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Hay algo en nuestro tiempo que no nos deja dormir.
Algo que se hace con nuestros adentros y nos mastica. Como una rata es, o como
un sordo desasosiego, y nos roe; aunque de eso no se hable. Vivimos en un mundo
feliz, conviene no ignorarlo, y el hombre, liberado de todas las represiones y
espectros del pasado, y de los atavismos que le atrapaban, es ahora una criatura
rebosante pues a la plenitud ha llegado. El dolor ha sido interceptado por los
nuevos frmacos multimedia y no est bien visto en los salones de nuestro tiempo
ser demasiado insistentes con la especulacin del sufrimiento humano pues
pareceramos unos nostlgicos del pasado, o unos fascistas mismamente; con las
pastillas del telediario de las tres, basta, y punto pelota. Y aun esto sin
estridencias, obvio es decirlo, pues hasta la muerte y el desespero han de ir
muy perfumados, y con talcos blancos y muchos afeites, empolvados, y con dorados
abalorios de quita y pon; va de suyo. Pues son los nuestros das de vino y
rosas, collige virgo rosas, ninguno lo olvide si quiere evitar un
disgusto.
Y es que tenemos precedentes, aunque no siempre las cosas fueron de este modo;
eso es claro. Charles Moeller, en su obra "Sabidura griega y paradoja
cristiana", abunda largamente en cmo los hombres antiguos consideraban este
asunto y nos recordar aquellas palabras que Nausica dirige a Ulises: "Sabes
perfectamente, extranjero, pues no tienes aspecto de necio ni de villano, que
Zeus, desde su Olimpo, reparte felicidad tanto a los villanos como a los nobles,
lo que l quiere para cada cual: si te ha dado estos males, debes soportarlos".
Y es que el ms honrado pensamiento de los clsicos alcanza a predicar la
necesidad de un desapego de las cosas de este mundo y la idea de una divinidad
que cuide de alguna manera de los hombres, de forma que el dolor, cuando asome,
no turbe al sabio ms de lo necesario. Y algo parecido leemos en uno de los
escritos sagrados del celebrado Buda cuando el maestro oriental dialoga con
Visakha: "A quien importan cien cosas tiene cien dolores. A quien interesan
noventa tiene noventa dolores. Quien ama ochenta, treinta, veinte cosas tiene
ochenta, treinta, veinte dolores. Quien ama una sola cosa tiene un solo dolor. Y
quien no ama nada, ste no sufre dolor alguno. Y es un hombre sereno quien no
sufre dolor ni pasin. Si no existe nada que nos sea amable, no existe el dolor.
Por eso, quienes no aman a nada ni a nadie en el mundo son felices y estn
libres de sufrimiento". He aqu una fotografa exacta de nuestro
tiempo.
Pero no siempre, reitero, acaecieron las cosas de esta manera; ni hablar.
Evoquemos mismamente a Cristo cuando, "movido a compasin hacia ella", se
detiene ante la viuda de Nain y le dice: No llores! O cuando el llanto le
alcanza ante la noticia del morir a cuenta de su amigo Lzaro o se para ante la
congoja de un ciego o un endemoniado. Aqu mana el dolor sin adjetivos y se
desliza por un plano inclinado, y escarba las galeras de la conciencia. Es ese
dolor que nos estercola el alma alimentando lluvias sobre las desalentadas
amapolas, entre tormentas de hachas estridentes, que deca el poeta,
mientras mina la tierra con los dientes hasta besar la noble calavera y
desamordazarte y regresarte: "No hay extensin ms grande que mi herida/ lloro
mi desventura y sus conjuntos/ y siento ms tu muerte que mi vida". No es el
alma en ruinas que apela a congelar y desinfectar la afectividad y que censura
la naturaleza apasionante del vivir. Ni tampoco es un desapego de la humana
condicin. Es, antes bien, una pasin conmovida delante de su pena y sta es la
gran novedad que introdujo el cristianismo: que alumbr una mirada nueva que
supo acoger y acompaar el dolor del suplicante. Y no es casualidad entonces que
la tradicin de los hospitales sea una tradicin cristiana mientras los paganos
se reducan al culto al sepulcro. Pues fue el mismo Dios, encarnado en el
Inocente que cuelga como una res del madero, quien da respuesta al misterio del
dolor humano y su grito en la cruz resonar ya para siempre.Y, como escribe
Pguy, no es ya el dolor de los dos ladrones: "el ladrn de la izquierda y el
ladrn de la derecha/ no sentan ms que los clavos en el hueco de la mano" sino
el del Cordero reventado: "Sus cuatro miembros todos/ Sus cuatro pobres
miembros/ Su costado hendido/ Su corazn perforado/ Y su corazn que le
abrasaba/ Su corazn consumido de amor/ Su corazn devorado de amor". Pues el
dolor, vivido como Dios manda, no pierde ni siquiera una pulgada de su terrible
peso ni agota la desmesura del misterio: sigue siendo un destrozo incalificable.
Pero no tendr ya la ltima palabra. Como lo vemos con toda claridad, con toda
claridad lo vemos, en la historia de Miguel de Maara cuando muere su amada
Jernima o en el Alcestes de Rilke cuando el hado de la muerte se lleva a
cuestas a la esposa en el mismo da de la boda, que caja la de aquel da. Claro
que lo
vemos.
Y yo comprendo que todo esto parezca incomprensible. Pues el relato cristiano es
"incomprensible" para el mundo y una paradoja es. Pero algunos s lo
comprendieron, como Paul Claudel, y levantaron acta: "Vive Dios si por donde
pase esta nia no ha de pasar su padre! Qu vale el mundo comparado con la
vida?Y la vida de qu vale sino para darla? Y por qu atormentarse cuando es
tan simple obedecer?". Y entonces nos ponemos muy serios. Y la historia se
desquicia y el ruido de la mquina del mundo se acalla porque un "yo"
de verdad es mucho ms poderoso que todo el telar de mentiras y vaciedades, y
aun crmenes, que hemos levantado alegremente al hilo de una gramtica
encanallada con la que nos convencemos -da s, da tambin- de que todo es para
nuestro bien.
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