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Enviado a las 10/07/2005 19:40:46
Miss Muerte viaja a Londres
A las 8.51 hora local, en la estación de Moorgate, se hizo anunciar con toda solemnidad. Moorgate, puerta de la muerte, qué cosas. Los vagones que se dirigían desde allí hacia Liverpool Street se astillaron en mil esquirlas como una nuez bajo el mortero. Con la pirotecnia acostumbrada, por allí se presentó Nuestra Señora la Muerte con sus aires de emperatriz, empolvada de blanco y en toda su negrura: labios negros, negras sienes, aliento negro. Impávida y muerta de sed.   El viejo y abnegado Caronte no ha dado abasto en toda la jornada con tantas idas y venidas por la laguna Estigia. Ha sido sin duda un gran banquete, un convite fastuoso. La vieja dama parece que ha cogido afición al tren. Eso sí, siempre viaja en billete de gran clase y a hora temprana. Al alba, de nuevo, se presentó esta vez. Tampoco nadie la había invitado para la ocasión. pero brutales fueron tus dentelladas, tu tarjeta de visita mortal. Está Su Excelencia en racha y otra vez te has empleado a fondo, Señora. Contigo y en tu cintura llevas a un ejército de muertos. Un ejército, como en tus mejores tiempos. Algunos, con el alma acuchillada, se te han escapado por poco. Malheridos van. Pero la cosecha, Excelencia, hay que darla como espléndida: sesenta de una rebanada y la talega llena. Has trabajado de buena gana, se ve. Qué faena tan aseada.   Y sin embargo -y permítame que se lo diga, Señora- ha olvidado Vd. algo importante, algo que, a estas alturas, debería haber comprendido ya. Y es que ocurre que, mal que le pese, no puede Vuestra Excelencia robarnos nada -pero absolutamente nada- de lo que nuestra alma ha ganado porque tus ganancias forman parte de ti misma. Sí, princesa, tu gozo en un pozo. Apunta: tu  trabajo está muy mal, pero que muy mal remunerado y, como de costumbre, llegaste tarde.¡Eh, tú, muerte!,¿dónde tu victoria?   Pues fue el Inocente, colgado como un guiñapo o como una res mismamente, entre dos maderos en cruz, quien dió testimonio de que podía escribirse la historia de otro modo, una historia que no estuviera desposada definitivamente con la violencia y el crimen sino con la Esperanza de la vida después de la muerte. Y fue entonces cuando a nuestra señora, la Muerte, la perdieron el respeto y se le acabó el negocio. Mismamente Francisco de Asís que la despoja de todo su aparato, de sus humos de gran dama, de su señorío y de sus símbolos -clepsidra y guadaña- y la llama "hermana", convirtiéndola en algo así como una portera encargada de dar paso a la vida verdadera: de hada a criada, imagínense. Y cuando al poverello le llega la hora final, como si estuviese en una soireé o en un after-hours, pide un dulce de almendra y leche, como los que había probado en su viaje a Roma, tal como a Juan de la Cruz se le antojarían unos espárragos llegado el momento, o al Padre Claret una rebanada de pan caliente. De modo que menos lobos, señora, y pase, siéntese y espere: puede tomarse una tila para abrir boca, si tiene la bondad.   Y es que ese Juez Implacable del Último Día que tan prodigiosamente narra Carl Dreyer en su película Dies Irae (Vredens Dag, 1943) ha cedido el asiento, a golpe de misericordias, al Ecce Homo o varón de dolores que, en su sacrificio como Agnus Dei, confirma que no todo es farsa en la farsa, que hay algo que es verdad y es eterno y que no puede acabar cuando la farsa acaba. Porque ese Inocente que fue deshecho y reventado hizo nuevas todas las cosas y el mundo quedó como mudo con lo que pasó después. ¿Será que el hombre, entonces, ha sido creado para la vida y la más pura alegría? Nadie lo diría por estos pagos, desde luego, y menos todavía tras la razzia de Londres, aunque alguno como Georg Friedrich Hegel, al escuchar el tañido de las campanas de Pascua que llegaban de una iglesia vecina una mañana de primavera, ya considerase que se trataba del Hecho más importante de la historia del Espíritu, después de la muerte del Viernes santo, porque es la afirmación de que la historia tiene un sentido, y puede esperarse en ella.    
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