El tiempo roedor
 
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Enviado a las 03/12/2005 03:05:02
El alma en ruinas
Hay algo en nuestro tiempo que no nos deja dormir. Algo que se hace con nuestros adentros y nos mastica. Como una rata es, o como un sordo desasosiego, y nos roe; aunque de eso no se hable. Vivimos en un mundo feliz, conviene no ignorarlo, y el hombre, liberado de todas las represiones y espectros del pasado, y de los atavismos que le atrapaban, es ahora una criatura rebosante pues a la plenitud ha llegado. El dolor ha sido interceptado por los nuevos fármacos multimedia y no está bien visto en los salones de nuestro tiempo ser demasiado insistentes con la especulación del sufrimiento humano pues pareceríamos unos nostálgicos del pasado, o unos fascistas mismamente; con las pastillas del telediario de las tres, basta, y punto pelota. Y aun esto sin estridencias, obvio es decirlo, pues hasta la muerte y el desespero han de ir muy perfumados, y con talcos blancos y muchos afeites, empolvados, y con dorados abalorios de quita y pon; va de suyo. Pues son los nuestros días de vino y rosas, collige virgo rosas, ninguno lo olvide si quiere evitar un disgusto.                              Y es que tenemos precedentes, aunque no siempre las cosas fueron de este modo; eso es claro. Charles Moeller, en su obra "Sabiduría griega y paradoja cristiana", abunda largamente en cómo los hombres antiguos consideraban este asunto y nos recordará aquellas palabras que Nausica dirige a Ulises: "Sabes perfectamente, extranjero, pues no tienes aspecto de necio ni de villano, que Zeus, desde su Olimpo, reparte felicidad tanto a los villanos como a los nobles, lo que él quiere para cada cual: si te ha dado estos males, debes soportarlos". Y es que el más honrado pensamiento de los clásicos alcanza a predicar la necesidad de un desapego de las cosas de este mundo y la idea de una divinidad que cuide de alguna manera de los hombres, de forma que el dolor, cuando asome, no turbe al sabio más de lo necesario. Y algo parecido leemos en uno de los escritos sagrados del celebrado Buda cuando el maestro oriental dialoga con Visakha: "A quien importan cien cosas tiene cien dolores. A quien interesan noventa tiene noventa dolores. Quien ama ochenta, treinta, veinte cosas tiene ochenta, treinta, veinte dolores. Quien ama una sola cosa tiene un solo dolor. Y quien no ama nada, éste no sufre dolor alguno. Y es un hombre sereno quien no sufre dolor ni pasión. Si no existe nada que nos sea amable, no existe el dolor. Por eso, quienes no aman a nada ni a nadie en el mundo son felices y están libres de sufrimiento". He aquí una fotografía exacta de nuestro tiempo.                              Pero no siempre, reitero, acaecieron las cosas de esta manera; ni hablar. Evoquemos mismamente a Cristo cuando, "movido a compasión hacia ella", se detiene ante la viuda de Nain y le dice: ¡No llores! O cuando el llanto le alcanza ante la noticia del morir a cuenta de su amigo Lázaro o se para ante la congoja de un ciego o un endemoniado. Aquí mana el dolor sin adjetivos y se desliza por un plano inclinado, y escarba las galerías de la conciencia. Es ese dolor que nos estercola el alma alimentando lluvias sobre las desalentadas amapolas, entre tormentas de hachas estridentes, que decía el poeta, mientras mina la tierra con los dientes hasta besar la noble calavera y desamordazarte y regresarte: "No hay extensión más grande que mi herida/ lloro mi desventura y sus conjuntos/ y siento más tu muerte que mi vida". No es el alma en ruinas que apela a congelar y desinfectar la afectividad y que censura la naturaleza apasionante del vivir. Ni tampoco es un desapego de la humana condición. Es, antes bien, una pasión conmovida delante de su pena y ésta es la gran novedad que introdujo el cristianismo: que alumbró una mirada nueva que supo acoger y acompañar el dolor del suplicante. Y no es casualidad entonces que la tradición de los hospitales sea una tradición cristiana mientras los paganos se reducían al culto al sepulcro. Pues fue el mismo Dios, encarnado en el Inocente que cuelga como una res del madero, quien da respuesta al misterio del dolor humano y su grito en la cruz resonará ya para siempre.Y, como escribe Péguy, no es ya el dolor de los dos ladrones: "el ladrón de la izquierda y el ladrón de la derecha/ no sentían más que los clavos en el hueco de la mano" sino el del Cordero reventado: "Sus cuatro miembros todos/ Sus cuatro pobres miembros/ Su costado hendido/ Su corazón perforado/ Y su corazón que le abrasaba/ Su corazón consumido de amor/ Su corazón devorado de amor". Pues el dolor, vivido como Dios manda, no pierde ni siquiera una pulgada de su terrible peso ni agota la desmesura del misterio: sigue siendo un destrozo incalificable. Pero no tendrá ya la última palabra. Como lo vemos con toda claridad, con toda claridad lo vemos, en la historia de Miguel de Mañara cuando muere su amada Jerónima o en el Alcestes de Rilke cuando el hado de la muerte se lleva a cuestas a la esposa en el mismo día de la boda, que caja la de aquel día. Claro que lo vemos.                            Y yo comprendo que todo esto parezca incomprensible. Pues el relato cristiano es "incomprensible" para el mundo y una paradoja es. Pero algunos sí lo comprendieron, como Paul Claudel, y levantaron acta: "¡Vive Dios si por donde pase esta niña no ha de pasar su padre! ¿Qué vale el mundo comparado con la vida?¿Y la vida de qué vale sino para darla? ¿Y por qué atormentarse cuando es tan simple obedecer?". Y entonces nos ponemos muy serios. Y la historia se desquicia y el ruido de la máquina del mundo se acalla porque un  "yo" de verdad es mucho más poderoso que todo el telar de mentiras y vaciedades, y aun crímenes, que hemos levantado alegremente al hilo de una gramática encanallada con la que nos convencemos -día sí, día también- de que todo es para nuestro bien.                    
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