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Como lágrimas en la lluvia

Alaska
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Hace unas semanas nos acercamos por la joyería Molina Cuevas para adquirir algún objeto personal de Marujita Díaz. Ella dejó a los dueños David y Jorge un montón de pertenencias y el encargo de que las vendieran en un rastrillo benéfico para recaudar dinero destinado a varias asociaciones con los que colaboraba habitualmente. Los chicos no han tenido problema en invadir su elegante local de la calle Hermosilla en el Barrio de Salamanca de Madrid con muebles, cuadros, vestuario, fotos, platería… mezcla perfecta entre piezas buenas y chucherías. Desde la pareja de icónicas sillas de mimbre blanco en las que tantas veces vimos posando a Marujita, a la litografía de Miró, pasando por todo tipo de adornos procedentes de su hogar.

Es una lástima que nuestro horror vacui haga imposible que metamos ni una aguja más en casa, porque me hubiera quedado con las sillas de mimbre, o con el moderno tocador, o con tantas otras cosas. Finalmente elegí alguna pieza de vajilla, fotografías y un par de joyas de bisuta, como le gustaba decir a ella. Para mí un anillo de piedra morada con forma de corazón. Y para mamá un collar cartieresco con cabeza de leopardo.

Me parece maravilloso que alguien se tome la molestia de permitir que los demás podamos tener un trocito de su mundo, aunque no fuera para una causa benéfica. Y que haya personas como esta pareja dispuestos a que se cumpla esa voluntad. Pierre Bergé, el compañero de Yves Saint Laurent, subastó gran parte de sus pertenencias cuando este murió porque dijo que quería que otras personas disfrutaran de ellas como lo habían hecho ellos. Y tú y yo nos pasamos la vida comprando en rastrillos de calle y en internet restos de vidas ajenas, como el álbum de fotos personal de Liberace o la colección de recortes de prensa y fotografías de una olvidada vedette mexicana. Nos da tanta pena pensar que esos trocitos de vida acaban en la basura que estamos empezando a tener un problema de Síndrome de Diógenes. Y nos enrabietamos cuando vemos que los herederos de nuestros amigos fallecidos no saben qué hacer con sus cosas. ¡Que las regalen a los amigos! ¡Que circulen! ¡Que sirvan como el recuerdo del paso de esas personas por este mundo! Eso decimos. Y al mismo tiempo, aunque no lo digamos, sabemos que no tiene importancia más allá de ese fervor romántico que nos invade. La persona ya no está y cuando muramos todos los que la hemos conocido, habrá desaparecido para siempre.

Pero aún queriendo preservar esa memoria como si fuéramos los cancerberos del inframundo, estamos equivocados. Lo importante no es tener un centro de mesa arreglado con adornos navideños por la manos de Marujita (uno de los objetos que todavía dudo si comprar). Lo importante sería saber qué pensaba ella mientras lo arreglaba, escuchar su risa, conocer ese hilo de vivencias y asociaciones que sólo existen dentro de la cabeza. Y eso no se puede guardar en un objeto.

Tú y yo somos como los androides Nexus 6 del relato de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? que se convertiría en Blade Runner. En la película no se desarrolla el tema, pero estos seres artificiales se apropiaban del pasado de los humanos para crearse (y creerse) una identidad. Las fotos de infancia, la boda, los viajes, papeles desechados… momentos de vidas ajenas. En el libro a estos desechos se les llama kippel. Tú y yo acumulamos kippel. Pero recuerda que en la película es un androide el que reflexiona momentos antes de morir sobre la pérdida irreparable que supondrá su desaparición. Porque la verdad es que cuando uno no está, todo lo que uno ha sido-sentido-pensado-planeado-amado-odiado-deseado se pierde como lágrimas en la lluvia.

Vamos a usar este espacio para comunicarnos, dejarnos recados, enseñarnos las fotos y noticias que descubrimos... para contarnos todas esas cosas que no nos da tiempo a comentar en el día a día. Esto es, en definitiva, un blog cerrado al que sólo tenemos acceso nosotros dos, una extensión de nuestra vida

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