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Excelentísima

Mario Vaquerizo
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Muy señora excelentísima mía:

Como persona que debe (y quiere) rendirse a sus pies como solo usted se merece y por el respeto que me impone su status de excelentísima, permítame que antes de nada le pida disculpas por tan grande ausencia en esta relación epistolar que usted y yo mantenemos en este santo lugar desde hace ya más de siete años.

Jamás esa fue mi intención, pero ha de entender que su más fiel siervo nunca aprende a dosificar sus tareas laborales viéndose inmerso en infinidad de compromisos de diversa y múltiple índole que hace que haya estado desaparecido de tal menester desde hace mucho tiempo. Demasiado. Y a una señora como usted jamás se la ha de hacer esperar. Desde aquí le repito y reitero que jamás volverá a ocurrir (¿le suena esta frase?). Se lo prometo excelencia.

Pero no es mi intención que esta carta de admiración y devoción se pierda en excusas y disculpas que están más que escritas y leídas. Porque el motivo de estas líneas no es otro que el de felicitarla por la medalla de las Bellas Artes que usted recibió de las manos de los reyes de España hace una semana.

Cual cervatillo acudí con usted en calidad de ilustre acompañante a tan grande acontecimiento celebrado en la ciudad de Sevilla. La noche antes fuimos invitados una cena en los Reales Alcázares, lugar emblemático y precioso, que sirvió de antesala a lo que vendría el día después. La velada transcurrió de forma elegante, tranquila y agradable con compañeros que también iban a ser condecorados y que me hicieron sentir más que bien. No es fácil desenvolverse en este tipo de ambientes tan ilustres y selectos. Pero como bien es sabido por usted, servidor tiene una gran habilidad para hacerse con el control de situaciones que ni él mismo controla, pero que al final acaba consiguiendo, ya sea desempeñando el trueque con la gente de servicio o dando conversación al comensal de al lado.

Como había que madrugar nos despedimos pronto y fuimos al hotel, también precioso, a esperar a que llegase el gran día.

Antes de quedarme dormido pensé que en ese momento no podría decir a quien de los dos le hacía mas ilusión tan ilustre reconocimiento, si a usted o a mí. Tras haber asistido en persona a su condecoración, permítame que le diga que he llegado a la conclusión que a los dos por igual.

A mí de una forma más folclórica y llorona (no pude evitar las lágrimas cuando la vi subir al estrado) y a usted, como siempre, de forma más cauta, discreta y serena.

Y es que desde aquí aplaudo que le hayan distinguido con esta medalla porque lo mejor que ha hecho usted en la vida es ser fiel a sí misma, creer en sí misma y luchar por seguir siendo usted misma. Y es por ello que agradeceré de por vida que instituciones y actos protocolarios hayan sabido captar su verdadera esencia, la esencia de una mujer de los pies a la cabeza que cree en lo que hace. Y eso no lo puedo decir cualquiera.

Así que, desde aquí, reciba mi más sincera e infinita admiración.

Podría seguir rellenando páginas y páginas, pero una vez más el trabajo me lo impide. No se enfade

Siempre suyo:
MARIO

PD: Hay algo que no quiero dejar de decirle. Unos días antes de conseguir por segunda vez el estatus de excelentísima (ya lo fue en el 2010 por la Comunidad de Madrid) tuve el enorme placer de celebrar junto a usted nuestro 16º aniversario de boda. Los dos días que pasé a su lado y todo lo que vivimos (que quedará para nosotros) me demostraron que usted es excelentísima con o sin medalla.

Gracias por todo.

MARIO

Vamos a usar este espacio para comunicarnos, dejarnos recados, enseñarnos las fotos y noticias que descubrimos... para contarnos todas esas cosas que no nos da tiempo a comentar en el día a día. Esto es, en definitiva, un blog cerrado al que sólo tenemos acceso nosotros dos, una extensión de nuestra vida

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