este pintor de origen humilde tuvo una vida breve pero fecunda.

Rosales se educó en la madrileña Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde tuvo como maestros a Federico de Madrazo y Luis Ferrant, entre otros. Fue crucial en su formación el viaje a Italia, donde llegó a afincarse y a malvivir de una pensión estatal. En Roma se rodeó de pintores y se dejó fascinar por los maestros renacentistas mientras iniciaba una prolífica carrera. En 1862 presentaría en Madrid su obra La nena, que obtendría mención ordinaria en la Exposición Nacional de Bellas Artes. No era mal comienzo y el premio le permitiría ampliar la beca y consolidar su técnica. Eduardo Rosales no dejó de renovarse y recibir influencias, de ahí lo difícil de clasificar su pintura, libre y dinámica, aunque nunca perdería la pureza de lo clásico.

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