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Enviado a las 02/03/2008 20:16:41
Los hijos del juez Wang

El día que el gobernador Shin anunció que era llegado el tiempo de casar a su hija Murmullo bajo el Ciruelo, porque las lunas estaban cumplidas y contadas y era llegado el  tiempo de las consumaciones, hubo muchos corrillos y bisbiseos por toda la región. Muchos recordaban lo que había pasado hacía cuatro primaveras con Ascua de Té, la hermana mayor, que, unos días antes de la boda y, mientras paseaba por la Poza del Pelícano Encarnado, se enamoró perdidamente de un zorro de larga cola y no pudo mirar ya a hombre alguno.

 

Pero cuando un procurador imperial y tres alguaciles, a la grupa de veloces caballos negros con penachos del color del azafrán,  dieron el aviso de que el gobernador Shin buscaba esposo para Murmullo bajo el Ciruelo, la noticia voló hasta la hondonada de Shan Dong donde moraba el juez Wang a la sombra de una paulonia cuyos dedos enramados alcanzaban las estrellas.

 

El juez Wang tenía dos hijos; el menor era Fulgor de Mandarino y el mayor Turba de Acacia. Los llamó y habló de esta manera:

 

-         Mirad que el gobernador Shin es un príncipe poderoso y justo y busca varón para su hija. Vosotros ya sois fértiles como el ciervo con cuernas de nueve puntas y fuertes como el tigre de Amur. Id y disputad.

 

 

Fulgor de Mandarino era un muchacho dulce, amigo de poetas y bufones, poco ducho en el arte de la guerra y del gobierno pero siempre atento al porte y la compostura por lo que se adornaba con tocados excelentes y vestía batas tejidas con hilo de seda y botones primorosos. Hombre delicado y menor, de su boca siempre colgaban bonitas palabras y su sonrisa era tan estable como el cielo de junio o las llamas del templo de Feng. De su abuelo Kwan, legendario guerrero de quien guardaba exaltada memoria, aprendió el arte de la alquimia y la logomaquia componiendo hermosas sentencias y decires llenos de gracia y primor. Fulgor de Mandarino tenía vértigo a las profundidades y a los abismos pero también a los  pensamientos osados pues le parecían pozas en las que nada veía. Por eso él creció en las regiones del sueño y pasaba su tiempo componiendo dibujos y caligrafías extrañas y maravillosas, y canciones aseadas que eran de mucha admiración.

 

.

Su hermano Turba de Acacia era un joven simple y tranquilo, y hasta un poco desarreglado. Gustaba al abrir la aurora pasear por la ladera de los abetos gigantes para ver los nidos de cigüeñas rojas mientras recogía semillas y brotes que iba guardando y clasificando en una alacena blanca con la paciencia de un monje. Ayudaba corrientemente a su padre a limpiar los musgos y líquenes del sendero del jardín y, como era aplicado, pronto encontró un empleo en las oficinas imperiales donde se le tenía por discreto y cumplidor. Disfrutaba ejercitando cuerpo y conciencia y, con el tiempo, fue un maestro respetado en la técnica del wushu. Pero, por lo general, no tenía nada por lo que se hiciera notar de no ser por su ironía triste y afilada y por una rara destreza para no complicar las cosas más de lo necesario. No creía en magias ni encantamientos ni en alquimias ni en espíritus.

 

 

Murmullo bajo el Ciruelo era una muchacha muy bella pero también muy desgraciada pues nadie había conseguido nunca arrancarle una sonrisa. Permanecía todo el día mirando a un lagarto de ojos claros que nunca se separaba de ella y por las tardes caminaba entre los crisantemos salvajes o se sentaba en un taburete de tres patas a mirar los granados y cerezos del jardín donde crecían peonías rojas y doradas. Conocía centenares de historias, y todas tristes.

 

-         No llores, le decía Liebre Matizada, su hermana pequeña

-         No lloro, respondía taciturna Murmullo bajo el Ciruelo

-         Estás llorando, insistía Liebre Matizada

-         No estoy llorando, contestaba la desdichada

 

Y así fue como el gobernador Shin determinó que concedería la mano de su hija al hombre que superase la prueba de la doma del arpa, por ver si alguno le arrancaba una sonrisa. Sucedió que en tiempos remotos, en los manantiales de Liao Yang, se alzaba un aliso formidable que se decía plantado por la Gran Serpiente Negra y que hundía sus raíces de bronce en el dragón plateado que vivía debajo del pantano. Pero un día un poderoso mago lo derribó y de su madera hizo un arpa prodigiosa cuyo espíritu rebelde sólo podían domar los músicos más virtuosos. El gobernador Shin atesoró ese instrumento pero todos los esfuerzos por arrancar de sus cuerdas una melodía serena fueron en vano. El arpa sólo concedía ásperas notas de desdén.

 

Cuando los hijos del juez Wang llegaron al palacio del gobernador Shin todos los demás pretendientes habían fracasado ya en su intento de componer música con el arpa maravillosa. De modo que el primero que se dispuso a acariciar sus cuerdas fue Fulgor de Mandarino, el menor, un muchacho sensible y amigo de los músicos y del celeste canto. Convocó a los espacios infinitos y a los universos felices, a la guerra deplorable, al cielo intangible y a las ansias de paz. Pero el arpa se negó a reconocer a su maestro y sólo emitió notas desarregladas de desprecio. Entonces fue Turba de Acacia el que se acercó al arpa tranquilizándola como si fuera un búfalo indócil y comenzó a tocar suavemente las cuerdas. Cantó al despojado invierno y a las corrientes de agua, al relincho del caballo y a las ranas dormidas, a los cisnes alegres y al caluroso estío, al tamborileo de la lluvia y a la garza azul. Y el arpa respondió con notas animadas. Cambió después de registro y evocó la dulzura de la madre muerta, sus manos deshechas por el trabajo de los días, su miedo a la noche interminable. Y en el arpa se alzó una tempestad de melancolía. Todavía cambió una vez más para entonar una canción de amor y de deseo y cantó los gritos enardecidos de los monos enamorados y a la nube veloz que pasa proyectando sombras negras y alargadas sobre nuestra cabeza. Y entonces del arpa se descolgaron sollozos y balbuceos.

 

Y en ese momento Murmullo bajo el Ciruelo, entre lágrimas, sonrió.

 

Maravillado, el gobernador Shin quiso saber dónde habitaba el secreto de su victoria.

 

-         Señor –respondió Turba de Acacia- otros han fracasado porque sólo cantaban acerca de sí mismos. Yo he dejado al arpa cantar.

 

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